Hace 70 años, este santandereano se enlistó como voluntario en las tropas norteamericanas para ir al frente de guerra en la Segunda Guerra Mundial. Hoy, con 92 años, recuerda nítidamente los sucesos que lo protegieron de estar en combate o ver a sus compañeros morir, y lo llevaron a Alaska a trabajar en una “posición estratégica”.

Publicado por: REDACCIÓN VANGUARDIA LIBERAL
“Mira, yo me gradué de periodista en la Universidad Javeriana, como dice acá mi cartón, el 5 de mayo de 1944. Estábamos en plena guerra mundial y me fui a especializar en Nueva York, Estados Unidos”. Así, mostrando uno a uno los documentos que guarda con total cuidado en diversas carpetas, Benjamín Quintero Martínez asegura que no le gusta hablar de nada sin tener las pruebas que demuestren que lo que dice es verdad.
Al llegar a estudiar al país norteamericano, el Gobierno le dio la noticia de que debía presentar unas pruebas para conocer si estaba en las condiciones físicas e intelectuales para prestar el servicio militar y enlistarse para combatir contra los países del Eje (Alemania, Italia y Japón, principalmente).
“Me dieron un plazo de 90 días por si quería regresar a Colombia o entrar al Ejército”, cuenta Quintero.
Así fue como, sin titubear, decidió entregarse como voluntario para ingresar a las filas del Ejército norteamericano, cuando apenas tenía 22 años, y alejarse del sueño de ejercer el periodismo.
Según recuerda Quintero Martínez, en su batallón habían solo dos colombianos más: un bogotano y un caleño. Este último, asegura, se volvió loco solo durante el entrenamiento militar, sin ni siquiera combatir.
“Yo fui voluntario, porque quería ir al frente de guerra. Uno a los 20 años no le tiene miedo a nada en la vida y desea triunfar y pelear por la democracia…”, recuerda.
Mientras sigue pasando las páginas de las carpetas en las que tiene ordenadamente cada detalle que refresca su memoria sobre aquella época, hace 70 años, dice que está seguro que nadie tiene los papeles y recuerdos ue él conserva “en originales” meticulosamente.
La guerra no lo quería
Tras estudiar durante tres meses intensamente inglés, fue entrenado por otros tantos meses para ir a combatir a Europa contra Alemania. Sin duda, era casi imposible regresar vivo, por lo que el Gobierno estadounidense decidió enviarlo a su tierra natal, Rionegro, Santander, para que se despidiera de su familia.
“En tiempo de guerra, antes de ir al frente, a uno le dan una licencia para visitar a sus familiares, entre comillas, porque uno se va es a despedir (…) me dieron este permiso por 24 días para visitar a mi familia”, dice mientras muestra una amarillenta página de Vanguardia Liberal fechada el 11 de abril de 1945, en la que aparece su foto junto al título “Si no regreso, regresarán mis insignias”.
Benjamín debía ir y volver a Colombia en avión militar, y así regresó a su tierra, abrazó a su madre y disfrutó de la vida del campo en la cual fue criado. Después de apenas una semana, Quintero tuvo que viajar a Bogotá, en donde debía presentarse al aeropuerto para ser devuelto a Estados Unidos. Sin embargo, su avioneta tardó 40 días en regresar, pues estaba siendo reparada en Perú.
“Yo estuve aquí (Santander) apenas una semana. Me despedí de la familia y en Bogotá todos los días iba al aeropuerto para ver si llegaba la avioneta y nada (…) por el tiempo que duré en Colombia cuando regresé a Estados Unidos mi batallón ya se había ido”. Suerte o desgracia, Benjamín no lo sabe, pues él quería ir a la guerra, pero sin duda no quería morir.
En ese momento, Quintero fue reubicado de batallón y enviado a California, en donde tuvo que ser reentrenado, pues esta vez debía enfrentarse a los japoneses, quienes junto a los alemanes utilizaban las prácticas más sangrientas y crueles de guerra.

