El primer mercado se organizó en la plaza de un extinto resguardo indígena asentado en tierras bumanguesas. La primera plaza de la ciudad fue la San Mateo.

Publicado por: DIANA CANTILLO
A finales del siglo XVIII, los bumangueses compraban sus víveres en medio del olor pútrido que emanaba en sus primeros días la cabeza de un ajusticiado. La testa picoteada por los gallinazos era expuesta en la plaza pública. Ese era también el lugar del mercado.
En 1778 se estableció por primera vez el mercado público de víveres en Bucaramanga. En aquella época el comercio era incipiente y las necesidades a satisfacer muy básicas. Este estaba delimitado por el trazo de una cuadrícula. La plaza carecía de ornato.
El piso todavía no era empedrado. Los productos se vendían extendidos en el suelo, en medio de la maleza y lodazales mal olientes de los días de lluvia. Las mercancías se vendían solas a precios baratos sin tanta decoración y presentación. Los bienes compartían el espacio junto con las cabezas.
En la colonia, las autoridades auspiciaban el espectáculo de las cabezas, porque lo veían como un mecanismo de control social y delictivo. Mientras que los curas administraban la moral y el adoctrinamiento católico más recalcitrante.
Cuando se empezó a erigir el primer mercado púbico, Bucaramanga era todavía un resguardo indígena que dependía de la jurisdicción de Pamplona. El 22 de diciembre de 1622, el pueblo fue declarado Real de Minas por orden del oidor Juan de Villabona y Zubiaure. Paradójicamente, los indígenas que sobrevivieron a la conquista española lo hicieron por el ‘progreso’. Se convirtieron en mano de obra en la explotación de oro, en el río de Oro.
En 1799, Bucaramanga deja de ser un pueblo de indios, debido a una reducción significativa de la explotación aurífera y al predominio de blancos y mestizos en la zona. Reclamos que cobraron efecto en la visita del fiscal de la Audiencia Francisco Antonio Moreno y Escandón, quien finalmente ordena la salida de más de 568 indígenas rumbo a Guane ese primero de enero. Entonces, las tierras del resguardo regresaron a manos de la Corona. La extinta ranchería se erige como Parroquia y se construye la parroquia Chiquinquirá y San Laureano, hoy conocida como la iglesia de San Laureano.
El mercado en la plaza principal
La última cabeza que colgó en la plaza principal fue en 1834, cuando el extinto poblado indígena había sido declarado como Villa de Bucaramanga por el Cabildo de Cúcuta. Hasta la mitad del siglo XIX, el mercado continuó realizándose en esa misma plaza. Uno semanal, comúnmente los domingos. Pero a la iglesia no le gustaba que la gente dedicara el día de Dios al mercado, así que a veces la actividad se realizaba los sábados.
El avance urbanístico de la villa era todavía modesto. La Plaza Principal seguía siendo un tierrero plano con sectores desyerbados que permitían a los pobladores caminar por el lugar. Al costado norte se ubicaba en una misma edificación el cabildo y la cárcel. Por el noroccidente, la Capilla Nuestra Señora de los dolores. Y en el oriente estaba la Iglesia San Laureano, construida en teja. Alrededor de la plaza vivían las familias más prestantes y adineradas.
Los pobladores empezaron a preocuparse por la higiene del lugar. Los comerciantes promovieron la utilización de toldos para cubrir sus productos. Y los clientes se quejaban del desaseo y la fetidez de los desperdicios y alimentos en descomposición y el excremento de los animales de carga. El olor propio del gentío reunido, sumado al hedor a sangre seca de los cuerpos fusilados en medio del mercado y la basura sobrante de las celebraciones y tertulias que se realizaban en la plaza.

