Jorge Hurtado nació con una discapacidad intelectual que a pesar de ser leve no le permitió estudiar ni independizarse. Hoy es un ejemplo de superación y uno de los meseros más queridos de un reconocido restaurante de la ciudad.

Publicado por: IRINA YUSSEFF MUJICA
Jorge está acostumbrado a que las personas lo miren diferente. En el transporte, en la calle, en el trabajo. Cuando era niño también le pasaba, pero de la niñez no le gusta hablar.
- “¿Tiene malos recuerdos de la niñez?”.
Piensa para responder y dice “no”, pero sus ojos aguados responden por sí solos.
Nació en Bogotá, donde vivió hasta hace tres años. Luego, junto a sus padres, se radicaron en la capital santandereana.
Mirando de lejos, su condición pasa desapercibida. De cerca, la motricidad lenta, el hablar pausado y más bien mermado y una que otra dificultad para reaccionar ante algunas situaciones, como cuando hay muchas mesas llenas y tiene que llevar tres tipos de salsa a cada una sin equivocarse, la hacen más notoria.
- “Diferente no significa mal, solo no común”, suelta de un momento a otro.
- “Y ser fuera de lo común es divertido, ¿o no Jorgito?”, le pregunta la preparadora laboral que lo acompaña.
- “Pues, sí señora jefecita”, responde.
Jorge es un “amigo del alma” de la fundación Best Buddies Colombia, la cual busca abrirle caminos laborales y de integración social a personas con discapacidad intelectual. En Bucaramanga solo tres empresas han abierto la posibilidad para que esto pase: El Corral, Juan Valdez y Homecenter. Abrir más vacantes ha sido difícil, a pesar de que hay muchos jóvenes que están entusiasmados con tener un trabajo.
A Jorge le ayudó la experiencia. Trabajó desde muy joven y todo lo que sea operativo se le da.
“Estudiar más de primero bachillerato fue duro para él. No podía con ese ritmo de aprendizaje y entonces decidimos que debía trabajar, porque encerrarlo en la casa era peor, no aprendía a desenvolverse y yo sabía que era capaz”, asegura el padre, Germán Hurtado, quien desde que falleció la madre es quien ve por él.
Pero a Jorge no le gusta sentirse cuidado y aunque su papá dice que siempre va a necesitar alguien que esté pendiente, porque hay varias cosas en las que no se puede desenvolver solo, él sale de su casa a las 7:30 de la mañana, se sube al Metrolínea, va a una fundación donde recibe algunas clases, luego toma otro bus para ir a trabajar en El Corral del centro comercial Quinta Etapa y casi al caer la noche está en su casa, sano y salvo.

Y a eso nadie le ayuda.
Papá Jorge
En Fundeamor Jorge tiene novia. Se llama Jenny y él dice que es muy celosa. Llevan un mes, según él, y más de dos años, según ella. No se dan besos ni hablan mucho, pero bailan y con la mirada se buscan.
La discapacidad cognitiva de ella es mucho mayor y comunicarse es todo un reto, porque se le dificulta hablar; sin embargo, se le sale un “yo a él lo quiero mucho, lo amo mucho” despacito y con esfuerzo.
No es la única que lo quiere. Con cinco décadas encima, Jorge es el mayor del lugar y todos los ven como el papá o el abuelo. Menos Jenny, que siendo 25 años menor, lo ve como el amor de su vida.
- “Aquí venimos a hacer cosas, delantales y manualidades y eso, sí señora. Hoy no porque es fiesta de Halloween, pero el resto de días sí”, cuenta Jorge.
Disfrazado de campesino, Jorge baila al ritmo de la música que pone el disc-jockey, un joven que tiene su misma condición, pero más profunda.
El chico elige las canciones, hace mezclas ‘guapachosas’, se mete en su papel de discoteca y entonces la discapacidad se esconde. Como pasa con casi todos cuando están entretenidos y felices.
- “A mí me gusta venir aquí, porque comparto con mis compañeros”, comenta Jorge.
Pero en realidad, más que compartir, aprender o distraerse, Jorge va a ayudar.
Le avisa a uno que se le desamarró el zapato, está pendiente de si el más frágil llegó bien del baño, le dice al más joven que no coma tanto dulce, recoge unos empaques que alguien botó al piso, le pregunta a la directora de la fundación si todos comieron y está pendiente de que nadie se sienta mal.
La edad mental de Jorge, según los médicos, está alrededor de los 12 años; sin embargo, en los momentos en los que la cosa se pone más seria y no se trata de juegos, compinchería y baile, él sabe llevar bien puestos sus 49.
Como cuando mira el reloj y se da cuenta que son las 10:30 a.m. pasadas y que solo tiene 20 minutos para llegar al trabajo.

