El río Magdalena, columna vertebral de Colombia, conecta 12 departamentos con el mar Caribe, sustentando el comercio, la industria y la biodiversidad del país. Juan Diego Pinzón Ortiz, fotógrafo santandereano y autor de Hilo de plata en noche de luna llena y El viaje del cóndor, recorrió más de 1.000 kilómetros del río en una canoa de madera de nueve metros de largo por 60 centímetros de ancho de esas que ya no vemos.

Publicado por: Melissa García Neira
La expedición, que duró 13 días, comenzó en Honda, Tolima, y terminó en Bocas de Ceniza, Barranquilla. Juan Diego, fotógrafo de Santander, redescubrió el río con una mirada renovada, buscando concluir su libro Sonrío Magdalena y realizar un documental sobre la crisis del bagre en Colombia.
“Empecé este proyecto en 2023, recorrí el río varias veces, capturando las zonas no navegables del alto Magdalena y las ciénagas. Durante uno de esos viajes, conocí a Farid Durán, un pescador en Honda, quien me habló sobre la extinción del bagre y la crisis de los pescadores artesanales. Lo que más me impactó fue su deseo de contarle al mundo lo que estaba sucediendo. Hicimos una promesa: ‘Lo haremos’, le dije. ‘Contaremos lo que está pasando’”.

Lo que destaca la obra de Juan Diego es su capacidad para conectar con el alma de las personas. A través de su lente, lleva a los espectadores a lugares desconocidos o vistos desde una nueva perspectiva. “El río nace en las montañas, desciende entre quebradas y riachuelos, y se hace más grande e imponente. Es como estar en el mar, rodeado por la naturaleza. Cada amanecer y atardecer embellece el viaje. Es una experiencia única”.
Cuando habló de las comunidades, sus ojos brillaron: “Son el alma de este proyecto. Nos esperan con los brazos abiertos. En trece días, conoces ribereños con costumbres diversas, acentos diferentes, singulares formas de pescar y de comunicarse. En el Alto Magdalena, la pesca es artesanal; en el Medio y Bajo Magdalena, es a gran escala”.
Juan Diego emprendió el viaje junto a Juan Manuel Soto, realizador audiovisual y amigo cercano, Farid Durán, el pescador que le reveló la crisis del bagre, y Manuel Rodríguez, ‘El Capi’. Durante el viaje, ‘El Capi’, quien conducía el destino de la canoa hacia un lugar que nunca había conocido, les compartió un sueño personal: “Conocer el mar después de 60 años dedicados a la pesca. No solo se cumple el sueño de Farid de hacer el documental, el nuestro de terminar el libro y la película, sino también el de un pescador que jamás había visto el mar”.

La camaradería que surgió entre ellos hizo del viaje una experiencia única. “El viaje te atrapa”, dijo Juan Diego. “Comienzas con una idea, pero terminas viviendo algo mágico. La desconexión, sentir el agua en los pies, el corazón acelerado cuando la noche cae sin llegar al puerto, levantarte temprano con los pescadores... todo eso no tiene precio”.
Le pregunté cuál fue el momento más difícil de la travesía: “El día que terminó fue el más difícil. En Calamar, Bolívar, los lugareños nos advirtieron que debíamos llegar antes del mediodía, o los fuertes vientos no nos lo permitirían. Justo al acercarnos a Barranquilla, cuando al fondo se divisaba el puente Pumarejo, la canoa empezó a inundarse, eran las once de la mañana y ya el oleaje y el viento estaban muy fuertes. ‘El Capi’ nos exigía hacer sobrepeso mientras sacábamos el agua con baldes. La impotencia era indescriptible. Bajo el puente Pumarejo, un pescador nos dijo que llegáramos hasta Palermo que quedaba al otro lado del puente, y después de 43 minutos, finalmente vimos tierra firme”.

Al final, le pregunté qué fue lo más importante del viaje. “Lo que me llevo es la reflexión sobre el río”, dijo. “No hemos comprendido lo que tenemos ante nosotros. El río Magdalena ha permitido el desarrollo de Colombia, es hogar de especies en peligro de extinción y el alma de nuestra idiosincrasia. Aún no hemos logrado recuperar su navegabilidad ni el desarrollo turístico que merece. Mi pregunta es: ¿Qué estamos esperando? Está aquí, frente a nosotros, para preservarlo, cuidarlo y darle el lugar que le corresponde. Espero que el libro Sonrío Magdalena sensibilice a las personas a través del arte. Cada fotografía será más que una imagen: será un grito de protesta, la voz de los pescadores, y el retrato de una Colombia que aún no hemos descubierto. Cada empresa que se sume a este proyecto contribuirá a hacerlo realidad, hay algunas que ya se han sumado pero nos faltan muchas más”.
Las fotografías que acompañan este relato honran la emoción del fotógrafo al contar esta historia, esa sensibilidad que solo los artistas poseen, y esas experiencias que la vida ofrece a quienes se atreven a embarcarse en un viaje por las aguas del río Magdalena. ¡Larga vida a este proyecto! Qué dicha saber que Sonrío Magdalena nos llevará a descubrir el río más importante de Colombia, a través de la mirada profunda de quien ha dedicado su vida a capturar el alma de Santander y de toda nuestra tierra, como pocos saben hacerlo.

















