Gambeta es una iniciativa que busca que más de 200 menores no solo aprendan a jugar, sino también a convivir, estudiar y construir su futuro.

Publicado por: John Arias
Como psicóloga y psicoterapeuta, Rocío del Pilar Jiménez encontró en el deporte una herramienta para trabajar la salud mental, la inclusión y el proyecto de vida de niños y adolescentes.
En una cancha de barrio puede ocurrir mucho más que un partido de fútbol. Un niño puede aprender a reconocer sus emociones, escuchar a un compañero, aceptar una regla, pedir disculpas después de una falta o descubrir por primera vez qué quiere estudiar cuando sea grande.
Esa es la apuesta de Gambeta, un proyecto social que llegó a Bucaramanga como extensión de una fundación con sede en Vic, Cataluña, y que tiene como propósito acompañar a niños, niñas y adolescentes para que terminen el colegio y continúen con estudios técnicos, tecnológicos o profesionales. Lea también: Edith Gutiérrez: mujeres que transforman el café y su territorio
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Al frente de esta iniciativa en Colombia está Rocío del Pilar Jiménez Guerrero, psicóloga y psicoterapeuta, quien actualmente se desempeña como coordinadora general del proyecto.
Rocío llegó a Gambeta hace cerca de dos años como coordinadora psicosocial. Su experiencia y, sobre todo, su convicción sobre el potencial de la metodología la llevaron posteriormente a asumir el liderazgo general.
Desde entonces, su misión ha sido integrar las diferentes piezas del proyecto para que una cancha pueda convertirse en un espacio de aprendizaje y transformación.

Un partido donde también se aprende a vivir
Gambeta Cancha es uno de los principales componentes de la iniciativa. En canchas de barrios y colegios se ofrecen gratuitamente fútbol, baloncesto y voleibol bajo una metodología participativa, incluyente y no competitiva.
La propuesta puede parecer contradictoria en un ambiente acostumbrado a los marcadores y a la búsqueda de la victoria. Sin embargo, ahí está precisamente una de las particularidades de Gambeta.
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Inspirada en la metodología de los tres tiempos y el fútbol callejero, la iniciativa utiliza el deporte para desarrollar habilidades para la vida planteadas por la Organización Mundial de la Salud, como el autoconocimiento, la toma de decisiones, el pensamiento crítico y creativo, el manejo de las emociones y el estrés, la empatía y las relaciones interpersonales.
En cada jornada participan profesionales o practicantes de deporte y psicología, quienes trabajan de manera interdisciplinaria.
No hay un árbitro que imponga las reglas. Antes de comenzar el partido, los niños se reúnen en un círculo de diálogo y acuerdan entre ellos las normas que deberán respetar durante el juego. Después llega el partido y, finalmente, un tercer tiempo en el que vuelven a conversar sobre lo ocurrido.
Los puntos no dependen únicamente de los goles, las canastas o los tantos. También se obtienen por cumplir las reglas construidas colectivamente.
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De esta manera, ganar deja de significar pasar por encima del otro. “Los niños juegan buscando ganar, pero no pasando por encima de los otros niños”, explica Rocío.
Con el tiempo, la metodología ha comenzado a generar comportamientos que para el equipo de Gambeta representan grandes victorias: niños que reconocen cuando cometen una falta, levantan la mano, piden disculpas o expresan lo que sienten cuando algo les genera frustración.

