Región
Miércoles 08 de abril de 2026 - 12:41 PM

El invierno eterno de la vereda de San Gabriel en Lebrija: ocho días sin agua, sin vías y sin puente

Más de 200 habitantes de la vereda San Gabriel, en Lebrija, vivieron la peor ola invernal registrada en la zona. La Alcaldía de Lebrija y la Gobernación de Santander adelantan acciones para mitigar el riesgo en el sector.

Las familias han visto cómo sus viviendas se reducen a escombros. Foto: Felipe Jaimes Lagos / VANGUARDIA
Las familias han visto cómo sus viviendas se reducen a escombros. Foto: Felipe Jaimes Lagos / VANGUARDIA

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Publicado por: Felipe Jaimes

No fue una lluvia cualquiera. Fue la madrugada de aquel 18 de marzo en la que el agua dejó de ser paisaje y se convirtió en una amenaza real. En la vereda San Gabriel, en Lebrija, los habitantes coinciden en algo: nunca habían vivido una ola invernal de esta magnitud.

Alba Porras, habitante de la vereda, recuerda vívidamente el día cero. Entre lágrimas, reconstruye lo que ocurrió desde la medianoche, cuando la lluvia empezó a caer con una intensidad desconocida para la zona. Dice que hacia las cinco de la mañana escuchó el primer derrumbe.

Su voz temblaba mientras contaba que, a las siete, el agua ya corría por los pasillos de su casa. Intentaban sacarla como podían, mientras veían cómo los muros comenzaban a ceder. “Eso es indescriptible… uno no piensa que va a vivir algo así”, dice.

A la casa de Alba se suman muchas más. Al menos cinco viviendas quedaron inhabitables tras los deslizamientos. Casas que durante años fueron levantadas poco a poco por sus propietarios y que hoy ya no pueden ser habitadas.

La casa quedó inhabitable. Y en la mirada de Alba se instala otro golpe: el de reconocer que ya no puede volver a entrar. La observa desde afuera, con los ojos cristalinos, el rostro enrojecido y la voz entrecortada. Sabe que no es seguro. Frente a su patio, un muro de contención se desprendió, y cualquier nuevo movimiento podría terminar de colapsar lo que queda en pie.

A raíz de esta emergencia, y seis días después de lo ocurrido, durante el desarrollo de la semana siguiente a las fuertes lluvias, la Alcaldía de Lebrija llegó al territorio y asumió una serie de compromisos con la comunidad, entre ellos el mantenimiento de maquinaria en la vereda para la remoción de material, la gestión de apoyo del Ejército para la recuperación del acueducto, la entrega de ayudas humanitarias representadas en mercados, una visita técnica al cráter de la entrada principal y el establecimiento de canales de comunicación con los líderes del sector.

El paso principal de la vereda San Gabriel está completamente sellado por el barro y ramas desprendidas. Foto: Felipe Jaimes Lagos / VANGUARDIA
El paso principal de la vereda San Gabriel está completamente sellado por el barro y ramas desprendidas. Foto: Felipe Jaimes Lagos / VANGUARDIA

De manera paralela, desde la Gobernación de Santander, a través de Eduard Jesús Sánchez Ariza, de la oficina de Gestión del Riesgo, se le confirmó a Vanguardia la adquisición y disposición de equipos y maquinaria para la atención de la ola invernal en el departamento, en donde Lebrija es uno de los territorios priorizados para mitigar los riesgos en la zona afectada.

Ocho días sin agua y contando

El golpe más duro no se quedó en las viviendas. La emergencia dejó a toda la vereda sin acceso a agua potable.

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Hoy, la comunidad completa ocho días sin agua y contando. La represa del acueducto se llenó de arena y barro, y la red de distribución se rompió en varios puntos. Desde entonces, no hay bombeo ni suministro.

