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Editorial
Sábado 31 de mayo de 2025 - 12:00 AM

Cabecera es víctima del desgobierno

Cabecera no puede seguir siendo el resultado del desgobierno, pues es una zona vital para el desarrollo de la ciudad, pero su potencial se diluye entre la indiferencia y la improvisación. Recuperarla no es solo cuestión de ordenar puestos o despejar aceras, sino devolverle a la ciudadanía la confianza en sus autoridades.

Publicado por: Editorial

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Desde hace años, Cabecera ha sido uno de los sectores más dinámicos de Bucaramanga, un punto clave donde confluyen el comercio, la intensa vida social y el movimiento constante de población flotante, pero esto, que debería fomentar el progreso, se ha convertido en una zona abocada al desorden y el abandono. La invasión del espacio público, la proliferación de negocios informales, la congestión vehicular, la inseguridad y la contaminación, tanto acústica como ambiental, son solo algunos de los factores que han transformado este sector en un espacio donde el caos parece ser la norma, no la excepción.

El problema no es nuevo, pero su escalamiento sí lo es. Caminar por algunas calles de Cabecera hoy significa esquivar puestos de comida que ocupan andenes completos, vitrinas improvisadas que reducen el paso a unos pocos centímetros y vehículos mal estacionados que obstruyen la visibilidad en esquinas críticas. La carrera 33 y sus alrededores son un reflejo de esta degradación: cientos de vendedores informales se han adueñado de las aceras, mientras las autoridades parecen mirar hacia otro lado. Los residentes, cansados de denunciar sin respuestas, sienten que sus reclamos caen en el vacío.

Pero el problema va más allá de la simple ocupación del espacio público, pues cada venta informal, cada puesto que se instala sin control, es síntoma de una cadena de fallas institucionales. La falta de regulación efectiva no solo perjudica a quienes transitan o viven en la zona, sino que también desincentiva la formalidad, afectando a los comerciantes establecidos que sí cumplen con las normas.

Además, el caos urbanístico genera riesgos tangibles: peatones que deben bajar a la calle porque las aceras están bloqueadas, motociclistas que zigzaguean entre puestos y transeúntes, basura acumulada en zonas de alto flujo. Por otra parte, los negocios nocturnos, muchos de ellos operando en el límite de las normas, contribuyen al ruido, al consumo inadecuado de alcohol y, en ocasiones, a altercados que terminan en la pérdida de vidas, una situación sobre la que los vecinos denuncian que los operativos son esporádicos y nada efectivos. Todo esto hace que Cabecera ya no se asocie con desarrollo, sino con descontrol y peligro.

Es urgente un plan integral que ataque estas problemáticas desde frentes como el reordenamiento del espacio público con criterios técnicos y sociales, diálogo real con vendedores informales para buscar alternativas sostenibles, mayor presencia policial y controles estrictos a establecimientos que incumplen horarios o normas, pero, sobre todo, se necesita voluntad política. Las administraciones pasadas y actuales han fallado en dar soluciones duraderas, mientras cada año el problema se agudiza más.

Cabecera no puede seguir siendo el resultado del desgobierno, pues aún es una zona vital para el desarrollo de la ciudad, pero su potencial se diluye entre la indiferencia y la improvisación. Recuperarla no es solo cuestión de ordenar puestos o despejar aceras, sino devolverle a la ciudadanía la confianza en sus autoridades, lo que para muchos residentes es el fondo y causa principal de todos estos problemas.

Publicado por: Editorial

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