En Bogotá, una niña de 15 con su amigo de 14 tendió una encerrona a un compañero de colegio y lo apuñaló por un despecho amoroso.

Definición de humano: ser racional, comprensivo, sensible a los infortunios ajenos. El diccionario asocia humano/a con solidario, caritativo, compasivo, bienhechor, altruista.
¿Qué pasa con esta humanidad, “virtud vinculada a la ética altruista derivada de la condición humana”; sinónima de amor y compasión hacia los demás?
Múltiples casos de adolescentes, casi niños/niñas, asesinos o violadores hacen tambalear la confianza en esa humanidad propia de los seres humanos. Son casos, ya no tan aislados, que inquietan, suscitando múltiples comentarios inmediatos y emocionales.

No me refiero a los niños/adolescentes sicarios evocados con inteligencia y sensibilidad por Piedad Bonet (El Espectador – junio 15), sino a otros casos que ahora abundan y que, cuando ocurren, intrigan a los investigadores sociales y a la Justicia.
En Bogotá, una niña de 15 con su amigo de 14 tendió una encerrona a un compañero de colegio y lo apuñaló por un despecho amoroso.
En Francia, un adolescente “fascinado por la muerte” y “sin signos de trastorno mental”, decide acuchillar a una trabajadora de su colegio. No expresa ni compasión ni remordimiento; alumno normal, estaba bien integrado en su colegio.

También, tres adolescentes (12 y 13 años) torturan y violan a una alumna de 12 años por “no haber señalado que era judía”. Otros dos matan a un chico quien dudó en entregarles su celular.
Niños y niñas “normales”, invisibles; sin antecedentes judiciales, escolarizados; provenientes de familias comunes y corrientes, ni mejores ni peores. Padres juntos o separados, trabajando y sin mucho tiempo libre para compartir en familia; chicos/as cumpliendo con sus deberes escolares, presentes en las redes sociales. Si se retiran del colegio, ya no hacen parte de la comunidad educativa eventualmente cuestionada. Si no aceptan la mano tendida por algún programa de inserción y apoyo, se le respeta su derecho al libre desarrollo de la personalidad.
Llama la atención que una vez arrestados, no expresan remordimiento ni compasión por sus víctimas. Se evoca una “pérdida de referencia en cuanto al valor de la vida humana”, que no tendría importancia. Generalmente el motivo es inconsistente y trivial. Ni les preocupa su propia suerte.
Para explicar estos actos violentos, se habla de “falta de empatía”, esta característica tan precisamente humana. Su carencia está clasificada como trastorno de conducta por la Asociación Americana de Psiquiatría, caracterizado por el irrespeto de los derechos fundamentales, frialdad y desconocimiento de los sentimientos de los demás.
Para adquirir y conservar esta capacidad de comprender las emociones y los sentimientos de los demás se requiere interactuar con personas reales, tener contactos físicos cariñosos y sensibles. Hablar, escuchar y ser escuchado/a.
Lamentablemente, los niños/as y adolescentes la pasan con “realidad virtual”; además, tienen “ejemplos” altamente deficientes en Netanyahou, Putín, Trump y Musk, entre otros.











