Publicado por: Editorial
Al reconocer a los animales como seres sintientes, la Ley 1774 de 2016 dejó atrás el injusto y anacrónico concepto jurídico que los trataba como cosas, como muebles sin alma, pero esta redefinición legislativa ha abierto una senda de justicia que, aunque aún estrecha, ya abre conciencias y endurece las penas contra el maltrato. Pero de poco sirve una ley si quienes la hacen cumplir en la calle, con sus manos y su propio bolsillo, son particulares que terminan abatidos por el peso de una crueldad que el Estado aún no enfrenta por completo.
En Bucaramanga, el Concejo estudia un proyecto de apoyo psicosocial para los hombres y mujeres rescatistas de animales que, al ver un perro abandonado o un gato herido, no dan la espalda y asumen jornadas agotadoras, gastos veterinarios y una carga emocional que consume sus días.
Ansiedad, estrés constante y desgaste profundo son el ‘pago’ de una labor que tapa los huecos de una institucionalidad todavía indolente.
Bucaramanga ya tiene su Política Pública de Protección y Bienestar Animal desde 2019 y un fondo creado en 2023, pero existe una brecha profunda entre lo que dicen los papeles y la capacidad real para responder y, mientras las normas se ajustan a la cambiante realidad diaria, el proyecto que debate el Concejo trata de conseguir que quienes defienden a los que no tienen voz, no terminen silenciados por su propia fatiga.
Las cifras de abuso animal en Bucaramanga son desalentadoras, pues solo en el primer semestre de 2023 se formalizaron 202 casos. La tenencia irresponsable de mascotas alcanza el 34,1%; el maltrato directo, el 21,7%; el abandono, el 16,7%; y animales en vulnerabilidad, otro 16,3%. Y detrás de todo este doloroso balance hay un rescatista que llora, que invierte sus ahorros y que muchas veces amanece preguntándose si vale la pena.
Este proyecto, entonces, pone de presente una verdad que a muchos aún incómoda: proteger a los animales no es un asunto de simple sensiblería, sino una obligación legal y moral que nos incumbe a todos. Los animales que tienen hogar y los que viven en la calle merecen respeto, porque son compañeros de viaje en este mundo, participantes silenciosos de nuestra historia común. No solo en la sociedad, sino en la naturaleza, cada especie cumple un papel, por lo que cuidarlas es cuidar a la humanidad.
Reconocer a los rescatistas como sujetos de cuidado implica un criterio que a muchos puede sorprender y es que el bienestar animal incluye también bienestar humano. No se puede pedir que alguien enfrente el maltrato, la indiferencia y el abandono a diario sin ofrecerle herramientas para soportar semejante tarea de solidaridad y altruismo. La salud mental de estos defensores es tan prioritaria como la salud física de los animales que rescatan. Por eso, el segundo debate que espera este proyecto en la plenaria del Concejo es un asunto de alto interés para Bucaramanga.
La cultura de protección animal en Colombia crece, sí, pero aún se necesita que los ciudadanos de toda condición entiendan que no basta con no maltratar, sino que hay que denunciar, adoptar, esterilizar y también apoyar a quienes voluntariamente ponen el hombro. Ahora bien, si el Concejo aprueba este proyecto, enviará el mensaje de que el amor por los animales también se mide en el cuidado de quienes luchan por ellos.









