“Gigante pela própria Natureza”, dice una estrofa del himno brasileño, y la verdad es que nuestro vecino, que representa la mitad del PIB de Suramérica, es, de lejos, el país continente.
Por eso, el general del Ejército Carlos Alberto dos Santos Cruz, hombre de derecha y exministro de Jair Bolsonaro, decía en una entrevista hace poco que Brasil, junto a México y Canadá, eran los únicos países de las Américas que jamás aceptarían ser una colonia estadounidense, a menos que desde adentro alguien abriera la puerta.
Eso fue lo que estuvo muy cerca de ocurrir el pasado domingo, pues todo indicaba que, luego de haber vencido en primera vuelta y de recibir apoyos como el de Augusto Cury, el exitoso escritor de autoayuda que se metió tercero en el pleito vendiéndose como la opción antipolarización, Flavio Bolsonaro, el candidato inventado por Trump y respaldado por toda una constelación de poderosos intereses foráneos y oligarquías nacionales, ganaría el balotaje frente a un Lula viejo y desgastado políticamente.

Por eso pocos dieron crédito a las palabras de Lula, quien, luego de encajar la derrota de la primera vuelta, advirtió, con un altivo tono futbolístico: “Que se preparen los bolsonaristas: esta segunda parte de la campaña empieza ahora y yo soy muy bueno en el mata-mata”.
Pero el exlíder sindical, que perdió el dedo meñique de su mano izquierda en un accidente de trabajo siendo menor de edad, mientras operaba un torno mecánico, obtuvo un triunfo histórico no solo porque le ganó al hijo de Jair Bolsonaro por un margen de votos mayor al que le sacó al expresidente hace cuatro años, sino porque fue la primera vez desde el regreso de la democracia en Brasil, en 1989, que un candidato presidencial remontó tras perder en primera vuelta.
Un triunfo con impactos evidentes en la geopolítica latinoamericana y mundial, tomando en cuenta que Brasil hace parte de los BRICS, que tiene la mayor porción de la selva amazónica y que alberga las segundas reservas estimadas de tierras raras a nivel global, solo detrás de China.
Una combinación de la excepcional habilidad política de Lula y de una estrategia en redes -el Ejército de Lula, con el que en la segunda vuelta consiguió disputar el terreno digital, en el que gigantes como Meta evidenciaron su parcialidad-, complementada con una intensa movilización social alrededor de banderas como la soberanía nacional y la defensa de la democracia, permitió que Brasil escapara de caer nuevamente en la trampa de la extrema derecha.
Así, junto con México, el otro peso pesado de la región, constituye un cortafuegos frente al extremismo político subordinado hoy al trumpismo, el sionismo y los tecno-oligarcas.
Hay esperanza de que el futuro de nuestra América no sea convertirse en el empobrecido “patio trasero” de un imperio en decadencia, porque, como alguna vez diría el siniestro y a la vez brillante, Henry Kissinger: “Hacia donde se incline Brasil, se inclinará Latinoamérica”.
Veremos qué pasa en las presidenciales de Argentina el año entrante.











