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Samuel Chalela
Sábado 05 de julio de 2025 - 01:00 AM

Bajar el tono

El crimen contra Miguel Uribe Turbay nos hizo tocar fondo -otra vez de tantas- en esa eterna espiral de odio en que se convirtió la convivencia colombiana.

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El odio y la violencia se propagan como los incendios. La escalada es rápida en engullir más y más hectáreas de dialogo constructivo y convertirlas en vacía y peligrosa confrontación personalista. La degradación del discurso político que debería girar en torno a las ideas y terminó convirtiéndose en antro de insultos y polvorín de odio es, además, una pérdida total del escaso tiempo para lo urgente: resolver los muchos problemas colectivos. Pero está demostrado que es la emotividad la que da réditos electorales, se ganan elecciones con bravuconadas y señalamientos de odio; ahora hay que revertir ese pernicioso vicio.

El crimen contra Miguel Uribe Turbay nos hizo tocar fondo -otra vez de tantas- en esa eterna espiral de odio en que se convirtió la convivencia colombiana. No hay que profundizar en el recuento de agresiones internacionales de Petro, así como los trinos que enfila contra sus contradictores -Uribe Turbay en la lista- y que soportan la denuncia del abogado Mosquera ante la Comisión de Acusaciones de la Cámara.

Pero el problema es precisamente el descenso a esas cloacas de todos los agentes del debate colectivo. La oposición se engancha y tampoco adopta una conducta propositiva: abundan los insultos y no hay propuestas ni ideas. La prensa seria se queda en la lujuria vendedora amplificando insultos o en el mejor de los casos, se engolosina con las nimiedades. Que si la reina Leticia le esquivó un beso a Petro; como si esto fuera Noruega y pudiéramos perder cuartillas en discusiones de protocolo habiendo tantos problemas sin resolver o mal resueltos. Y ni que decir de las redes sociales, donde todos seguimos siendo inconscientes de que el algoritmo no es sabio: es complaciente. Entre más detengamos nuestra mirada en odios, barullos y violencia propagada, más eco tendrá en la red esa basura.

Las consecuencias más graves son la radicalización de las posiciones, la ceguera colectiva y la división irreconciliable de la sociedad. Iniciativas como #VamosABajarle para echar agua fría sobre las llamas verbales que caracteriza la alharaca política, así como el compromiso de líderes de partidos como Cambio Radical, el Centro Democrático, MIRA y el partido Liberal, parecerían un alivio; ojalá se mantuvieran como código de conducta de la política y la comunicación social. La marcha del silencio y el destacado debate de prensa entre los juristas Montealegre y Gaona (sin importar quién tiene o no la razón) permiten confiar en que algo puede rescatarse en medio de la debacle. Firmeza en la democracia, las libertades y el Estado de Derecho, así como en la cordura, la mesura y el respeto por la disidencia racional y fundada, son la base para un camino de construcción conjunta.

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