Bucaramanga
Lunes 27 de febrero de 2017 - 10:12 AM

Esta es la clave de la longevidad del santandereano que cumplió 106 años

Se dedicó a la ebanistería -el trabajo con madera fina-, pero incluso en los incendiarios años de La Violencia, el compromiso de Alejo Rey con su familia no sucumbió. Hoy, a sus 106 años, algunos episodios son ya un poco difusos, pero la sencillez y el temple que lo han caracterizado siguen incólumes en él y son la clave de su longevidad.

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN

Para cuando Alejo Rey nació, el camino entre su natal Lebrija y Puerto Santos había sido declarado de interés nacional. Lebrija recibía dinero del departamento para promover el comercio y los habitantes de la antigua Cantabria pasaban a ser lebrijenses importantes para la región. Sin embargo, toda esta pujanza se escapaba del conocimiento de los padres de Alejo, Evaristo y Pía, y del niño mismo, que creció en la vereda San Cayetano, donde pasaba sus días jugando al trompo.

Tras apenas una década del final de la Guerra de los Mil Días y antes de que comenzara de nuevo la violencia de los años treinta, el pequeño Alejo debía caminar media hora hasta otra vereda, El Aguirre, y trataba de aprender de una maestra que, según dice, sabía bien poco.

Alejo conserva un tono de voz limpio, habla con claridad. Aprendió a hacer quebrados, pero de ahí, nada más. Su tío Benito le enseñó el oficio de ebanista y al crecer, ya instalado en Lebrija, luchó para ser el más juicioso y fino de la zona. Permanecería soltero hasta los 32 años cuando se encontró con la mujer a la que estaría unido toda su vida: Juanita Mantilla Martínez. Y encontraría también a su amor más grande.  

El amor más grande

Corría 1943. La Central Hidroeléctrica del río Lebrija llevaba un par de años en funcionamiento y acababa de nacer la Cooperativa Tabacalera de Santander Limitada, con un capital de 120 mil pesos y 53 miembros, según narra el investigador Édgar Ramiro ViIlamizar B., en su estudio la ‘Actividad Empresarial en Santander entre los años 1900 y 1960’. Santander florecía y a Alejo, ya bien entrado en la década de sus treinta, también le brotó el amor.

Alejo tenía su taller en un hotel de Lebrija, el más popular, regentado por doña Juanita Mantilla Martínez. Para ese entonces ella era ya una mujer hecha y derecha, que había quedado viuda y con cuatro hijos, pero que no se amilanaba para trabajar. La vida cotidiana vio nacer el cariño y pronto formaron un hogar. Durante toda la vida, Alejo estuvo dedicado a darles lo necesario a sus hijos adoptivos, siempre apegado a doña Juana.

Pero el amor más grande de Alejo fue su hijo, José Domingo, que nació en medio de algunas dolorosas pérdidas para el matrimonio.

Con el deseo de tener sus hijos propios, Alejo y Juana tuvieron que enterrar a Ana Bertina, que murió muy pequeñita y al menor, Pablito, que también murió siendo niño. En la mitad quedaba José Domingo, que había venido al mundo cuando Alejo tenía 36 años. Inseparables, José Domingo es aún la adoración de su papá.

“Mi padre es una persona siempre noble. Fue trabajador y cariñoso conmigo cuando era niño. Estuvo siempre pendiente de las obligaciones de su casa”, recuerda José Domingo.

Desde pequeño fue el consentido de Alejo. “En el hogar, la verdad la que mandaba era mi mamá. Él cumplía con sus deberes. Como soy su único hijo, mi papá me prefería y a mi mamá no le gustaba eso. En cuanto a sus compromisos, trató a todos mis hermanos y a mí por igual, pero él siempre tuvo mayor afecto hacia mí. Por lo demás, en mi familia todo era tranquilo, todo muy normal”.

La vida plácida pronto terminó. La violencia entre liberales y conservadores de finales de los cuarenta azotó a Santander y, por supuesto, también a Lebrija.
Para 1950, Laureano Gómez era el presidente del país y se habían intentado varios acuerdos de paz después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.
Comenzaba su periodo en la Gobernación de Santander el conservador Guillermo Garavito Durán, que había recibido a un departamento ya reconstruido en infraestructura, pero convulsionado tras el caos de la violencia bipartidista.

