Publicado por: Sergio Rangel
La pelea entre Santos y Uribe desatará una nueva guerra civil, le oigo decir a un hombre que a mi lado se lustra los zapatos. Una semana de noticias desconcertantes. Niñas que planean envenenar a su profesora después de ver en una telenovela el procedimiento. La increíble posibilidad de que Sigifredo López resulte ser cómplice en el secuestro y muerte de sus compañeros de Asamblea. El atentado a el ex ministro Fernando Londoño Hoyos con ribetes de terrorismo y tecnología Etarra. Diferencias de pensamiento político o religioso que se saldan a balazos. Una avalancha de noticias siniestras que nos llegan del planeta y parece que vivimos en una era de psicópatas criminales en donde cada quien quiere apretar una pistola o preparar un atentado contra el que le ensució el andén. Un mundo de estresados donde a pesar de las facilidades de la modernidad para tenerlo todo al alcance de la mano, palpar, disentir, discutir por medios vertiginosos, sin ensuciarse ni mancharse de sangre y sin embargo el hombre ha llegado a niveles de crueldad insospechados, reacciones impensadas e irracionales. ¿Por qué? Nadie sabrá decirlo. Seguramente ese terrorista, ese muchacho que vimos correr en las pantallas de televisión, que simulaba desde semanas antes ser un pacífico vendedor ambulante, debe jugar en algún equipo de barrio, debe ser el amoroso hijo de alguna viejecita que vende empanadas a la salida de algún colegio de niñas. Y como en la obra de teatro de Alber Camus, Los Justos, durmió la noche anterior con la bomba debajo de la almohada, soñaba con anotar un gol de chilena como el divino Falcao.
¿Qué pueden sentir del esposo y padre amantísimo, la esposa e hijos de Sigifredo López si este resultare comprometido? No sé si la frase es de Gardel, de Faulkner, o del Tino Asprilla, pero el problema de todo está en que el “hoy es el ayer”. Mañana, Fernando Londoño escribirá una nueva columna en donde fastidiará terriblemente a los que todavía babean de la rabia porque alguien tiene otra opinión. Y los guardaespaldas ya olvidados quedarán solamente en el recuerdo de las viudas y en el césped verde de los cementerios. Mundo desolado es el de quienes piensan convertir a los demás en una calavera por cosas tan efímeras como el poder. Caminar tras la gloria en hechos que pronto serán ambiciones ridículas, olvidadas, de un color amarillo como el más viejo de los periódicos viejos. Y es que olvidamos que después de muerto nadie tiene interés en resucitar, ¿entonces? Alguien de bigotico fino, de los que ya poco se usan, leía para todos los que estábamos en la mesa la noticia de un hombre baleado en el barrio Sotomayor; nadie se dio cuenta de quién lo mató, decía el relato. La fotografía de la primera página del periódico era macabra, los brazos abiertos y ensangrentado el rostro; el hombre quedó en balanza en el muro de una jardinera. ¿Que nadie se dio cuenta?, dijo otro que se puso de pie para irse. Siempre habrá un tercer sospechoso. El que leía pasó a otra noticia. La misoginia es una enfermedad de la garganta.









