Hemos sabido defender los páramos con orgullo y valentía, pero no hemos mostrado la misma determinación frente a la agonía de nuestros ríos.
Publicado por: Editorial
Los santandereanos hemos forjado una reputación nacional como guardianes del agua, luego de que nuestra lucha por los páramos, especialmente Santurbán, se convirtiera en un símbolo de resistencia ambiental. Las multitudinarias marchas en Bucaramanga, las protestas y la firmeza de la ciudadanía, han demostrado que sabemos defender lo nuestro. Sin embargo, esta imagen ejemplar esconde una contradicción profunda, pues mientras protegemos con dignidad y vehemencia los ecosistemas de alta montaña, descuidamos del todo las fuentes hídricas que fluyen a nuestro lado.
El Río de Oro es el ejemplo más crudo de este abandono, pues lo que hace décadas fue un afluente vital para la región, hoy es un canal cargado de desechos industriales y residuos domésticos, que reflejan nuestra incapacidad para mantener el mismo celo que mostramos en las tierras altas; pero, además, quebradas como La Iglesia, Tona o Suratá sufren un destino similar, convertidas en vertederos al aire libre, castigados por la indiferencia estatal y la irresponsabilidad ciudadana.
En los próximos dos días, cuando Bucaramanga reciba la Cumbre Internacional del Agua con delegados de 14 países, tendremos la oportunidad de mirarnos al espejo. El evento, organizado por la Gobernación de Santander, entre otros, abordará desafíos cruciales para garantizar el suministro hídrico, pero más allá de los diagnósticos técnicos y las declaraciones solemnes, necesitamos preguntarnos ¿por qué siendo una sociedad capaz de movilizarse masivamente por el agua en sus nacimientos, toleramos la lenta agonía de nuestros afluentes urbanos en sus cauces?

La respuesta tiene múltiples aristas. Por un lado, existe una falla estructural en la gestión pública, pues los planes de saneamiento básico no avanzan, las inversiones en plantas de tratamiento son insuficientes y la coordinación entre municipios del área metropolitana no opera. Por otro lado, muchos ciudadanos siguen viendo los cursos de agua como alcantarillas, una mentalidad resultante de una educación ambiental deficiente que no logra conectar la salud de los ríos con nuestra propia supervivencia.
Este es el dilema. Los páramos nos inspiran por su majestuosidad y su valor estratégico, pero los ríos urbanos son igualmente vitales, son fuente de recarga de acuíferos, reguladores térmicos y corredores ecológicos, luego su contaminación afecta la calidad del agua que llega a nuestros hogares, degrada los suelos y pone en riesgo la salud pública.
La cumbre internacional debería ser el punto de inflexión en todos estos temas. Tenemos la capacidad de movilización social, los conocimientos técnicos y los recursos naturales para que Santander se convierta en modelo nacional de gestión hídrica integral, pero nos falta coherencia para aplicar la misma determinación que mostramos en la defensa de los páramos a la recuperación de nuestras cuencas urbanas, sobre las que urge comenzar un proceso serio de recuperación ambiental.
Mientras expertos internacionales debaten en Neomundo los próximos dos días, los santandereanos tenemos que respondernos si seguiremos siendo los fieros guardianes de los páramos que ignoran los ríos, o asumiremos por fin la defensa integral de nuestra agua y la respuesta definirá si somos realmente la región ejemplar que creemos ser.











