En el pasado, los semáforos de Bucaramanga eran de ‘carne y hueso’. Esta es la historia de hoy en la sección del ayer. Veamos:

Hace más de medio siglo, cuando Bucaramanga apenas comenzaba a tomar forma de ciudad, los semáforos no eran las luces eléctricas que conocemos hoy. No había señales brillantes de colores ni estaban conectados a ninguna red. En su lugar, dos brazos y un silbato dictaban el ritmo del tránsito. Los brazos se alzaban para indicar hacia dónde debían avanzar los vehículos, y un silbido breve o prolongado bastaba para ordenar una pausa o permitir el paso.
Era una época en la que los “semáforos” eran de carne y hueso: guardias de tránsito uniformados, la mayoría integrantes de la Policía Nacional. Eran figuras imponentes, apostadas sobre tarimas patrocinadas por marcas de gaseosas, vigilando el caos vehicular desde su singular atalaya. Eran los años 60 y, aunque la ciudad ya mostraba signos de crecimiento, aún dependía del juicio y la destreza de estos hombres para mantener el orden en las calles.

Entre los uniformados que asumieron este rol estaban nombres como Guillermo Suárez, Gerardo Hernández y Ramón Martínez, guardianes del asfalto que, bajo el sol inclemente, soportaban turnos de 10 y hasta 12 horas. No estaban solos: los acompañaban los primeros alféreces, conocidos como “controladores”, quienes se distribuían estratégicamente por la ciudad, especialmente a lo largo de la carrera 15, la columna vertebral de Bucaramanga.
Muchos de estos agentes se movían en los robustos autos Dodge o en motocicletas que para la época eran consideradas modernas. Recorriendo la ciudad, velaban por la seguridad y el cumplimiento de las normas viales con una ética inquebrantable. Dicen que en aquellos tiempos, el concepto de “mordida” era inexistente; cualquier intento de soborno era visto como un agravio, pues los principios y la rectitud guiaban el Código de Transporte.

Pero los vientos del cambio ya soplaban sobre Bucaramanga. A mediados de los años 60, el alcalde Guillermo Sorzano González tuvo la audaz idea de reemplazar a los agentes por señales eléctricas, buscando modernizar la movilidad urbana. Sin embargo, la falta de visión de algunos líderes locales de la época truncó en parte esta iniciativa. No fue sino hasta finales de la década que el crecimiento imparable de la ciudad obligó a instalar la primera red de semáforos.

La empresa Siemens de Colombia fue la encargada de poner en marcha el sistema, desbancando a los alféreces que habían sido, hasta entonces, los directores del tránsito. Poco a poco, las tarimas fueron desapareciendo y los hombres que regulaban el tráfico con sus gestos y silbidos quedaron en el recuerdo. El nuevo sistema de señales electrónicas era la promesa de una ciudad en evolución.
Han pasado más de 50 años desde entonces, y aunque la red de semáforos sigue siendo la base del sistema actual, la tecnología ha quedado rezagada. Hoy en día, Bucaramanga cuenta con 171 intersecciones semaforizadas, pero se ha identificado la necesidad de instalar nuevos dispositivos en al menos 40 puntos críticos para atender el flujo vehicular moderno. ¿Para cuándo esa modernización?
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Sin embargo, hay quienes todavía evocan con nostalgia a aquellos alféreces que se alzaban sobre las tarimas con aplomo y seguridad. Al menos, recuerdan con una sonrisa, a ellos no “se les iban tanto las luces” como a los semáforos de hoy.

¿Sabía usted que el semáforo lo inventó el ingeniero ferroviario John Peake Knight y se puso en marcha en Londres el 9 de diciembre de 1868?

















