Los sismos no pueden evitarse, pero sí sus efectos. Las construcciones irregulares aumentan el riesgo, por lo que es clave reforzar edificaciones y evaluar estructuras antiguas.

Los recientes terremotos registrados en Venezuela volvieron a poner sobre la mesa una realidad con la que convive Santander desde hace décadas: habitar una región de alta actividad sísmica. Sin embargo, lejos de generar preocupación, los expertos insisten en que estos eventos deben entenderse como una oportunidad para fortalecer la cultura de la prevención y revisar las condiciones de las edificaciones más antiguas.

El ingeniero geotecnista santandereano Jaime Suárez Díaz, reconocido experto en suelos, explica que Santander y el occidente de Venezuela comparten la misma Placa Tectónica del Norte de los Andes, la cual se desplaza aproximadamente 20 milímetros al año hacia el nororiente. Ese movimiento es el responsable de la ocurrencia de terremotos en la región.
No obstante, aclara que existen diferencias importantes entre ambos territorios: “Mientras los recientes sismos venezolanos ocurrieron cerca del borde de la placa tectónica, donde la probabilidad de terremotos de gran magnitud es mayor, Bucaramanga y su área metropolitana se encuentran en el interior de esa placa, una condición que reduce esa susceptibilidad, aunque no elimina el riesgo sísmico”, dijo.
“Los terremotos hacen parte de la dinámica natural del territorio y por eso la mejor respuesta siempre será la prevención”, señaló Suárez Díaz. (Le puede interesar: La tierra repitió su historia: los terremotos de Venezuela reviven la pesadilla de 1967)
El especialista recuerda que Santander registra actividad sísmica proveniente de tres fuentes principales: “La primera corresponde a las fallas geológicas superficiales, entre ellas la falla del río Suárez y la falla de Bucaramanga. Precisamente, un sismo ocurrido el 31 de diciembre de 1868 sobre la falla del río Suárez destruyó por completo el entonces municipio de San José de La Robada, que posteriormente fue reconstruido y pasó a llamarse Galán”.
“La segunda fuente es el denominado Nido Sísmico de Bucaramanga, localizado en jurisdicción del municipio de Los Santos. Allí se producen sismos profundos, generalmente a más de 140 kilómetros bajo la superficie, que son muy frecuentes y, en la mayoría de los casos, no generan daños importantes en las edificaciones”, agregó.
“Y la tercera -según el experto- corresponde al borde de la Placa del Norte de los Andes, una zona que atraviesa el piedemonte llanero y se extiende hacia Pamplona y Cúcuta, donde históricamente se han registrado terremotos de gran intensidad, como el que destruyó Cúcuta en 1875”.

Más que la ocurrencia de los sismos, el principal reto está en la capacidad de las construcciones para soportarlos.
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Según Suárez Díaz, en Colombia existe un punto de referencia claro: las edificaciones construidas después de 1984 fueron diseñadas bajo normas sismorresistentes, lo que significa que, aunque pueden sufrir daños durante un terremoto fuerte, están concebidas para evitar el colapso y proteger la vida de sus ocupantes.
En contraste, muchas viviendas y edificios levantados antes de esa fecha no fueron diseñados con esos criterios y, por ello, requieren evaluaciones técnicas y, en algunos casos, reforzamientos estructurales.
“El objetivo de las normas sismorresistentes no es impedir que una construcción se agriete durante un terremoto, sino evitar que colapse y ponga en riesgo la vida de las personas”, explica el ingeniero.
En Bucaramanga ya existen ejemplos de edificaciones antiguas que fueron reforzadas, como el Hospital Universitario de Santander, el edificio de la Electrificadora y el Colegio San Pedro Claver. Sin embargo, el experto advierte que todavía hay numerosas construcciones anteriores a 1984 que no han recibido ese tipo de intervenciones.
Uno de los sectores que históricamente ha requerido especial atención es Morrorrico. Suárez Díaz recuerda que hace cerca de tres décadas se planteó un proyecto para renovar parte de esa zona con edificaciones sismorresistentes, iniciativa que finalmente no pudo ejecutarse por falta de recursos.
Para el especialista, los recientes movimientos sísmicos en Venezuela no deben interpretarse como una señal de alarma para Santander, sino como un recordatorio de la importancia de mantener una cultura de prevención, fortalecer el cumplimiento de las normas de construcción y avanzar en la evaluación de las edificaciones más antiguas.
“Los terremotos no se pueden evitar ni predecir, pero sí podemos reducir sus consecuencias cuando construimos bien, reforzamos las edificaciones vulnerables y promovemos una adecuada preparación ciudadana”, concluyó Suárez Díaz.
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Para tener en cuenta

Cada vez que ocurren terremotos, como los sucedidos en Venezuela, además del movimiento de la tierra se activa otro proceso importante: la circulación de información.
Cuando suceden fenómenos naturales de este tipo, en minutos pueden difundirse explicaciones, teorías o advertencias en redes sociales, por lo que es clave promover una comunicación responsable que ayude a la prevención y evite generar alarma innecesaria en la comunidad.
La ciencia ha demostrado que no es posible predecir con exactitud un terremoto en cuanto a fecha, hora, lugar y magnitud. Sin embargo, los estudios sí permiten identificar zonas de mayor actividad sísmica, lo que contribuye a la planificación urbana, al fortalecimiento de las normas de construcción y a las estrategias de gestión del riesgo.
También es importante aclarar que fenómenos como las lluvias, las tormentas o los cambios de temperatura no provocan terremotos. Estos se originan a gran profundidad por el movimiento de las placas tectónicas, aunque las condiciones en superficie sí pueden influir en otros riesgos asociados, como deslizamientos en terrenos inestables.
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Frente a estos eventos, la prevención es fundamental. Consultar únicamente fuentes oficiales, prepararse con planes de emergencia, realizar simulacros y asegurar los espacios son acciones que fortalecen la capacidad de respuesta.
Aunque los sismos no pueden evitarse, sí es posible reducir sus impactos con información verificada y una cultura de prevención constante.
















