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Martes 03 de noviembre de 2026 - 01:00 AM

El colegio del Divino Niño

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El triunfo del Colegio del Divino Niño en las pruebas “Saber 11º” me alegró y trajo a mi memoria mi infancia en tal plantel educativo en los años cincuenta del siglo XX, cuando era rectora, alma y cerebro, su fundadora, la señorita Herminia Serrano, quien con cuidado de relojero seleccionaba a exigentes educadoras como profesoras del plantel, que entonces ofrecía educación primaria en secciones separadas, una para varones y otra para niñas.

El colegio, a principios de los años cincuenta, quedaba en una casa ubicada en la esquina nororiental del parque Antonia Santos. Estudiábamos en salones dotados de tableros móviles de madera, donde nuestras profesoras escribían y luego borraban con almohadillas hechas con tiras de tela, mientras nosotros, sentados en aparatosos pupitres de madera, que tenían un espacio con tapa abatible de bisagras donde guardábamos los cuadernos Cardenal y la cartilla Alegría de Leer, que levantábamos para cotillear a hurtadillas de nuestras profesoras.

Tales armatostes tenían adheridos tinteros en los que mojábamos los plumeros para hacer perfiles y palotes; en esos pupitres sufrimos tratando de entender los problemas de aritmética que “craneaba” el profesor Amorocho, de quien aún hoy, setenta años después, sigo sin entender por qué demonios no formó parte del equipo colombiano de tiro en los Juegos Olímpicos de Melbourne de 1956, si tenía extraordinaria puntería lanzando proyectiles de tiza dirigidos ‘matemáticamente’ a las testas de quienes se ‘elevaban’ mientras él hacía endiabladas multiplicaciones y escalas numéricas, o los ‘reglazos’ que en la palma de la mano daban nuestras profesoras a quienes ‘cotorreaban’ en clase.

El colegio se mudó a la calle 37 entre carreras 16 y 17; allí, a la salida de clases, nos ‘volábamos’ a la calle 35, pues el edificio del Banco Comercial Antioqueño instaló el primer o segundo ascensor que hubo en la ciudad, al que nos ‘colábamos’ para subir y bajar antes de seguir camino de la casa paterna.

En los años 60, el colegio se trasteó a Malpaso, donde está actualmente, decisión que casi lo lleva al desbarrancadero, pues muchos padres de familia consideraron que eso “quedaba en la quinta porra”, por carretera destapada, y cambiaron de colegio a sus hijos.

Echo de menos al colegio de entonces, a mis profesores, parecidos a los que Edmundo de Amicis inmortalizó en ese hermoso libro llamado “Corazón”, a mis condiscípulos, aquellos a quienes ahora, frecuentemente, les ha dado por morirse. ¡Vaya moda!

El colegio, hoy, bajo la atinada batuta de Abelardo Mantilla, de Bernarda, su esposa, de la rectora y de esforzados docentes, demostró por qué lleva 80 años formando esmeradamente a los santandereanos.

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