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Samuel Chalela
Sábado 07 de junio de 2025 - 01:00 AM

Los Frankenstein ideológicos

Estamos ante líderes con una lengua más rápida que su pensamiento; Frankenstein con olfato libertario, ojos represores y manos ineptas o apenas oportunistas. Habría que dejarle a las coherentes máquinas más decisiones de gobierno.

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Las ideologías sirvieron a dos propósitos: uno normativo y otro de orientación. Como sistemas de ideas y valores, reglaban el marco de acción de las sociedades y los gobiernos. Por la ideología de un gobernante la gente predecía lo que él podría hacer. Después los líderes no caracterizaban su rol a partir de su sistema de valores y acudían solamente al pragmatismo. Daniel Bell lo refería en “El fin de la ideología” (1960). Ahora ese pragmatismo es caprichoso (¿quizás desinformado?) y voluble según el apetito electoral. Los gobiernos son Frankenstein imprevisibles, llenos de odios y contradicciones. El engendro está creado.

El presidente de Argentina dice ser “libertario” y enemigo de la regulación de los mercados. En sus irrefrenables desahogos de conducta, vocifera que el mercado se regula solo, que el Estado estorba. En medio de innegables logros en lo macroeconómico, no da cabida a ninguna objeción vista desde la “realidad micro” de la antes amplia clase media. Insulta y ataca a quien se le opone. Censura a contradictores, incluidos artistas (Lali Espósito, Cecilia Roth, Ricardo Darín, etc, ocupan el tiempo del presidente, solo por pensar distinto). ‘Libertario’ pero represor de la libertad de expresión, descífrenlo. Darín, muy a lo Voltaire, dijo que el precio de las empanadas no es prioridad si un presidente no permite que la gente pueda decir algo al respecto.

El paladín del MAGA, que supone que los EE.UU. serán de nuevo grandes y poderosos sacando a los extranjeros y aferrándose al capital humano estadounidense, está contradictoriamente desarticulando las universidades y centros de investigación. Les quita fondos públicos y ataca el pensamiento libre, la duda y el cuestionamiento (la libertad de cátedra). Como si la diversidad y las libertades no fueran pilares fundacionales del gigante del norte.

Nuestro errático presidente enarbolando las banderas de las causas sociales y del pueblo, escoge la dádiva de la migaja en lugar de la creación de un ambiente de oportunidades. Acude al poco sostenible reparto de beneficios (los contratos de prestación de servicios en las entidades del Estado, por ejemplo), con un interés más electoral que de equilibrio social. Sin inversión pública en educación para todos, sin estímulo a la inversión privada mediante el desarrollo de infraestructura, energía y ambiente digital, y sin promoción y protección de ciertos mercados (la economía verde, turística y agrícola), la brecha social seguirá profundizándose. La redistribución del ingreso no es con caridad pasajera y populista, es con condiciones macroeconómicas y de bienestar social.

Estamos ante líderes con una lengua más rápida que su pensamiento; Frankenstein con olfato libertario, ojos represores y manos ineptas o apenas oportunistas. Habría que dejarle a las coherentes máquinas más decisiones de gobierno.

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