Bucaramanga
Lunes 19 de mayo de 2025 - 11:22 AM

Bucaramanga, ayer y hoy: Magará, la esquina donde el tiempo se detenía

En esta nostálgica sección de Vanguardia, evocamos a uno de esos lugares que marcaron época y corazón en la vida urbana de Bucaramanga: la fuente de soda Magará.

Icónica fuente de soda en Bucaramanga, hoy extinta. (Archivo / VANGUARDIA)
Icónica fuente de soda en Bucaramanga, hoy extinta. (Archivo / VANGUARDIA)

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Durante poco más de cinco décadas, el Magará, una fuente de soda ubicada en la esquina de la carrera 31 con calle 54, fue sede de encuentros entre amigos y compadres. Allí se contaban anécdotas, se curaban penas, se cerraban negocios, se ‘echaba’ uno que otro chisme y nacían amores, todo bajo un inconfundible letrero verde que coronaba la fachada del local.

Hoy, pasar por donde quedaba el Magará es como abrir una ventana a los años setenta, ochenta y noventa. Es recordar la caja registradora mecánica del negocio, los estantes repletos de golosinas y el mobiliario sencillo y cálido que parecía resistirse al paso del tiempo.

El Magará se convirtió en una cápsula de recuerdos donde sobrevivieron las costumbres sencillas y el sabor auténtico de una época en la que todo parecía moverse “a paso lento”.

Aquí se construyó el Magará. (Foto suministrada por el Círculo de Amigos / VANGUARDIA)
Aquí se construyó el Magará. (Foto suministrada por el Círculo de Amigos / VANGUARDIA)

Pocos recuerdan que el creador de esta fuente de soda fue Ciro Alfonso Ramírez, un hombre que llegó en 1963 desde Silos, Norte de Santander. Vino a Bucaramanga con la esperanza de abrirse camino junto a su cuñado en lo que por entonces era uno de los sitios de tertulia más concurridos de la ciudad: el Salón Tupac Amarú. Allí aprendió el oficio, se forjó un sueño y logró ahorrar lo suficiente para emprender su propio proyecto.

Foto del Magará, en 2018, antes de cerrar sus puertas. (Archivo / VANGUARDIA)
Foto del Magará, en 2018, antes de cerrar sus puertas. (Archivo / VANGUARDIA)

En 1967, tras adquirir un lote en Cabecera, comenzó la construcción de lo que sería su legado. El local quedó listo en febrero de ese año, pero antes de inaugurarlo, regresó a su pueblo para disfrutar de las fiestas patronales. Allí sufrió una caída de un caballo y, quince días después, falleció. Nunca pudo ver el Magará en funcionamiento, pero el nombre del sitio quedó como homenaje a su origen: Magará, como el cacique que luchó por la soberanía de Silos durante la Colonia y como la vereda donde nació Ciro.

Fue su esposa, María Castillo -conocida como doña Maruja-, quien tomó las riendas del negocio. Viuda, con tres hijos pequeños y sin experiencia, se enfrentó al reto de sostener un local cuando Cabecera no era más que un puñado de casas, sin centros comerciales ni tráfico congestionado. Con trabajo y cariño, convirtió al Magará en el punto de encuentro de generaciones enteras. Allí se vendían sándwiches, jugos, cervezas, confidencias, ilusiones y hasta respaldos políticos.

En septiembre de 2018, algunas personas dejaron mensajes en el Magará, antes de cerrar sus puertas.
En septiembre de 2018, algunas personas dejaron mensajes en el Magará, antes de cerrar sus puertas.

Doña Maruja estuvo al frente del negocio por más de treinta años. Cerró su ciclo justo antes del cambio de siglo, cuando ya tenía 78 años. Coincidió con el momento en que Bucaramanga comenzaba a transformarse con otros espacios de entretenimiento. Los jóvenes que alguna vez llenaron el lugar ya eran adultos y, aunque muchos seguían pasando a saludar, las nuevas generaciones prefirieron otros escenarios. Sin embargo, el alma del Magará se resistía a desaparecer.

La noche del cierre del Magará, algunos ciudadanos se reunieron en el local para evocar viejos tiempos. (Archivo / VANGUARDIA)
La noche del cierre del Magará, algunos ciudadanos se reunieron en el local para evocar viejos tiempos. (Archivo / VANGUARDIA)

Pero el cierre definitivo del Magará, aquel sábado 8 de septiembre de 2018, trajo consigo una oleada de recuerdos. Veteranos del barrio revivieron partidos de fútbol comentados entre risas, amores furtivos sellados con una Kola Hipinto y borracheras juveniles que tenían al Magará como punto de partida o regreso. Ese día, con nostalgia y gratitud, se bajó la cortina de un lugar que fue mucho más que una fuente de soda: fue un símbolo de la otrora Bucaramanga.

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