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Samuel Chalela
Viernes 03 de mayo de 2013 - 12:00 AM

Cuidado con los maestros

Publicado por: Samuel Chalela

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Parto del respeto que me inspira la vocación del magisterio por la preponderancia que tiene en la inserción de los individuos a la sociedad: su desplazamiento desde ese microcosmos de protección y afecto (o abandono y maltrato) que les dio la casa que les tocó, hacia un mundo más neutral y menos atento al recién llegado.

El maestro es sobre todo un guía, obligado a desprenderse de afectos y antipatías frente a sus pupilos, atento para recibir una masa de energía en descontrol (con reacciones no reprimidas, emociones abruptas, y en fin, aristas personales sin pulir) y esculpirla de la mejor forma para que de cada quien se pueda extraer la mejor parte. No tiene que ser un psicólogo, basta con tener vocación formativa, experiencia en la vida y, sobre todo, con estar seguro de no necesitar él mismo una terapia para disipar sus resentimientos, complejos y carencias emocionales; mejor dicho, basta con haber madurado bien como adulto sano.

Nadie espera que el maestro sepa todo, sólo que goce y transmita la curiosidad por el conocimiento, que aborde a sus estudiantes con respeto y neutralidad emotiva; que les muestre el mundo que está ahí para ser conocido y los ayude a desaprenderse de esos prejuicios que en casa los padres les transmitimos por descuido, por convivencia, porque no somos maestros. Y quizás lo más importante es que los acostumbre a despersonalizar su entorno, a recibir esa verdad que les estaba oculta en casa: el mundo, la sociedad, no giran en torno a cada individuo. Ni las reglas, ni los castigos, ni el éxito, ni los beneficios son por alguien o para alguien; es una verdad compleja que los niños y adolescentes acomodados tardan en comprender. Cuando un individuo comienza a ver su entorno como un entramado al que todos pertenecen, por el que cada uno debe sacrificar cosas (todo menos la libertad) y del que se obtiene bienestar (nunca a costa de otros), las lecciones de democracia, conciencia ambiental, responsabilidad social y cívica, fluyen sin esfuerzo.

Cuidado con el escogimiento de maestros. La llegada a ese apostolado de individuos sin habilidades sociales, con resentimientos y carentes de empatía, inflinge un daño irreparable a la sociedad en esta era de mayor influencia del entorno y menor presencia de padres en la formación de los hijos.  

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