El 2 de marzo de 1992, hace cerca de 31 años, nos vimos sometidos a racionamientos de energía eléctrica de dos y hasta tres horas diarias. Incluso, dos meses después, el gobierno tomó la decisión de adelantar 60 minutos los relojes en el país, en lo que se conoció como la ‘Hora Gaviria’.








Publicado por: Euclides Kilô Ardila
Un reloj es una máquina preparada para ser precisa en todo momento; sin embargo, él no siempre ha funcionado así en Colombia. Hace poco más de tres décadas, por causas que no fueron tan fáciles de determinar en su momento, nuestro ‘cronómetro’ se nos adelantó.
Ocurrió en 1992, una época en la que de manera literal ‘se nos fueron las luces’. Por alguna razón, que nunca quedó muy clara, los embalses se vieron por debajo de los niveles de la seguridad energética. Así las cosas, el 2 de marzo de ese año el gobierno del entonces presidente, César Gaviria, tomó medidas que servirían mientras reaparecían las lluvias, de tal forma que la economía no se resintiera tanto.
¡Llegó el apagón!
¡Quién lo creyera! Eso sucedió en un país como Colombia, que ostenta las riquezas hídricas más grandes del mundo. Y como cantó Yuri, “con el apagón, qué cosas suceden”.
¡Luego nos adelantaron la hora! Todo comenzó a las 00:00 del 2 de mayo de 1992. En un abrir y cerrar de ojos, tanto los bumangueses como todos los colombianos comenzamos a vivir días y noches como los de nuestros tatarabuelos; es decir, nos tocaba madrugar y nos acostábamos muy temprano. Ratificamos eso de que ‘al que madruga, Dios le ayuda’.
Había que ver las botellas de Hipinto sirviendo de ‘candelabros caseros’ para ajustar sobre ellas las velas. Buscábamos troncos o leñas que nos servían para encender los fogones.
También resurgieron las estufas de gasolina, regresaron las pipetas de gas y nos tocaba rogar para que la luz no se nos fuera a la hora del partido de fútbol o de la telenovela.
Obviamente nuestras rutinas tuvieron un insospechado giro, pues ‘sí o sí’ debíamos aprovechar el tiempo en el que el sol alumbraba para hacer todo lo que pudiéramos.
Las que antes eran las 5:00 a.m. se convirtieron en las 6:00 a.m. Y obvio, si antes entrábamos a las 8:00 a.m. a la oficina, nos tocaba comenzar la jornada una hora más temprano.
Hoy podríamos decir, teniendo en cuenta la diferencia horaria que nos separa de Venezuela, que jamás nos parecimos tanto a ese país.
Al colegio salíamos en la madrugada y retornábamos una hora antes. En ese orden de ideas, el principal ‘viacrucis’ lo vivieron los niños de las escuelas, quienes definitivamente llegaban dormidos a los salones. La tarea más difícil era para las mamás, quienes sufrían tratando de despertarlos y los vestían mientras sus ‘cachorros’ seguían en brazos de Morfeo. Incluso, por temor a ser asaltados en los entornos escolares que resultaron muy oscuros, muchos papás se acostumbraron a llevar ellos mismos a sus hijos a la escuela. ¡Bueno, actualmente eso de la inseguridad en esas áreas académicas no ha cambiado mucho que digamos!

Durante cerca de nueve meses intentamos cambiar nuestras costumbres, ajenos a la irresponsabilidad de los mercaderes de la energía o a los caprichos del clima.
Miguel Ángel Beltrán, quien por esa época era el gerente de Unitransa, informó en ese entonces que las empresas de transporte urbano vivieron una especie de ‘bonanza’ porque, de manera literal, sus trayectos y frecuencias pasaron de 12 horas diarias a un servicio 24/7: los conductores comenzaron a manejar los horarios de madrugada, mañana, tarde, vespertina y nocturna.
Otra de las curiosidades de aquella época fue la confusión que se presentó con el reloj de la torre de la parroquia San Laureano, que fuera obsequiado por la Sociedad de Mejoras Públicas y que se construyó en los Talleres Robledo. En ese entonces, alguien lo saboteó y terminó de confundir a los fieles que pasaban por la parroquia y que se dejaban llevar por la hora que marcaba ese mítico cronómetro. ¡Nadie llegaba a tiempo ni a la ‘misa de gallo’!
Nos reconciliamos con la familia
Los sociólogos empezaron a hablar de las ‘bondades’ del apagón. Alrededor de la mesa y a la luz de las velas, la familia volvió a reunirse a la hora de la comida y, en cierta forma, pudimos consolidar lazos de amor más importantes que la economía misma.
Claro que en las casas, las empleadas domésticas nos armaron sindicato. ¡Y no era para menos! La razón: como la lavadora se convirtió en un ‘electrodoméstico de adorno’, a todas ellas les tocó regresar a la alberca, en los solares, para lavar con agua y jabón y con sus propias manos la ropa de todos.
Las mamás compraban en el mercado lo absolutamente necesario, entre otras cosas, porque las neveras de manera literal se ‘enfriaron’ o se ‘dañaron’ con los apagones.
Mientras tanto los vendedores de plantas eléctricas de energía alterna hicieron su agosto, mientras duró “la Hora Gaviria”, como se le denominó a aquella medida.
Los negocios encendían las plantas eléctricas antes de que saliera la luz del sol y algunos las ponían en la calle; es más, sus ensordecedores ruidos competían con la voz del vendedor del almacén: “Promoción dos por uno, siga mamita, mídasela sin compromiso”.
Recuerdo cuántas páginas de quejas ciudadanas, por la contaminación auditiva, redactamos en Vanguardia.
Siempre recuerdo el ‘tic tac’ del reloj de mi casa por esas calendas, por la magia que tenía con la oscuridad y por su complicidad con el silencio; sin embargo, confieso que, en ese entonces, me parecía que sus campanadas retumbaban demasiado fuerte para mis oídos.
A los que “flotan en el mundo imaginario de la radio”, como dijera José Luis Perales en una canción, les hicieron un programa con nombre de oscuridad muy luminoso: ‘La Luciérnaga’, el cual sobrevive todavía demostrando que incluso las tinieblas generan luz.
Quién no recuerda que con las pilas de recarga en mano, la radio se convirtió en un imprescindible acompañante de la noche.
Para todos los colombianos, incluidos los bumangueses, esta fue una época que difícilmente podremos olvidar por los arduos cambios experimentados en todos los aspectos. ¡La verdad, no le tuvimos miedo a la oscuridad y brillamos a nuestro modo!
En aquel gobierno, el de la apertura, también comenzó a regir la nueva Constitución con sus aciertos y errores, la del 91, que este año cumple 32 años.
Resulta paradójico: Luego del apagón, vino la luz de la nueva Carta Magna: ¿Fue simultánea la oscuridad física y la claridad democrática?... ¡Cada quien saque su propia conclusión!
Además, en la Navidad de 1992, las velas, los bombillos y hasta el mismo César Gaviria, fueron los ‘años viejos’ que se quemaron en el último suspiro de aquel oscuro diciembre.
Hoy día, tras los incidentes con dos de las más grandes generadoras de energía del país, el fantasma del racionamiento parece inminente y las medidas podrían ser muy similares a las tomadas por el Gobierno del mítico apagón.

