Publicado por: Eduardo Pilonieta Pinilla
Una de las cosas grandes que tiene la muerte es que a partir de ella uno ya no puede equivocarse y por lo tanto queda hecha totalmente la tarea, buena o mala, pero terminada, y lo que sigue es simplemente la evaluación de lo actuado.
Esta es la razón por la cual algunas culturas como la santandereana, solo valoran a las personas a partir de su fallecimiento pues en vida son simplemente una veleidad que depende del ánimo con que se les mire y de la angustia de quien lo haga.
Esa y no otra es la razón por la cual en esta región no hay prestigio que dure más de 20 minutos y se requiere la muerte para que, por algunos instantes, se mire a la gente con la óptica racional con que debería haber sido vista mientras vivió.
La muerte así deja de ser una desgracia para convertirse en una ventaja, pues perder la posibilidad de equivocarnos es el mejor favor que nos puede hacer la vida cuando resuelve acabársenos.
Por eso morir puede ser pasar de la vida a la inmortalidad y eso fue exactamente lo que le sucedió a Gabo el jueves santo, cuando empezó a ser una leyenda inmutable y definitiva, dejando un legado concluido y cerrado puesto a disposición de quienes quieran mirarlo con los criterios con que quieran hacerlo.
Se consolida un mito que ahora ya es definitivo, pues nada podrá hacerse para cambiarlo, quedando para la historia finiquitado lo hecho, con lo cual el ser humano deja de ser una realidad y se convierte en un recuerdo, unas vivencias y de pronto un modelo para todos aquellos que lo quieran, para bien o para mal, tomarlo como tal.
Para Gabo la tarea quedó concluida; ahora esta ahí a disposición de todos tal como fue: inmutable, irrepetible y universal como un ejemplo de lo que debe o no hacerse, pero disponible al escrutinio del mundo entero.
Murió un hombre que era un mito y nació una leyenda que era hombre.










