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Martes 03 de noviembre de 2026 - 01:00 AM

Donde las palabras no alcanzan

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Mi travesía con Jafar Panahi empezó con El globo blanco, película coescrita con Abbas Kiarostami. Saber de su participación me animó a explorar la filmografía de Panahi, ya que El sabor de las cerezas había causado una profunda impresión en mí. Con esa película comprendí cuándo el cine se vuelve poesía. Sus escenas son tan difíciles de describir que lo único posible es ver, sentir y acompañar a los personajes.

El título de su última película, Un simple accidente, parece una premonición de lo que hoy le sucede, pues fue sentenciado a cinco años de prisión y a la confiscación de sus bienes por parte del régimen iraní. Situación que ya había atravesado en 2022 cuando estuvo siete meses en la cárcel.

El director iraní ha sacrificado su libertad, y más que por el cine o el arte en general presiento que lo hace por sus personajes, que son los mejor de su cine. Sabe que vale la pena exponerse con tal de que más personas tengamos la oportunidad de asomarnos a sus vidas y sus historias. Y yo no puedo más que agradecerle.

En abril le contaba a una amiga que no recordaba cuándo había sido la última vez que había llorado así después de una película. Acababa de ver Offside, que trata sobre unas jóvenes fanáticas del fútbol que, disfrazadas, se infiltran en el estadio nacional de Teherán —donde las mujeres tienen prohibida la entrada— para ver el partido clasificatorio al Mundial de 2006 entre Irán y Baréin. Es así como Panahi nos enfrenta a conflictos equiparables a los de las tragedias griegas. Las posturas políticas, al confrontarse con la complejidad del mundo real, son tragedia en el sentido más puro. En Offside, una de las muchachas infiltradas logra escapar de los vigilantes iraníes cuando uno de ellos la acompaña al baño. Después voluntariamente vuelve, pues se compadece del encargado de custodiarlas…

Evoco también otros personajes maravillosos, como las dos niñas en El globo blanco y El espejo, y su sobrina en Taxi Teherán, que me recuerdan la elocuencia y lucidez de mis sobrinos a esas edades. Mariana, a sus cinco años, mientras le mostraba unas fotos que había tomado en el museo del CICR en Ginebra, se detiene y señala con su dedito en la pantalla un inmenso mosaico de retratos de bebés y niños que perdieron a sus padres durante el genocidio de Ruanda. Sentada en mis piernas, se voltea y me pregunta: ¿tía, Dios por qué permite que eso pase?

Es allí donde las palabras no alcanzan, y Panahi con su cine penetra en estos conflictos existenciales, en los que, al parecer para el director, la libertad se convierte en trámite.

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