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Miércoles 15 de julio de 2026 - 01:00 AM

Morir antes de morir

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¿Existen diferentes tipos de muerte? La respuesta es sí. En su libro Morir en paz, el Dr. Marco Gómez Sancho describe al menos cuatro formas: la muerte social, la muerte psicológica, la muerte biológica y la muerte fisiológica.

Quiero detenerme en las dos primeras, porque con frecuencia las olvidamos y, sin querer, condenamos a nuestros enfermos terminales a lo que yo llamo “morir antes de morir”.

La muerte social ocurre cuando el enfermo se separa de los demás, a veces por decisión propia; otras, por la de su familia, que cree que estará mejor cuidado en instituciones hospitalarias, asilos o ancianatos. El aislamiento puede prolongarse días, semanas o incluso años antes del final. En ocasiones, la soledad es tan grande que la muerte se convierte en un alivio esperado. Muchos amigos y familiares evitan visitar al moribundo porque “no sabrían qué decirle”. Sin embargo, la realidad es que la sola presencia, acompañada de una escucha empática, suele ser suficiente. Siempre digo a mis pacientes y sus familias: de los dolores del cuerpo se encarga la medicina, pero de los dolores del alma se encarga la familia. Y esos no se alivian con pastillas.

La muerte psicológica nace de la percepción de que la vida está a punto de terminar. Se siente en un terremoto cuando el edificio se derrumba, en el instante previo a saltar de un avión en paracaídas o en la confesión de un abuelo que dice estar listo para partir. Nuestra sociedad suele rechazar estas expresiones, reprimiendo conversaciones que podrían ser vitales para el enfermo. Recuerdo un paciente que me decía: “Estoy listo, pero cada vez que hablo del tema mi familia me reprende. Solo quiero dejar instrucciones para cuando ya no esté”.

La muerte biológica ocurre cuando el organismo, entendido como unidad mente-cuerpo, deja de existir. Ya no hay conciencia, aunque algunos órganos puedan seguir funcionando por un tiempo gracias a soportes artificiales. En ese punto, el ser humano como entidad integral ya no está presente. Estos estados generan intensos debates éticos: ¿hasta dónde es correcto mantener a una persona con medios artificiales en un estado sin conciencia? La discusión se vuelve aún más compleja cuando se niega la muerte y se prolonga un cuerpo sin vida consciente, lo que abre interrogantes sobre el sentido y la dignidad de ese sostén artificial.

Aceptar estas muertes anticipadas no significa rendirse, sino reconocer que la vida se despide en capas: primero del entorno, luego de la conciencia y, finalmente, del cuerpo.

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