En Girón, pueblo patrimonio de Colombia, la Fraternidad de los Hermanos Nazarenos mantiene desde 1636 una de las tradiciones de Semana Santa más antiguas del país. El reportero gráfico Mauricio Olaya acompañó tres de sus ritos más solemnes: la bienvenida de novicios, el homenaje a los hermanos fallecidos y la procesión de la Luz, el Silencio y la penitencia.

Publicado por: Mauricio Olaya
Oficialmente la fraternidad de los hermanos Nazarenos de Girón nació el 19 de febrero de 1636 a instancia de Fray Cristóbal Torres, quien trajo esta tradición de su natal Burgos y desde entonces, suman 390 semanas santas rindiendo este tributo de fe, sacrificio y entrega, en el mejor homenaje a su Santo Patrón Jesús de Nazareth.
Ciudad Girón, pueblo patrimonio de Colombia, se constituye así en la población donde esta comunidad ha mantenido esta tradición cristiana durante más tiempo, de manera que manteniendo los cánones del respeto, la consagración y la entrega a esta deuda anual con la comunión expresa con la penitencia como exposición del perdón, cada una de las fases históricamente preservadas se pueden vivificar con la llegada de la Semana Mayor.
Vanguardia acompañó a la fraternidad a tres momentos de esta liturgia que hoy congrega a cerca de 250 nazarenos activos, cerca de 80 hoy en retiro por edad o por salud y por lo menos 30 nuevos candidatos que viven los actos sacros de postulación, noviciado y acción nazarena.

Bienvenida
Así, el miércoles santo en horas de la mañana, en la Basílica Menor del Señor de los Milagros, se cumplieron dos ritos, el de la postulación de un próximo grupo de preservantes de este legado cristiano, donde acompañados de un Nazareno y un allegado en calidad de padrinos, reciben el Alba de Novicio, el Catecismo y libro de Trabajos.
Culminada la Santa Eucaristía, los Novicios reciben del sacerdote la bendición de lo que serán sus primeras prendas que los habrán de identificar como miembros en proceso de la Fraternidad.




Hábito, Santo Rosario, Cíngulo o Cordón y Pañuelo, prendas que a partir de este momento llevarán en cada convocatoria de la Fraternidad y con la cual participarán durante las siguientes dos semanas santas.
Al cumplir dos años de noviciado, el iniciado en un acto de tradición, recibe el Capillo y la Soga Penitencial, que es esa especie de faja elaborada con distintos materiales como el fique y esparto. Esta prenda en el contexto simbólico evoca las cadenas o sogas que atan el pecado a la humanidad.


Homenaje
Cumplidos los actos ceremoniales del recibimiento de nuevos candidatos y novicios, la comunidad se desplaza en ceremonial procesión hasta el viejo cementerio de Nuestra Señora de Monguí, donde se cumple con un acto litúrgico de saludo, reconocimiento y homenaje a los hermanos fallecidos.
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Allí entre el estrecho camino custodiado por las galerías de tumbas, unas en abandono y otras pocas adornadas de flores como manifiesto y vigencia de memoria, un largo acto de silencio y recogimiento se abraza la historia de la Fraternidad.


Silencio y Luz
Ese mismo día, al filo de la medianoche, comienza la solemne procesión de la Luz y el Silencio, en un acto donde el manifiesto de la tradición se vivifica en cada uno de los participantes, quienes conservan atavíos y manifiestos culturales de esta tradición de todos los tiempos.
De tres frentes distintos comienzan a aparecer los protagonistas de la noche. Por un lado, la llamada Guardia Pretoriana, que con sus trajes de guerra nos recuerdan la presencia y protagonismo del Imperio Romano en los desenlaces que vendrían en los siguientes días.
Por otro de los costados, surgirían las llamadas Sahumeadoras, un grupo de muchachas jóvenes, portadoras de la luz representadas en veladoras que llevan en sus manos, acompañando el paso silente de los Nazarenos que le preceden.
Cierra esta procesión los miembros de la fraternidad, que acompañan el andar con cirios prendidos, en una marcha donde solo se escucha el sonido de los pasos de los penitentes en un camino que va hasta el Cementerio de San Isidro, donde la oscuridad de la noche y la ola de misterio que cubre la presencia humana en territorio de los viajeros del infinito.







El desande
El viernes santo se cumple con uno de los manifiestos de reivindicación de cualquier acto de pecado, que puede deducirse como un acto simbólico que le apunta a caminar sobre lo caminado por el Nazareno, en su ruta de suplicio y dolor hacia el Calvario.
Al filo de la medianoche, las puertas de la Basílica se abren y allí aparecen los Nazarenos, unos acompañando el paso de la cruz vacía y de la Virgen de la Dolorosa y la mayoría, llevando sobre sus espaldas una cruz que restringe sus movimientos, obligándolos a caminar erguidos, soportando el peso de la madera y al tiempo, literalmente recibiendo la penitencia de llevar en sus manos el cirio de cera, que en su consumo quema sus manos.
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Dolor como camino, un desandar sobre los errores que estas personas de todas las condiciones, donde es posible encontrar congregados a ingenieros, profesores, guardas penitenciarios, trabajadores, empleados públicos, médicos y hasta un concejal en ejercicio.
Al terminar el desande, los miembros se reúnen en una velación del resto de la noche, donde algunos miembros aún cumplen con el ritual de los llamados Maitines o Ceremonia de las Tinieblas, donde se dice que se realizan azotes y castigos corporales, que ellos dicen fueron parte del pasado, pues hoy el perdón llega vía la reflexión y el acto consagrado por la Fraternidad.
















