Y si somos un país de niños sicarios es porque hay unas condiciones de injusticia social que son francamente vergonzosas y que, de no modificarse, seguirán ofreciendo carne fresca a los reclutadores de gatilleros, en este país que es potencia de la violencia porque desde hace décadas está firmemente instalado en el pódium mundial de la desigualdad.

Esta columna no trata de la extraordinaria obra de Víctor Hugo, aun cuando alude a un drama similar. Tampoco se refiere a los autores intelectuales del atentado contra el senador Miguel Uribe Turbay; ni a la cáfila de políticos que han querido conseguir con la manipulación de esta tragedia lo que no pueden alcanzar con la persuasión.
A mí lo sucedido la tarde del sábado 7 junio, me devolvió al 30 de abril de 1984 pero por motivos distintos a los que pretende el discurso esquizofrénico del oportunismo electorero. Era imposible no encontrar en Juan Sebastián Rodríguez, el sicario huérfano de madre como su víctima, el fantasma de Byron de Jesús Velásquez, el joven que por encargo de Escobar mató al ministro Rodrigo Lara, la noche en que Colombia descubrió la tragedia de los niños sicarios.
Es imposible no reconocer en sus rostros la misma mirada asustada y el mismo fracaso que nos está destruyendo como sociedad. Adolescentes, hijos de la marginalidad, de la miseria afectiva y material, que no tienen nada a perder porque comenzaron sus vidas en saldo rojo. Como Byron en los ochenta, Juan Sebastián y miles de adolescentes hoy en Colombia repiten la triste parábola de Antonio Montoya, el joven sicario de “No nacimos pa´ semilla” quien mataba para ayudar a su mamá, muchas veces sin saber quién podría ser su víctima: “a veces uno se entera de quien era la pinta por las noticias”.
Y si somos un país de niños sicarios es porque hay unas condiciones de injusticia social que son francamente vergonzosas y que, de no modificarse, seguirán ofreciendo carne fresca a los reclutadores de gatilleros, en este país que es potencia de la violencia porque desde hace décadas está firmemente instalado en el pódium mundial de la desigualdad.
Algunos pueden seguir confundiendo las consecuencias con las causas; afirmando que el problema es Petro y que terminado su gobierno Colombia volverá a su laberinto perpetuo de orden y violencia: el país va mal, pero la economía va bien; mientras a puerta cerrada las políticas públicas se vuelven a coser a la medida de los intereses de los grandes grupos políticos y económicos legales e ilegales.
Pero no se puede simplemente barrer nuestra desigualdad rampante debajo de la alfombra y si en el actual momento histórico vuelven a triunfar las fuerzas que se benefician de tanta inequidad como pasó con las reformas de López Pumarejo o con la muerte de Gaitán en 1948, habrá ejércitos de pelaos dispuestos a matar o morir en una nación que debe construir justicia social para tener una esperanza.












