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Alexander Arciniegas
Jueves 12 de junio de 2025 - 07:55 AM

El golpismo del siglo XXI

Para hablar de nuestra historia reciente, nunca vi acciones para desconocer la autoridad del presidente de la República, como las que hoy articula el presidente del Senado Efraín Cepeda, cuando sucedieron los magnicidios del Ministro Lara Bonilla en 1984; o de tres candidatos presidenciales entre 1989 y 1990: Galán; Jaramillo Osa y Carlos Pizarro. Ni siquiera cuando mataron a Garzón en tiempos del impopular, fatuo e incompetente Andrés Pastrana.

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Hace varios años el reconocido académico argentino Juan Gabriel Tokatlian advertía las implicaciones de dos hechos aparentemente aislados: el derrocamiento en 2004 del presidente Jean-Bertrand Aristide en Haití y de Manuel Zelaya en Honduras 5 años después.

Al mismo tiempo al proponer el concepto de neogolpismo Tokatlian advertía que los golpes de Estado del siglo XXI ya no ocurrían con la brutalidad de lo sucedido en Chile en 1973 tras el asalto del palacio presidencial por parte de los militares. Se trataba más bien, de maniobras más sofisticadas, con una violencia menos ostensible, mayor protagonismo de los civiles apoyados tácitamente por las FFAA. En estos golpes de nuevo tipo, dice Tokatlian, se culpa de la crisis al presidente argumentando que esta es de tal magnitud que no hay una salida distinta a sacarlo del poder. Al tiempo que se mantiene una fachada de normalidad institucional preservando el funcionamiento del Congreso y las Cortes.

De este modo, las destituciones del presidente paraguayo Fernando Lugo en 2012 y de la presidenta de Brasil en 2016, serían otros dos casos del golpismo del siglo XXI del que nos habla Tokatlian. Y como dice el refrán “cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar; es muy preocupante el comportamiento de buena parte de la clase política colombiana desde que comenzó el gobierno Petro; que se ha intensificado a raíz de la convocatoria de la consulta popular y del repudiable atentado contra el senador Miguel Uribe Turbay. Para hablar de nuestra historia reciente, nunca vi acciones para desconocer la autoridad del presidente de la República, como las que hoy articula el presidente del Senado Efraín Cepeda, cuando sucedieron los magnicidios del Ministro Lara Bonilla en 1984; o de tres candidatos presidenciales entre 1989 y 1990: Galán; Jaramillo Osa y Carlos Pizarro. Ni siquiera cuando mataron a Garzón en tiempos del impopular, fatuo e incompetente Andrés Pastrana.

En lugar de conjuras neogolpistas, lo que en cualquier país medianamente republicano desataría un hecho de sangre como el que vivimos el sábado los colombianos, es un comportamiento republicano de sus expresidentes y de todos sus líderes políticos, para por encima de diferencias ideológicas, fortalecer las instituciones; contribuyendo a que el gobierno pueda avanzar en la investigación de este atentado y enfrentar eficazmente a los violentos.

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