Entre trochas y ladrillos, la historia solidaria del barrio invitado de hoy en Vanguardia: Balconcitos.

El barrio Balconcitos guarda en sus calles la memoria de una historia que comenzó a finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, cuando la antigua Hacienda Balconcitos, propiedad de don Napoleón Flórez, se convirtió en el punto de partida de una comunidad que, con esfuerzo y autogestión, levantó sus primeras viviendas.
Para ese entonces, el lugar era conocido como la “barandilla” de Bucaramanga, un balcón natural hacia la ciudad que, con el tiempo, daría nombre a un sector que aún late en la memoria de sus pobladores. Luego se le comenzó a llamar el barrio “colono”, pues fue el primero en levantar la bandera de la Comuna 17.

Las familias Pérez, Rincón, Osorio, Cediel, Rondón y Camacho fueron las pioneras. Con la fuerza de sus manos y la unión de sus vecinos, abrieron trochas, levantaron paredes y tendieron redes de agua y energía.
Todo se hacía de manera comunitaria, en faenas de fin de semana, ladrillo a ladrillo, con la ilusión de forjar un barrio digno para criar a los hijos. Aquellas jornadas eran también encuentros de solidaridad, donde hombres, mujeres y niños compartían el mismo anhelo.
Balconcitos creció en un punto privilegiado: era el paso obligado hacia el aeropuerto Gómez Niño, hoy desaparecido, lo que le dio una vitalidad especial durante muchos años. El tránsito constante de viajeros convirtió al sector en un lugar reconocido y popular en todo el suroccidente de la meseta.
Su historia también se escribe con la lucha de sus líderes cívicos. Laureano Muñoz, recordado presidente de la Junta de Acción Comunal en los años sesenta, gestionó obras claves ante el alcalde Jaime Trillos Novoa y la Corporación de Defensa de la Meseta.
Gracias a la unión de vecinos, se construyeron los primeros tramos de colectores, una gesta que aún se evoca como ejemplo de lo que puede lograrse con voluntad y trabajo compartido.
Pero las necesidades eran muchas. El agua llegaba de un tanque improvisado, las viviendas carecían de servicios higiénicos, no existía puesto de salud ni caseta comunal, y la ausencia de transporte público aislaba a la comunidad.
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Las voces de mujeres como Lucrecia Rey, Lola Uribe y Rosa de Muñoz, consignadas en peticiones antiguas, reclamaban mejoras en higiene, asistencia social y pavimentación. Eran clamores que reflejaban la otra cara de un barrio que resistía en medio del olvido.
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Con la apertura de nuevas avenidas y la expansión hacia la Ciudadela Real de Minas, a finales de los setenta, el sector quedó relegado de las prioridades oficiales. Sin embargo, con la construcción del Viaducto Alejandro Galvis Ramírez, Balconcitos volvió a proyectarse en el mapa de la ciudad.
Hoy, casi siete décadas después de su fundación, Balconcitos se alza entre nostalgias y recuerdos. Julio César Ortega Herrera, actual presidente de la Junta de Acción Comunal, insiste en que la historia del barrio está tejida con la tenacidad de su gente, con las huellas de quienes lo fundaron y con el eco de un tiempo colonizador.
Recordar a Balconcitos es recordar que Bucaramanga también se construye desde las periferias, con la fuerza de una comunidad que nunca se rinde.














