Bucaramanga
Miércoles 24 de junio de 2026 - 02:39 PM

El bombero que siempre respondió al llamado: homenaje póstumo al gran Héctor Miguel Ramón

¡Adiós al capitán de las emergencias! La historia de uno de los bomberos más admirados de Santander: Héctor Miguel Ramón.

Paz en la tumba del Capitán (R) de Bomberos: Héctor MIguel Ramón.
Paz en la tumba del Capitán (R) de Bomberos: Héctor MIguel Ramón.

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Hay personas que pasan por el mundo dejando una huella silenciosa pero profunda. Personas que no buscaron reconocimientos ni protagonismos, porque entendieron que la mayor recompensa estaba en tender una mano cuando alguien más lo necesitaba. Así fue la vida del Capitán (R) Héctor Miguel Ramón, uno de los hombres más emblemáticos de la historia bomberil del área metropolitana de Bucaramanga, quien falleció dejando un legado imposible de borrar.

Su historia fue la de un hombre sencillo que convirtió el servicio en una forma de vivir. Nació el 14 de agosto, hace 76 años, y fue el mayor de cuatro hermanos.

Desde muy joven comprendió que la vida se construye con esfuerzo y sacrificio. Por eso, en 1972 dejó su pueblo natal y llegó a Bucaramanga buscando oportunidades para salir adelante.

Con el humor y la sencillez que siempre lo caracterizaron, solía recordar cómo fueron sus primeros días en la ciudad. Contaba que un dirigente político le ofreció trabajo en una estación de servicio. De inmediato respondió que “no podía aceptar” porque no sabía nada de gasolina. Solo después entendió el malentendido: el empleo no era en una gasolinera, sino en el Cuerpo de Bomberos. Sin saberlo, aquel momento marcaría el rumbo de toda su existencia.

Lo que comenzó como una oportunidad laboral terminó convirtiéndose en una vocación que abrazó durante 45 años.

El Capitán Héctor Miguel Ramón, (primero de izquierda a derecha) en una de las ceremonias de entrega de vehículos contra incendios.
El Capitán Héctor Miguel Ramón, (primero de izquierda a derecha) en una de las ceremonias de entrega de vehículos contra incendios.

Fue uno de los fundadores del Cuerpo de Bomberos de Bucaramanga y uno de los hombres que ayudó a construir la institución desde sus cimientos. Vivió casi toda su vida entre sirenas, mangueras, humo y emergencias. Durante décadas acudió al llamado de una ciudad que aprendió a confiar en él y en sus compañeros cuando el peligro aparecía.

Imagen del incendio que devoró la plaza, en 1979. (Archivo/VANGUARDIA)
Imagen del incendio que devoró la plaza, en 1979. (Archivo/VANGUARDIA)

Su nombre quedó ligado a algunos de los episodios más recordados de la historia reciente de Bucaramanga. Participó en la atención de grandes emergencias como los incendios de la Plaza de Mercado Central (979), la Alcaldía de Bucaramanga (2002) y el antiguo almacén Ley. También estuvo entre quienes entregaron su esfuerzo y solidaridad durante la tragedia ocasionada por la avalancha del río de Oro, en febrero de 2005, una de las emergencias más dolorosas que ha vivido la región.

Pero quienes compartieron con él saben que su verdadera grandeza no estaba únicamente en los momentos de heroísmo. Estaba en su disciplina cotidiana, en su sentido del deber, en la forma en que enseñaba a los más jóvenes y en la convicción de que proteger la vida de otros era el más alto honor que podía recibir un ser humano.

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Como jefe de la División de Prevención y Seguridad y siendo el bombero más antiguo de la institución, se convirtió en maestro de varias generaciones. Su experiencia, su conocimiento y su amor por el uniforme fueron ejemplo permanente para quienes siguieron sus pasos.

La vida también le permitió construir un hogar lleno de amor. Junto a Álix Pedraza conformó una familia sólida y entrañable. De esa unión nacieron sus hijos, Héctor Eduardo y Miguel Fernando, quienes fueron motivo permanente de orgullo y felicidad para él. Fuera de las emergencias y del uniforme, fue un esposo dedicado, un padre amoroso y un hombre profundamente comprometido con los suyos.

Los reconocimientos llegaron con el paso de los años. Recibió la Cruz del Comendador, el Águila de Fuego y la Orden de Bucaramanga en categoría Gran Cruz, la máxima distinción otorgada por la Alcaldía a ciudadanos que han contribuido de manera excepcional al bienestar de la ciudad. Sin embargo, quienes lo conocieron coinciden en que su mayor premio siempre fue el cariño y el respeto de la comunidad.

Hace doce años enfrentó una de las pruebas más difíciles de su vida al sobrevivir a un infarto. Aquella experiencia lo llevó a reflexionar sobre el futuro y, tiempo después, decidió acogerse a la pensión. Pero retirarse del servicio no significó quedarse quieto. Con la misma energía que lo acompañó durante toda su vida, emprendió un negocio dedicado al mantenimiento y cambio de extintores y más adelante, junto a su esposa, puso en marcha un pequeño micromercado en el barrio Favuis de Floridablanca, donde siguió cultivando amistades y sirviendo a su comunidad desde otra orilla.

Hoy es su sepelio

Héctor Miguel Ramón. (q.e.p.d.)
Héctor Miguel Ramón. (q.e.p.d.)

Hoy, la ciudadanía despide a uno de sus grandes servidores públicos. A un hombre que entendió que la verdadera nobleza se encuentra en ayudar a los demás sin esperar nada a cambio. A un bombero que corrió hacia el peligro cuando otros huían de él. A un ciudadano ejemplar que dedicó más de cuatro décadas a cuidar vidas, proteger familias y construir una institución que hoy honra su memoria.

Su ausencia deja tristeza, pero también una inmensa gratitud. Porque hay vidas que no terminan cuando se apaga el último aliento. Hay vidas que permanecen en las historias que se cuentan, en las enseñanzas que dejan y en el recuerdo de quienes tuvieron la fortuna de conocerlas. Héctor Miguel Ramón fue una de esas personas.

Su cuerpo es velado en la Hermandad Jesús Nazareno de Floridablanca. La misa de despedida se celebrará hoy miércoles a las 5:00 de la tarde en la Capilla San Pedro Apóstol de Tierra Santa. Su destino final será el Parque Memorial Tierra Santa. Descansa en paz, Capitán. Las sirenas se apagan, pero su ejemplo seguirá resonando para siempre en el corazón de Bucaramanga.

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