Una cancha para todos
La inclusión es otro de los pilares del proyecto. Los partidos son mixtos y buscan que niños y niñas compartan el mismo espacio en igualdad de condiciones. Incluso, en ocasiones, son los propios niños quienes proponen reglas para favorecer la participación de las niñas y garantizar que sean respetadas.
También participan menores con diferentes necesidades, entre ellos niños con trastorno por déficit de atención e hiperactividad y niños con autismo.
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Para Rocío, la cancha se convierte así en un lugar donde las diferencias dejan de ser una barrera. Familias venezolanas, por ejemplo, han encontrado en Gambeta un espacio en el que sus hijos se sienten parte de una comunidad, sin rechazo ni distinciones.
La transformación también se refleja fuera de la cancha. Padres de familia han contado cómo observan cambios en sus hijos en sus casas y colegios, mientras algunos niños aseguran que Gambeta les ha enseñado a manejar sus emociones, trabajar en equipo y hacer amigos.
El gol que importa está fuera de la cancha
Aunque el fútbol es el punto de entrada, el gran objetivo del proyecto está en otro lugar: la educación.
Gambeta busca que los niños terminen el colegio y continúen su formación. Por eso, el equipo trabaja para que el deporte se convierta en una puerta hacia un proyecto de vida.
Rocío lo resume con una metáfora propia del fútbol: el mejor gol que puede marcar la fundación es conseguir que los niños continúen estudiando y puedan acceder posteriormente a una formación técnica, tecnológica o profesional.
Para ella, los resultados ya empiezan a verse.
Niños de sectores como Estoraques, que aseguran no haber salido nunca de su barrio, han conocido nuevos lugares a través de las actividades de Gambeta. Otros han descubierto profesiones que antes no estaban dentro de su horizonte.
Al compartir con practicantes y profesionales de psicología y deporte, algunos han comenzado a imaginarse en esos mismos caminos.
“Hoy quieren parecerse a ellos”, cuenta Rocío.
Actualmente, Gambeta trabaja con más de 200 niños en sectores como Estoraques, Miraflores, Granjas de Provenza y el colegio Camacho Carreño, y busca continuar extendiéndose a nuevas comunidades.
Un proyecto que quiere quedarse
Uno de los principios de Gambeta es no llegar a una comunidad durante unos meses y desaparecer.
En Estoraques llevan alrededor de cuatro años; en Miraflores, dos años y medio. En Granjas de Provenza y Camacho Carreño el proceso apenas comienza.
La permanencia es importante porque, para Rocío, la transformación necesita tiempo.
“Nos gusta llegar a la comunidad y quedarnos ahí los años que nos lo permitan”, afirma.
El proyecto tampoco cuenta con una gran estructura física propia. Funciona gracias a una red de alianzas con juntas de acción comunal, líderes barriales, colegios, universidades y otras organizaciones que facilitan canchas, practicantes, conocimientos y recursos.
Recientemente también comenzó a desarrollar Gambeta Academia, una estrategia que busca complementar el trabajo deportivo con refuerzo escolar y educación informal mediante alianzas con voluntarios y organizaciones sociales.
Liderar para que el proyecto crezca
Rocío llegó a Lideremos con una necesidad concreta: fortalecer sus capacidades para conducir un proyecto que ya estaba generando resultados, pero que necesitaba nuevas herramientas y alianzas para crecer.
En el programa encontró conocimientos relacionados con liderazgo, estrategia, marketing y gestión, pero también personas dispuestas a sumarse a la causa.
A través de Lideremos surgieron nuevas alianzas para apoyar a Gambeta. Una de ellas permitirá realizar una campaña para recolectar implementos deportivos nuevos o usados para los niños, algunos de los cuales llegan a entrenar con tenis o guayos deteriorados.
También se han abierto conversaciones con universidades y otras organizaciones para ampliar el proyecto y desarrollar investigaciones relacionadas con psicología del deporte y procesos psicosociales.
Para Rocío, una de las grandes enseñanzas de Lideremos es que un proyecto debe sentirse y vivirse con convicción.
Y ella tiene razones para creer en Gambeta.
Como psicoterapeuta, trabaja diariamente con adolescentes y jóvenes que enfrentan situaciones de ansiedad, depresión, aislamiento y frustración. Desde esa experiencia observa en el proyecto una poderosa herramienta de prevención y promoción de la salud física y mental.

Una gambeta hacia el futuro
Hay una respuesta que resume mejor que cualquier cifra lo que Gambeta significa para algunos de sus participantes.
En una tarea escolar, a un niño le preguntaron cuál era el lugar que más le gustaba de su barrio. Su respuesta fue Gambeta.
Para Rocío, ese tipo de momentos son la confirmación de que el proyecto está dejando huella.
Su sueño es que Gambeta permanezca, crezca y pueda acompañar a los niños durante muchos años. Que el deporte les enseñe a relacionarse de manera sana, que encuentren en el estudio una posibilidad de futuro y que aprendan que se puede competir sin convertir al otro en un enemigo.
El gran resultado no estará entonces en quién marque más goles.
Estará en cuántos niños terminen su colegio, continúen estudiando, aprendan a manejar sus emociones, descubran sus capacidades y encuentren razones para creer en lo que pueden llegar a ser.
“Si logramos que de estos 200 niños entren a sus estudios posteriores y se gradúen, para nosotros será un logro muy grande”, dice Rocío.
En Gambeta, el partido apenas comienza. Y el verdadero objetivo está mucho más allá del marcador. Le puede interesar: Gladys Ramírez y la misión de alimentar el futuro de miles de familias en Santander

