La despedida es una lluvia de abrazos y un montón de “chao, Jorgito, que le vaya bien”. La única que no se despide es Jenny. Está molesta porque su novio bailó con otra y entonces, de brazos cruzados, le aplica la ley de la indiferencia.
- “¿Y no se quiere casar, Jorgito?”
- “Uy, no señora. Las mujeres son como difíciles, ¿no?”.
La jornada laboral
El joven que acaba de llegar al restaurante se queda mirando a Jorge, quien ya le llevó los tres tipos de salsa a la mesa y le dijo “Bienvenido a El Corral”.
Bajo la mirada confundida del único comensal que hay a esa hora, él limpia, organiza y espera que el pedido esté listo para llevarlo a la mesa.
- “¿Qué más, Jorgito? ¿Todo bien? Ahí ya pedí lo mismo de siempre”, le dice en voz alta un señor que acaba de llegar.
El saludo del segundo comensal es como un alivio para el primero, que se relaja y deja de supervisar los movimientos del mesero.
- “Jorge es uno de los mejores empleados. Se preocupa, es cuidadoso, servicial, muy puntual y comprometido. No hay ni una sola queja. Él ya es de esta familia y gracias a él aquí todos hemos aprendido a ser agradecidos”, asegura la administradora del lugar.
No está equivocada. Antes de las 11:00 de la mañana, hora en la que empieza su turno, él ya se ha puesto su uniforme y ha saludado a todos los demás empleados. Impecable de pies a cabeza, pasa un trapo de olor por las mesas, barre el piso, organiza los tarros de salsas y las servilletas y prende el televisor.
- “Lo pongo en el canal de deportes, porque me gusta. Ahí están dando resumen de los partidos”.
- “¿A qué equipo le va Jorgito?”
- “Al más grande de Colombia”.
- “¿Nacional? ¿América?”.
- “¡Cómo se le ocurre!”, se espanta.
Es hincha de Millonarios y recuerda cada partido, jugador, gol, falta y hasta las fechas que le pregunten.
Según su papá, tiene memoria fotográfica e histórica, pero a corto plazo le falla.
A las 12:30 p.m. hay cinco mesas llenas y Jorge parece una hormiga. Es como un ritual: “Buenas tardes, bienvenidos”, las salsas, las servilletas, el pedido, “¿está todo bien? o ¿desean algo más?, “disfruten su comida”, “¿les puedo retirar?”, “hasta luego, buena tarde”. Y así hasta las 3:00 p.m.

- “Esto no solo es una ayuda económica para ellos y sus familias, como muchos piensan. Para ellos, esto es una oportunidad de vivir, de sentirse parte de este mundo y no de un mundo de cuatro paredes a los que los tienen acostumbrados. La única forma de que ellos evolucionen es sacándolos a la vida real. ¿O no, Jorge?”, explica y pregunta Daniela Caballero, la psicóloga y preparadora laboral de Jorge y de los demás ‘amigos del alma’ de Bucaramanga.
- “Sí jefecita. Trabajando soy como todos”, responde mientras guarda la propina que le acaban de dar.
- “¿Trabajas para sentirte incluído, Jorge?”.
- “No señorita, trabajo para sacar la cara por los que son como yo”.














