Columna de opinión de Samuel Chalela

Con tantos paladines y activistas fanáticos, pastores y devotos, queda la sensación de estar saltando de una idolatría a la otra; cambiando simplemente el ‘becerro de oro’ del que habla el libro bíblico del Éxodo. Pasamos de los dioses y la fe, al conocimiento y a las ideologías.
Es la condición humana la que crea ídolos, no importa si son buenos o malos, verdaderos o falsos.
Hay, sin embargo, un activismo que resulta menos mítico, más anclado en la supervivencia: el activismo ecológico. Ni la corrupción, ni la pobreza, ni el autoritarismo antidemocrático podrían estar en la agenda de un planeta no apto para la vida.
En el centro de las discusiones ambientales está la Amazonía, esa que los colombianos miramos apenas desde el balcón de los Andes, sin consciencia quizás de que el 40% del territorio nacional es amazónico. Tenemos un 6% de los 7,7 millones de kilómetros cuadrados amazónicos que a su vez contienen un tercio de las selvas del planeta.
Escogería tres perspectivas para arroparse de botánica, biodiversidad y leyendas selváticas: la periodística, ¡como no!, la literaria y la histórica.
Eliane Brum (1966), premiadísima periodista brasilera, publicó recientemente ‘La Amazonia, viaje al centro del mundo’ (2024), donde propone salir de esa perspectiva implantada por los colonizadores europeos, según la cual la Amazonía es una especie de virgen de más de cincuenta millones de años, cuando en realidad estuvo poblada desde hace milenios por comunidades humanas, sin que ellos fueran una amenaza, sino una especie más de ese bioma. Un libro apasionante que nos hace sentir tan amazónicos, como cualquier colombiano debiera serlo.
Pero el orgullo nacionalista honradamente asociado a lo biológico en un país tan diverso como este, debe avivarse con literatura e historia.
La Vorágine (1924) de Rivera cumple cien años; no hay forma más idílica de tejer la historia de la violencia y la selva: “Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia”, es la primera oración de esa odisea de Arturo Cova en el infierno verde.
Y para sellar con broche de jungla, hay que acompañar a William Ospina (1954) a reconstruir en tono de novela los pasos de Humboldt por América (“Pondré mi oído en la piedra hasta que hable”-2023).
Una apuesta más literaria que histórica que transporta al sabio teutón, al padre quizás de la ecología, hacia este extenso paraíso de la biodiversidad, a la selva tropical húmeda con sus fieras, sus fiebres, olores y sabores, para destilar de ella el magnetismo, el misterio y la quintaescencia de la vida. Trilogía para no escoger, todo para disfrutar y para sentirse legítimamente amazónico y colombiano.












