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Miércoles 15 de julio de 2026 - 01:00 AM

Medio vacío y medio lleno

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Adaptarse a los cambios tiene sus ventajas. Pero también resistirse a ellos.

La naturaleza humana, en su “instinto de desarrollo”, se vuelve inestable. Ese instinto que posibilita evolucionar, crecer y expandir nuestro potencial como personas no fluye uniformemente y no siempre es aceptado ni respaldado por el mundo ni por las personas que nos rodean.

En los primeros años de nuestra vida es un principio común no seguir las reglas: es un detonante. Desde temprana edad —cuando estamos descubriendo nuestra individualidad— experimentamos la satisfacción de decir no y de tratar de hacer las cosas a nuestra manera. Después, la adolescencia nos invita a imponernos hasta el extremo de rechazar consejos y recomendaciones y de creer que toda la vida sostendremos un mundo idealizado que, en muchos casos, hemos construido a partir de emociones, deseos y frustraciones.

A diferencia de la niñez, cuando aceptamos o rechazamos las cosas por medio del juego como ‘moneda de canje’, en la adolescencia soñamos despiertos.

Sin embargo, desde que alcanzamos el denominado “uso de razón”, hemos soportado transformaciones, adaptaciones y nuevos cambios que nos exigen volver a adaptarnos. Desde entonces, esta experiencia se establece en cada uno como una sumatoria de sucesos que nos empujan a esforzarnos para avanzar o, por el contrario, como una carga infortunada que se quiere evadir para continuar en la comodidad de repetir lo ya conocido. Incluso si nos resulta nocivo…

Es importante reconocer nuestra propia complejidad. Es urgente que lo hagamos. No existen fórmulas ni tratamientos para lograr el humano ideal, ni existen sociedades perfectas que se compongan de estos seres. Cada persona lleva consigo, en mayor o menor medida, capacidades que la acercan o la alejan de oportunidades.

Llega el momento de nuestras vidas cuando necesitamos hacer un honesto inventario de lo que somos para saber qué estamos dispuestos a cambiar y por qué resulta beneficioso hacerlo, tanto para nosotros como para la colectividad, sin importar las veces que fallemos en el intento.

Gran parte del tiempo señalamos lo externo, culpamos y encasillamos a los demás por sus capacidades y decisiones, eliminando nuestra verdadera incidencia en la realidad. En la sociedad hay cambios que asustan, que hacen vislumbrar lo más nefasto, pero es aquí cuando podemos aprovechar para construir desde nuestra autenticidad, pero sobre todo desde nuestra bondad, un mundo donde se pueda vivir en paz.

Recordar la niñez, la adolescencia e incluso la adultez con sus enseñanzas puede cambiar nuestra percepción de la vida para bien, ahora con una nueva moneda de canje: el agradecimiento.

Resulta esperanzador descubrir que, si el vaso está medio vacío o medio lleno, da igual, porque aprender a agradecer es gratuito y, al mismo tiempo, demasiado costoso.

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