Quienes ya vivimos esa singular época podremos seguir recordando la denominada ‘fase de las tinieblas’ entre anécdotas. Y aunque las circunstancias de esa nostálgica hora eran diferentes a las actuales, es un buen momento para evocar que todos tenemos responsabilidades a la hora de ahorrar energía.
Hoy es un buen tiempo para contarle a la nueva generación de bumangueses que hemos vivido muchas épocas oscuras; algunos hoy en edad productiva quizás recuerden que los despertaban antes de las 4:00 a.m., los metían en la regadera, los vestían con la velocidad de la inexistente luz de esa horrible ‘Hora Gaviria’ y ¡...zas!, al colegio, porque los embalses se quedaron sin agua y el clima no colaboró.
Contémosles a todos que estábamos recién egresados de la universidad y que nos tocó enfrentar algo que no nos habían enseñado en nuestras aulas.
Contémosles que aprendimos que incluso el tiempo es una convención y que lo importante es la tenacidad con que enfrentemos el trabajo y la construcción de la patria en el día a día, a pesar de la oscuridad y de las dificultades.
Contémosles que luego de nueve meses de racionamiento y oscuridad, hace ya más de tres décadas, aprendimos a apagar la luz en una comunión general que nos ayudó a entender lo que significa vivir en familia.
Los intereses generales priman sobre los particulares, o al menos así reza en nuestra Constitución del 91.
Y si bien a comienzos del gobierno de Gaviria él se catapultó con la famosa frase ‘Bienvenidos al futuro’, es probable que hoy, en pleno año 2023, también nos toque decir: ‘Bienvenidos al pasado’. ¡Amanecerá y madrugaremos!
Testimonio: El alcalde de la época se desvelaba más de la normal

No podía dormir y, para colmo de males, le tocaba atender al público, firmar resoluciones, hablar con los periodistas y despachar ‘en medio de velas’. Hablamos de Jaime Rodríguez Ballesteros, el alcalde de Bucaramanga, quien se posesionó en ese cargo el 1 de junio de 1992, justo un mes después del comienzo de la ‘Hora Gaviria’.
Él, tres décadas después de su paso por la Alcaldía y un tanto retirado de la política, recuerda que padecía de una especie de ‘apnea obstructiva del sueño’ que, de manera literal, no lo dejaba conciliar el sueño sino hasta avanzadas horas de la madrugada.
“Imagínese, yo medio podía dormir a las 3:00 a.m., que en ese entonces eran las 4:00 a.m. y cuando me daba cuenta tenía que hacer consejo de gobierno con mi gabinete inmediatamente, en medio de las tinieblas. No sé cómo no me enfermé”.
De sus ruedas de prensa recuerda, con cariño una simpática anécdota: “Un día me llamó al teléfono de mi despacho el periodista de radio Gustavo Remolina, a las 3:00 a.m., y me preguntó cómo veía yo la educación del Municipio. Me pareció un ‘atrevimiento’ que me llamara a esa hora de la madrugada, sin caer en cuenta que, en el papel, eran las 4:00 a.m. y Gustavito ya estaba al aire con su noticiero. Le contesté, de manera precisa, que era de ‘muy mala educación’ que me llamara a esa hora. Cuando me percaté, mi injustificado ‘regaño’ salió al aire y toda Bucaramanga me escuchó. Menos mal que en esa época no existían las redes sociales, porque mi respuesta cantiflesca hubiese sido viral”. “Hoy, tres décadas después, recuerdo ese momento con una singular nostalgia”.
“De mi paso por la Alcaldía en ese entonces, recuerdo que me llegaban denuncias de personas que cuestionaban la contaminación auditiva que surgió con la mano de plantas eléctricas que se habilitaron en muchos negocios. También recuerdo que las asociaciones de padres de familia me alegaban que debía cambiar el horario de las clases, porque sus hijos llegaban dormidos a estudiar. Al final, todos, incluido yo, nos acostumbramos a madrugar”.
