“Cuando me dijeron California yo dije, bueno me fui para Japón. Entonces me dijeron que debía recibir otros dos meses de entrenamiento (…) la diferencia de combatir con los japoneses es que ellos inventaron el camuflaje, unas trampas como las minas antipersonal y todo tipo de armas para la guerra. Ahí hubo una matazón horrible, tanto que el general MacArthur ordenó que donde se moviera una hoja, tocaba darle plomo” (se refiere a Douglas MacArthur, comandante supremo de las fuerzas aliadas en el Pacífico Sur) .
Pero una vez más, la vida estaba de su parte, pues al ser evaluado por el Ejército estadounidense, se dieron cuenta de que era bilingüe y profesional, por lo que fue reubicado y enviado a las Islas Aleutianas, en Alaska. En este territorio nunca debió combatir.
“Era una posición estratégica para Estados Unidos, porque esas islas se conectaban con Rusia. Nosotros lo que debimos hacer fue vigilar que los japoneses no las volvieran a invadir. Yo estuve primero en artillería, después en ingeniería y por último fui al departamento de mensajería, que era el de inteligencia”.
Cuando se le pregunta qué es lo que más recuerda de esa época, todo lo resume en una palabra: frío.
“Era increíble el frío. Se sentía más el frío en verano que en invierno. Al principio me tocaba hacer las guardias de noche y de día. El plan diario era ver películas, era la única distracción que teníamos y hacer deporte. Cuando salíamos estábamos todos vestidos de algodón, guantes de cuero, siempre muy bien cubiertos, porque las temperaturas eran muy bajas”, recuerda, al tiempo que señala una foto en la que Benjamín aparece posando junto a un lobo siberiano, rodeado de nieve.
Tampoco olvida que el frío era tan fuerte, que cuando salían de sus campamentos en los vehículos militares, no podían apagarlos, pues las bajas temperaturas congelaban el carro y después era imposible prenderlo.
“Cuando uno iba a hacer la guardia se llevaba café, azúcar, aceite y más nada. El aceite servía porque teníamos allá el salmón rojo de Alaska y con eso lo fritábamos, y tomaba mucho café”.
Otro de los recuerdos que guarda en su memoria durante este tiempo de guerra, en el que las balas no fueron su desafío sino el clima, es cuando iban junto a su batallón a comer y veía cómo toda la comida que sobraba era quemada, mientras los nativos de Alaska morían de hambre.

“Yo veía a los indígenas muertos de hambre, muy pobres, me daba cosa. Yo le pregunté al comandante que por qué no les daban esa comida y me dijo: “usted cuánto lleva en el Ejército”, yo le dije un año, y me respondió, “yo 10. Si usted les da comida a uno, mañana vuelve con más y el día que no les dé le prenden candela a esta vaina”.
Las cartas y el amor durante la guerra
Además de las películas, otra de las maneras en las que Benjamín pasaba los días era enviando y recibiendo cartas a su familia, en las que solo podía saludarlos, con escasos detalles sin precisar qué hacía o dónde estaba.
“Imagínate, yo un muchacho de 22 años me dio por escribir cartas de amor… soy fulano de tal, del Ejército (…) ¡madre santísima!, la primera respuesta fueron 110 cartas. Entonces yo no hallaba qué hacer y me enseñaron que cuando a uno no le interesaba alguien debía decir la verdad y no hacerle falsas ilusiones”, expresa aún emocionado Benjamin, quien vive con su tercera esposa y tiene cinco hijos “que conozca”, apunta.
Durante ese tiempo, entre carta y carta, se enamoró de una joven, Janeth, recuerda bien su nombre, a quien buscó tras volver de la guerra.
“Yo le dije que era católico pero ella jamás me dijo su religión y resulta que era judía. Cuando ya regresé a los Estados Unidos, le pedí su dirección para visitarla y me escribió una carta con mucho amor y pesar porque sus padres no me aceptaban por ser católico”. Así, con otra misiva, se acabó una de las tantas historias románticas que lo rodearon durante los cuatro años que vivió en Baltimore, Estados Unidos.
El fin de la guerra y del frío
Al cumplir un año en Alaska, se acabaron los combates. Estados Unidos había logrado la rendición de Japón, tras las bombas atómicas que lanzó el 6 y 9 de agosto de 1945 sobre Hiroshima y Nagasaki, como lo ordenó Harry S. Truman, presidente del país norteamericano para la época. Tras este fatal episodio, en donde aproximadamente 246.000 personas perdieron la vida, Japón se rindió y concluyó la Guerra del Pacífico, y con ella la Segunda Guerra Mundial.
“Cuando nos dijeron que se acababa la guerra, nos alegramos muchísimo. Tras esto a uno le daban la baja a no ser que quisiera seguir en la carrera militar. A mí me dieron los papeles, pero yo no acepté seguir, porque si me salvé de la guerra para qué iba a seguir peleando”, dice emocionado este veterano de guerra.
Su memoria sin duda es un tesoro para la historia del país, pues con el transcurrir de los años, cada vez son menos los combatientes colombianos que como él, desempolvan el traje con el que se enlistaron y desfilan cada 20 de julio en carros militares, al tiempo que saludan a la multitud que sale a verlos, por tradición y homenaje, al haber tenido la valentía de exponer su vida por otra nación.















