Colombia se encuentra en un punto de inflexión decisivo: ceder ante la narrativa populista y polarizante del continuismo, o defender una estabilidad democrática que garantice seguridad física, jurídica y económica sobre la base de políticas sociales eficientes. Esta realidad transformadora se definirá en las urnas.
El riesgo institucional es latente, no una paranoia, y conjurarlo exige un balance riguroso. Hay que reconocer que la izquierda llegó al poder porque sintonizó con un cúmulo de malestares sociales reales. Ese avance fue el resultado del desgaste de los partidos tradicionales, que abandonaron su rol de intermediarios entre la sociedad y el Estado. Ese vacío fue ocupado por un personalismo que redujo el debate público a un péndulo estéril entre uribismo y petrismo. Ante esta orfandad institucional, el populismo se convirtió en la moneda de cambio y, para sostenerse ante la falta de resultados, tiende a debilitar los contrapesos mediante el cuestionamiento constante a las Cortes, al Congreso y a la prensa libre.
En esta fractura conviven dos visiones legítimas. Por un lado, el votante mayor que, marcado por la experiencia de la violencia pasada, valora la seguridad y la estabilidad. Por el otro, el votante joven, inmerso en la inmediatez digital, que se mueve desde la profunda frustración por la falta de empleo, equidad y oportunidades. Su voto es el reflejo de una insatisfacción real, lo que lo hace permeable a retóricas maximalistas. El deseo legítimo de ver transformaciones rápidas les genera el riesgo de idealizar el activismo gubernamental como una épica de resistencia, lo que les impide ver que otorgar una “segunda oportunidad” a un proyecto de vocación autoritaria puede terminar entregando las llaves de su propia libertad futura.
El cambio de mentalidad en la juventud no se logra descalificando sus aspiraciones o atacando con rabia la incapacidad de ejecución del gobierno actual. Se logra validando su rebeldía y recordándoles que no existen cambios reales si se destruyen los cimientos institucionales que hoy les permiten, precisamente, protestar y disentir libremente.
Y aunque ninguna de las propuestas de campaña les ofreció respuestas claras y concretas sobre empleo, educación y medio ambiente, tienen que valorar que hoy son los protagonistas de una transformación social construida sobre la unidad y no sobre el odio. Votar con sensatez es entender que el voto debe trascender las pasiones del momento. El sufragio es la herramienta para corregir el rumbo, preservar el futuro y evitar entregar un cheque en blanco al totalitarismo.
Mañana, en la urna, cada ciudadano deberá definir el rumbo de Colombia. Antes de votar, sin ponerle emoción, pero sí mucha reflexión, deberá examinar con rigor la situación actual del país y decidir si debe premiar el continuismo sin resultados o estabilizar la democracia.












