Publicado por: Oscar Mendoza
Siempre he creído que si Dios tuviera género indudablemente sería femenino. No concibo el milagro de la vida y futuro de la especie en manos de un varón con contracciones de parto o a una madre inventándose una guerra como un negocio lucrativo donde mueren los hijos de otros.
Salvo contadas excepciones, los poderes político, religioso y económico se han concentrado por siglos en machos alfas. La misoginia o la homofobia no se la inventaron en ninguna secta partidista para despertar pasiones y polarizar al grupo de votantes masculinos incitando a la intolerancia. Adoctrinar a la masa enseñándole a odiar a los que piensan diferente o pertenecen a grupos minoritarios en cuanto a raza, género, religión o política se refiere, es un método infalible tan antiguo como la humanidad, para perpetuarse en el poder.
La mayoría de mujeres no comen entero y saben que cualquier acción basada en rencor y violencia solo trae cosechas estériles. En muchas culturas y países les ha tocado luchar por el derecho al voto, la equidad en la remuneración y oportunidades laborales, a escoger sus parejas sexuales o de convivencia, a elegir su vestuario, evitar la mutilación genital, ser consideradas primogénitas, dormir en la cama y no en el piso, rebelarse a la consumación del derecho de pernada o a no ser asesinadas impunemente cuando la virilidad masculina tenía respaldo en el código penal colombiano con la mal llamada ira e intenso dolor.
A las mujeres no les interesa matarse con otra por un equipo de fútbol, darse trompadas con otro conductor que le cerró el paso imprudentemente o matonear camufladas en las redes sociales a Stefan Medina o Nairo Quintana por supuesta carencia testicular. La paz no la hace un plebiscito. La paz empieza en nuestros corazones y hogares. La visión femenina de la vida, la familia, la sociedad, el emprendimiento, la educación o el deporte traerá nuevas caminos y resultados sorprendentes. Es hora de que tomen las riendas porque a los hombres nos quedó grande.