Alrededor de cinco casas quedaron ‘en el aire’ y a un paso del abismo. Foto: Felipe Jaimes Lagos / VANGUARDIA
Alrededor de cinco casas quedaron ‘en el aire’ y a un paso del abismo. Foto: Felipe Jaimes Lagos / VANGUARDIA

Miguel Díaz, presidente del acueducto de la vereda, explica la magnitud del daño. La infraestructura quedó prácticamente inutilizable. “La red se rompió en varias partes, pero lo más grave fue la represa. Se llenó completamente de arena y barro. Así es muy difícil que la comunidad, sin maquinaria y sin apoyo, pueda resolverlo”, afirma.

Cuenta que desde ese momento no han podido volver a bombear agua. “No hemos podido distribuir. Hemos buscado soluciones, pero esto no se arregla con las manos. Se necesita intervención técnica, limpieza completa del sistema y acompañamiento institucional”.

Mientras tanto, los habitantes sobreviven con agua lluvia y con lo poco que tenían almacenado. Cuando se acabe, la única alternativa es traerla desde el casco urbano de Lebrija. La dificultad es evidente: no hay vías en condiciones para hacerlo.

Los habitantes de esta vereda han tenido que recurrir a un viejo puente que presenta puertas en sus bases. Foto: Felipe Jaimes Lagos / VANGUARDIA
Los habitantes de esta vereda han tenido que recurrir a un viejo puente que presenta puertas en sus bases. Foto: Felipe Jaimes Lagos / VANGUARDIA

Tres casas afectadas en una misma familia

Luis Francisco Bustos resume en su historia el impacto de la ola invernal en la vereda.

Sus tres hijos perdieron sus viviendas. Las estructuras quedaron comprometidas y hoy no pueden ser habitadas. La reconstrucción avanza lentamente, con materiales que han conseguido entre vecinos: láminas, bloques, cemento.

“Entre todos nos hemos ayudado. Uno pone una cosa, otro otra, y así vamos levantando algo”, dice. No es una solución definitiva, aunque es la única opción que tienen mientras llega ayuda externa.

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Aproximadamente 4 hectáreas destinadas a la piscicultura o cultivos de cacao quedaron bajo el lodo y los escombros. Foto: Felipe Jaimes Lagos / VANGUARDIA
Aproximadamente 4 hectáreas destinadas a la piscicultura o cultivos de cacao quedaron bajo el lodo y los escombros. Foto: Felipe Jaimes Lagos / VANGUARDIA

Salir caminando, incluso heridos

El aislamiento terminó de agravar la emergencia. Las vías de acceso quedaron destruidas por los deslizamientos y hoy los vehículos no pueden ingresar.

Mónica Garzón lo vivió en medio del caos. Una familiar suya sufrió una caída durante los desbordamientos y se fracturó un brazo. No había forma de trasladarla en carro.

“Nos tocó caminar. A ella con el brazo roto y a mí acompañándola. Fueron como tres horas atravesando potreros, buscando por dónde pasar”, cuenta.

Ese trayecto, que antes podía hacerse en minutos, ahora depende completamente del estado del terreno.

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El sistema de acueducto veredal se fraccionó por pedazos y se filtraron grandes cantidades de arena y barro. Por este motivo no hay circulación de agua en la zona. Foto: Felipe Jaimes Lagos / VANGUARDIA
El sistema de acueducto veredal se fraccionó por pedazos y se filtraron grandes cantidades de arena y barro. Por este motivo no hay circulación de agua en la zona. Foto: Felipe Jaimes Lagos / VANGUARDIA

Sin acceso no hay reconstrucción

Algunos habitantes han intentado contratar maquinaria para remover tierra y habilitar caminos. El uso puede costar entre uno y dos millones de pesos.

El problema no es solo económico. La maquinaria no puede ingresar.

Transportarla puede costar incluso más que alquilarla, y aun así no hay garantías de acceso. Los vehículos pesados no tienen por dónde llegar. La única placa huella existente cubre un tramo mínimo. El resto de la vía es destapada y hoy está convertida en barro.

