En Vanguardia evocamos la última visita de un papa a Bucaramanga.

Bucaramanga guarda, entre los muros solemnes de su Catedral de la Sagrada Familia, un secreto que pocos conocen: una silla de mármol que no es una simple pieza de mobiliario litúrgico, sino un testigo silencioso de un instante sagrado en la historia reciente de nuestra vida eclesiástica.

Fue el 6 de julio de 1986 cuando San Juan Pablo II, en su maratónica gira pastoral por Colombia, se detuvo en la Ciudad de los Parques.
Los aires de renovación ya soplaban en la Iglesia, y en cada rincón de Bucaramanga se respiraba la emoción de recibir al carismático pontífice polaco, Karol Wojtyła.

En medio de los preparativos, que movilizaron a autoridades civiles, militares y eclesiásticas, hubo un detalle que pasó inadvertido para muchos: la silla en la que se sentaría el Papa.
No fue cualquier butaco. Fue una majestuosa pieza tallada en mármol, mandada a hacer con esmero por el entonces párroco de la citada Catedral Metropolitana, Monseñor Jorge E. Lozano Zafra.
Ante los limitados recursos —la Gobernación había destinado 80 millones de pesos de la época para toda la logística— y con la silla costando alrededor de un millón, una cifra astronómica para entonces, el sacerdote decidió asumir el gasto de su propio bolsillo: “Había que estar a la altura del visitante”, habría dicho luego, consciente de la importancia del gesto.
Pero la belleza de la silla, que parecía más un trono, traía consigo un reto inesperado: su peso descomunal.

El arquitecto Augusto Rojas Valenzuela, responsable de diseñar el templete en el que el Papa oficiaría la misa campal, en la zona de la Ciudadela, por los lados de Torcoroma, tuvo que reforzar la estructura del altar.
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De acuerdo con el arquitecto e historiador santandereano Antonio José Díaz Ardila, se construyó una columna de concreto de un metro por un metro, similar a las que se utilizan para fundir placas de grandes edificaciones. Solo así, con una base firme, se logró soportar la pesada dignidad del mármol.
Tras la visita, cuando las banderas se apagaron y el eco de los himnos se disipó, la silla encontró su hogar definitivo en la Catedral de la Sagrada Familia. Desde entonces, ocupa un lugar lleno de significado.
Hoy, cada vez que Monseñor Ismael Rueda Sierra, actual arzobispo de Bucaramanga, preside la celebración eucarística, lo hace sentado en ese mismo trono, en un acto cotidiano que conecta a la ciudad con aquella jornada memorable.
La silla sigue allí, sólida, silenciosa, casi inadvertida para quienes cruzan la Catedral apurados o distraídos. Pero quien se detenga a observarla podrá leer la palabra Vaticano y sentir algo más que el frío del mármol: podrá escuchar, en el rumor de las oraciones, el eco lejano de una visita que dejó huella imborrable en la historia de Bucaramanga: la de San Juan Pablo II.
















