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Alexander Arciniegas
Jueves 03 de julio de 2025 - 01:00 AM

La vida no vale nada

Poco a poco se nos van haciendo costumbre en el área metropolitana de Bucaramanga asesinatos como el de don Emiro, mientras sumergidos en el desamparo presenciamos las declaraciones vacías de las autoridades.

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En este país de ciclistas hubiera querido escribir una columna diferente para don Emiro Diaz Rincón. No fui su amigo, pero su asesinato en la tarde del pasado sábado mientras atendía la reconocida bicicletería de su propiedad, en pleno centro de la ciudad, me sumergió en el horror y en la indignación como seguramente le sucedió a muchos piedecuestanos y piedecuestanas que reconocíamos en él a un paisano sencillo, trabajador y ejemplar.

Poco a poco se nos van haciendo costumbre en el área metropolitana de Bucaramanga asesinatos como el de don Emiro, mientras sumergidos en el desamparo presenciamos las declaraciones vacías de las autoridades, las promesas de dar con los responsables y los efectistas patrullajes del Ejército, o el GAULA, mientras se calma la cosa o mientras viene un nuevo crimen.

Desde el horror y la indignación por el hecho que cobró la vida de este comerciante, al parecer víctima de extorsión, cuya vida giró en torno a un objeto tan noble como la bicicleta, desde cuando en los años ochenta montó un alquiler con seis caballos de acero que le vendió un primo; me pregunto ¿Qué tiene que pasar para que los alcaldes metropolitanos y el gobernador, que prometió seguridad al 100, se pongan serios?

¿No tienen acaso herramientas jurídicas y los recursos del FONSET y FONSECON para llevar adelante una estrategia que enfrente el crimen organizado? Porque en medio de tanta improvisación y demagogia en redes sociales, la criminalidad nos está tomando ventaja.

Todo indica que los Planes Integrales de Seguridad en los municipios metropolitanos y del departamento se hicieron simplemente por cumplir una exigencia legal, y que las autoridades carecen de una estrategia integral, sostenible y planificada en seguridad y convivencia, mientras el hampa impone su sangrienta ley y nos receta un orden sin justicia ni legalidad en el que la vida no vale nada.

Desde esta columna mi homenaje a don Emiro, mi solidaridad a sus familiares y un llamado a las autoridades y a la comunidad para que entendamos que la seguridad no se resuelve solo con cámaras, no es cosa de testosterona, ni de poner a los militares a patrullar las calles. La seguridad exige responsabilidad política de nuestros gobernantes, estrategias de prevención del delito, aplicación de la ley y trabajo articulado con el gobierno nacional, más allá de las diferencias ideológicas, que son naturales en una democracia, porque los derechos de los ciudadanos están primero.

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