Por eso, la recuperación avanza a mano, con palas, picas y trabajo comunitario.

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Tres caminos, el mismo riesgo

Diego López Porras, líder y habitante del sector, describe con claridad la situación de las vías. No hay una sola salida segura.

Explica que existen tres formas de entrar o salir de la vereda. La primera es por el Guamito, un paso que hoy representa un riesgo alto por los deslizamientos. La segunda, por la vía de San Benito, con abismos y reducciones de carril. La tercera, la vía principal, hoy prácticamente destruida.

“Esto está muy arriesgado. Los deslizamientos son muy fuertes y las vías están en muy mal estado”, advierte.

Cultivos perdidos e ingresos en pausa

Los daños también alcanzaron la base económica de varias familias.

Rodolfo Moreno, fiscal de la Junta de Acción Comunal, perdió cerca de dos hectáreas de cacao que venía cultivando desde hace cinco años. Era un cultivo en plena producción.

“Eso era como la vaca lechera. Cada quince días producía. Es una pérdida muy grande”, explica. A esta situación se suma la de María Rosa Castro, quien vive de vender guanábanaso. Desde la emergencia no ha podido salir a trabajar.

Intentó hacerlo en motocicleta, pero el barro del terreno terminó pinchando la llanta. El intento de salir a generar ingresos se convirtió en otro obstáculo. Hoy, como muchos en la vereda, su sustento está detenido.

Un puente prometido que no llega

La comunidad insiste en una solución puntual: la instalación de un puente militar.

Habitantes de la vereda aseguran que, tras una reunión sostenida en 2022 con funcionarios de la administración municipal de ese momento, se les planteó la posibilidad de gestionar una estructura de este tipo para mejorar la conectividad del sector. Hoy, con una administración distinta en Lebrija, esa expectativa sigue sin concretarse.

El contraste es evidente. A comienzos de marzo de 2026 fue inaugurado el Puente Militar Bocas del Opón, una estructura de 64 metros sobre el río Quiratá que conecta zonas rurales hasta Santa Helena del Opón, beneficiando a más de 8.000 personas.

En San Gabriel también hubo disposición desde el territorio. Según relatan los habitantes, la empresa avícola El Guamito permitió el paso por sus terrenos para la construcción de una vía de acceso, con la expectativa de que esta conectividad se complementara con la instalación de un puente. La carretera se abrió. El puente nunca llegó.

La vía principal que conduce a la vereda quedó bloqueada por guaduas de más de seis metros. Foto: Felipe Jaimes Lagos / VANGUARDIA
La vía principal que conduce a la vereda quedó bloqueada por guaduas de más de seis metros. Foto: Felipe Jaimes Lagos / VANGUARDIA

En la vereda, las acciones anunciadas por las autoridades se reciben con cautela. La experiencia reciente les ha enseñado que entre el anuncio y la ejecución puede haber distancia.

La emergencia completa ya más de una semana. Para los habitantes de la vereda San Gabriel, el tiempo empezó a medirse distinto: en días sin agua, en caminos rotos y en decisiones difíciles para moverse dentro de su propio territorio.

No es solo la pérdida de casas o cultivos. Es la sensación de vulnerabilidad frente a un territorio que cambió de un día para otro y ante un clima cada vez más impredecible.

Aunque las instituciones ya han empezado a hacer presencia y a asumir compromisos, la preocupación sigue latente. El tiempo avanza y el riesgo de quedar nuevamente incomunicados, ante nuevas lluvias, es una posibilidad que no se descarta.

El invierno no solo dejó daños: dejó también una alerta permanente. Para los habitantes de la vereda San Gabriel, estos días no se cuentan en el calendario, se sienten. Y en medio de la incertidumbre, de las lluvias que no cesan del todo y de las soluciones que aún avanzan, hay una certeza compartida: este invierno se les ha hecho eterno.

Publicado por: Felipe Jaimes

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