Estos comerciantes tampoco estuvieron de acuerdo en que el día del mercado fuera el sábado, lo que obligó al cabildo a establecer por decreto ese día como el domingo.
En 1857, Bucaramanga fue reconocida como la capital del Estado de Santander. Empieza vivirse el cambio en la dinámica de la ciudad. Se abrieron nuevas tiendas de ropas y licores. Se construyeron nuevas casas, así como hoteles y pensiones.
La desaparición del mercado
Las inconformidades de la prestante vecindad hicieron eco en los medios de la época. En el semanario El Posta, en 1894, un editorial resaltaba que el mercado, en esas condiciones, no era propio de una “urbe”. Fue tal la insistencia y el reclamo, que la administración local decidió trasladarlo a la Calle Real, hoy la calle 35.
Los puestos del mercado se ubicaron en las tiendas y almacenes. Pero definitivamente el cambio no gustó.
A las pocas semanas, el mercado volvió a la Plaza Principal.
La construcción de la San Mateo
Sin embargo, desde junio de 1889, el comerciante Nepomuceno Serrano ya había alzado su voz en el Concejo de la ciudad sobre la necesidad de construir una plaza cubierta que fuera destinada únicamente para el mercado.
Presentó la propuesta formal junto con “comerciantes amigos del desarrollo” que contaban con $100.000 para edificarla. En el documento se comprometió a entregar la edificación en tres años. Y le ofreció a la administración hacer parte del negocio con 40 acciones de gracia de $100 cada una.
El Concejo creó una comisión para estudiar la propuesta. Esta fue conformada por dos cabildantes, además de dos vecinos: Hermógenes Wilson y Roso Cala. La delegación dio su visto bueno al proyecto. De manera que el cabildo de la ciudad, presidido por Eleuterio González, le entregó a Nepomuceno Serrano el contrato y el “privilegio exclusivo” para construir la casa de mercado. El municipio estableció que cedería la administración del mercado al comerciante y a sus socios durante 25 años. Y si era necesario, ese tiempo se extendería 35 años más. El lote a levantar era propiedad de la compañía comercial Reyes González & Hermanos.
El memorial de agravios
Ciento sesenta familias enviaron al Concejo un memorial de agravios, “los detractores del progreso”, como fueron señalados. Se trataba de comerciantes propietarios de tiendas contiguas a l a Plaza. Christian Clausen, Anselmo Peralta, Simón Harker, Trinidad Parra de Orozco, Jesús Prada y otros comerciantes pidieron al Concejo que el acuerdo aprobado fuera “meditado”.
Decían que al ser trasladado el mercado, sus ventas se reducirían. Sin embargo, Nepomuceno Serrano era un hombre sagaz para los negocios. En la propuesta había dejado, en letra menuda, abierta la posibilidad de transferir ese “privilegio” exclusivo a una sociedad anónima, compañía a la que él obviamente pertenecía, así como Roso Cala, uno de los dos vecinos de buena fe que conformaron la comisión que evaluó el proyecto.
La casa de mercado tardó seis años en construirse, en 1895. En esa fecha el mercado de la Plaza Pirincipal se trasladó a la Casa de Mercado San Mateo, que se inauguró el día de la independencia, el 20 de julio de ese año. El acto protocolario reunió al Gobernador y a los más prestantes concejales y comerciantes de la ciudad. Además de curiosos que se asomaron a ser testigos de cómo se veía lo que vociferaban en las cantinas como “progreso”.
La Casa de Mercado Cubierto de Bucaramanga abrió sus portones el 3 de junio de 1895. Ese día se realizó el primer mercado. Mientras se caminaba entre los niveles del único piso de la San Mateo, las criadas y las señoras de las casas cayeron en cuenta que el mercado no estaba completo y que les faltaba la carne. El único problema que quedaba era que la venta de carne seguía separada de la casa de mercado, manteniéndose por los lados de la Plaza García Rovira. Este problema solo se solucionó hasta 1934, con la construcción del Pabellón de Carnes. Su edificiación empezó en 1928.

Pero la San Mateo llegó a su fin debido a un incendio en 1989. Años más tarde se inició la construcción de una nueva plaza: la Plaza de Mercado Central.
Fue así como Bucaramanga superó la época de cuando las cabezas de los ajusticiados colgaban en estacas en medio del mercado. Pero aun hoy, en las zonas aledañas a la actual Plaza de Mercado Central, deambulan fantasmas del pasado provenientes de la ranchería indígena, como la abundante basura que dejan hoy las ventas informales. Quienes trabajan en la plaza sufren porque los de afuera venden y no pagan impuestos, ni administración. A finales del siglo XVIII era insoportable la fetidez de las cabezas de los degollados en medio del mercado. Antes no se sabía que hacer para evitar que las mulas y los caballos dejaran sus heces o cómo mantener el espacio libre de basura. A pesar de que la ciudad vive el ‘progreso’, ese que fue tan anhelado en el siglo XIX, el mercado lidia con los mismos problemas heredados tres siglos atrás.
Los datos históricos que hacen parte de este relato son producto de las investigaciones de historiadores como Arístides Ramos Peñuela (Universidad Nacional), Ramón Perdomo González, Sergio Acosta Lozano, Sol Sierra Flórez, Néstor José Rueda, Jaime Álvarez Fuentes (UIS) y David Jhonson (Universidad de Alberta, Canadá).
El fin de la San Mateo
El 6 de febrero de 1989, debido a un incendio que acabó con uno de los edificios de la Plaza San Mateo y afectó parcialmente a lo que fue el Pabellón de Carnes, llegó el fin de este mercado. Años después, fue construido el edificio donde hoy funciona la Plaza de Mercado Central.
Han pasado más de tres administraciones sin saber qué hacer con el antiguo edificio de la San Mateo, considerado Patrimonio Cultural de la Ciudad. En la actualidad, es un monumento al olvido.
**Los datos históricos que hacen parte de este relato son producto de las investigaciones de historiadores como Arístides Ramos Peñuela (Universidad Nacional de Colombia), Ramón Perdomo González, Sergio Acosta Lozano, Sol Sierra Flórez, Néstor José Rueda, Jaime Álvarez Fuentes (Universidad Industrial de Santander) y David Jhonson (Universidad de Alberta, Canadá).













