Las guerras contemporáneas han introducido nuevas armas tecnológicas que mejoraron la eficiencia destructiva: me refiero a los drones y a los misiles guiados con información satelital e inteligencia artificial. La guerra que se dice es una forma más de hacer la política, tiene cuatro extensiones: la militar, la diplomática, la económica, y la propaganda.
Las palabras son misiles con alto poder destructivo cuando se utilizan para difamar y calumniar en el propósito de la propaganda. Su objetivo es destruir la confianza en el objetivo, ya sea este un personaje, una nación, una empresa, una idea. Al igual que los misiles con ojivas que se fragmentan antes de tocar el blanco, las calumnias se multiplican mediante rumores.
Desde las guerras napoleónicas se impuso que la opinión pública es terreno de combate, pero ya los romanos habían usado la oratoria descalificatoria del adversario. Durante las guerras del siglo pasado la propaganda, tanto como los ataques conocidos como de “falsa bandera”, alcanzaron altos grados de sofisticación, enfatizando la deshumanización del adversario con adjetivos peyorativos, o mediante exageraciones, o con noticias francamente falsas. En este siglo, gracias a las redes sociales y al solapamiento de la mentira y la verdad, la calumnia, la difamación y la mentira se han convertido en armas más poderosas que la misma destrucción física. Se conoce como relato.
No se trata de dar razones, se busca y se logra manipular las emociones de las cuales somos esclavos gracias a que bien aceptamos con facilidad y sin pruebas la difamación contra alguien en que desconfiamos o ya hemos sido conquistados por el odio contra ese alguien; o bien, porque un escándalo se difunde más que la prueba que la desmiente ,o porque la repetición le confiere credibilidad, o bien porque si la calumnia toca nuestras fibras emocionales de la moral o de la defensa de nuestra orilla ideológica , religiosa o política, inconscientemente tendemos a creer de manera irracional.
Cuando se logra la polarización, amplificada al posicionar al contrario como enemigo moral, surge la deshumanización. En estos tiempos la conocemos con las denominaciones lucha antiterrorista, el pueblo escogido por Dios -que excluye al resto de la humanidad- o la ideología de género y otras muchas expresiones que además de calificar al contrario como enemigo, como bestia o como cucaracha, logran la justificación hasta del exterminio, como ha sucedido en Europa, Asia, África, Palestina y Colombia.
Cuando la sospecha reemplace a la prueba y el espacio lo colme el odio, habremos pasado el umbral hacia un régimen autoritario y renunciado a construir una sociedad, una humanidad entre diferentes.
A Menandro de Atenas, máximo representante de La Comedia Nueva, se le atribuye la frase: La calumnia siempre se ensaña en lo mejor.












