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Silvia Otero
Sábado 12 de agosto de 2023 - 12:00 AM

Sobre la vida provinciana, pueblerina y rural

Publicado por: Silvia Alejandra Otero Bahamon

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Hace pocos días falleció Malcolm Deas, historiador y colombianólogo que legó importantes textos para comprendernos como nación. Deas escribió ensayos sobre aspectos de la vida política colombiana que le resultaban sorprendentes. En “La presencia de la política nacional en la vida provinciana, pueblerina y rural”, abordó la penetración de la política nacional en el territorio. A pesar de ser un “país de regiones”, con mucha fragmentación geográfica, pocas vías, poca plata y poco mercado, en Colombia, personas de todos los niveles sociales sabían qué ocurría más allá de la comarca.

Los viajeros extranjeros e intelectuales del altiplano desconfiaban de la formación política del colombiano “de a pie”. Asumían que las personas pobres y analfabetas no podían ser ciudadanas y que, por ende, sus posiciones políticas eran resultado de la manipulación de caciques, gamonales y curas. Sin embargo, Deas no se dejó convencer por esas representaciones. Descubrió que en lugares profundos y marginados se leía prensa, existían panfletos y pasquines, se inauguraban librerías y se formaban clubes de grupos de interés. En conclusión, los colombianos de a pie podrían ser pobres y analfabetos, pero eran ciudadanos.

En los últimos días, las dinámicas de la vida provinciana y rural han vuelto a generar sospechas a raíz del escándalo de Nicolás Petro. Dado que todo apunta a una gran movilización de dinero en la campaña presidencial del Caribe, no han faltado las voces –casi siempre capitalinas– que se indignan por la persistencia de prácticas corruptas y clientelistas en la política local.

A la vista de todos, Santa Lopesierra regala paneles solares y pozos de agua, evidenciando una vez más que el clientelismo es posiblemente una de las únicas formas concretas de integración en la nación, de acceso a bienes y servicios, y de participación en la seguridad social. En las zonas urbanas, los políticos no solo compran votos el día de las elecciones, sino que también desempeñan funciones de intermediación y traducción de los trámites del complejo aparato estatal, lo cual resulta fundamental para la supervivencia. Los votantes que participan en estas prácticas son profundamente racionales.

En medio de estas dinámicas, es esencial reconocer que la percepción que algunos mantienen sobre la población costeña como meros receptores pasivos de manipulación política se basa en estereotipos que limitan nuestra comprensión. Negar la agencia y la racionalidad de aquellos que participan en prácticas clientelistas y electorales simplifica en exceso la complejidad de sus decisiones. Más allá de juzgar con prejuicios, es fundamental analizar las razones que llevan a los individuos a involucrarse en estas redes y entender cómo se articulan en la búsqueda de necesidades y aspiraciones concretas.

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