La historiadora Yecenia Castillo, en su monografía ‘Dinámica Política en Santander: 1947-1985’, cuenta que ese año se consolidó la guerrilla de Rafael Rangel Gómez, distribuida en la zona de San Vicente de Chucurí y la de Hernán Torres, en la provincia de García Rovira.

Sin embargo, el gobernador procuró evitar los abusos de la policía y sanear de violencia, con lo que Alejo, conservador por herencia, pero tranquilo y poco radical en la vida práctica, pensó que lo mejor sería traer a su familia a vivir a Bucaramanga. Y así fue.

La lucha en Bucaramanga

“Llegamos al barrio Modelo, en la carrera 8 entre calles 44 y 45. Allí vivimos unos cinco años y después nos trasladamos al barrio San Alonso, donde la familia vivió hasta que murió mamá. Mi hermano mayor estaba trabajando en la Foster Wheeler, en Barrancabermeja, y se llevó a mi papá para hacer una cantidad de obras que se necesitaban”, cuenta José Domingo Rey.

Para 1951, acababa de nacer la Empresa Colombiana de Petróleos y uno de sus primeros proyectos fue ampliar la refinería de Barrancabermeja para abastecer el consumo cada vez mayor de los derivados de este combustible en la zona central del país. El contrato le fue dado a la compañía Foster Wheeler, tal como narra el investigador Eduardo Sáenz Rovner en su libro ‘Colombia años 50: industriales, política y diplomacia’. A pesar del crecimiento, estos años no fueron fáciles debido a las constantes confrontaciones entre trabajadores y directivas de la empresa. Alejo, siempre decidido a mantener la paz de la familia, regresó a Bucaramanga.
Don Alejo recuerda que su profesión como ebanista siempre fue la encargada de darle el sustento. Era muy bueno y reconocido en la ciudad por sus muebles tipo Luis XV.

Ahora menos comunes, este tipo de muebles son codiciados por coleccionistas y en la página virtual de compra y venta Olx se ofrecen a un buen precio.
Fina, como la personalidad de Alejo, la ebanistería se distingue de la carpintería porque los muebles que se producen son más elaborados, requieren la creatividad del carpintero y se complementan con la marquetería, la talla, el torneado y la taracea, entre otras técnicas.

José Domingo aprendió el oficio. Ansioso por ayudar a su padre, a quien veía trabajar duro para sostener a una familia numerosa, consiguió ser tan bueno, que creó su propia fábrica. Tan bien le fue, que pronto tuvo el dinero suficiente para pagar el pasaje para Bogotá y estudiar una carrera profesional. Le dejó el taller a su papá, mal pagado en la fábrica donde trabajaba, y partió con mucho dolor un miércoles de mayo de 1968.

“Desocupé una maleta que tenía mi papá con papeles y empaqué dos muditas de ropa de dacrón (la tela más popular de los años sesenta) y me vine para Bogotá, con tres pesos, sin conocer a nadie, pero con la firme convicción de ser alguien, de estudiar, de prepararme y ayudar en la casa”. No tuvieron palabras para despedirse. José Domingo aún derrama unas lágrimas al recordar.

La clave de la longevidad

José Domingo tiene casi el mismo timbre de voz que su padre. Es también pausado y emotivo. No recuerda haber visto a Alejo angustiado nunca, salvo aquella vez, cuando en la cama de la que había sido su esposa durante 40 años, le dio su último adiós. Era 1983. Siempre estuvieron muy unidos. Doña Cecilia Arciniegas, nuera de Alejo y esposa de José Domingo, cuenta que doña Juana murió de cáncer en los pulmones. La gran dedicación a la cocina le pasó factura.

José Domingo no dudó, era el momento de volver a vivir con su padre. “Después de 40 años de matrimonio mi papá quedó confundido, se sintió, como es lógico, solito”, cuenta.

“El abuelo es muy tranquilo, es un ser humano muy bonito, no molesta para nada, nunca se queja y es muy sano”, cuenta doña Cecilia. Con su alma ligera, Alejo supo ganarse el amor de la gente a su alrededor por su juicio, su responsabilidad y su talante de hierro: dispuesto sin desfallecer a que su familia viviera lejos  de la violencia y la angustia de un siglo XX agitado.

Asegura que el secreto de su longevidad es “no tener vicios, no ser pernicioso, vivir bien y ser muy serio”.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN

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