Miércoles 07 de Noviembre de 2018 - 12:01 AM

Retrato de un ‘trueque con Dios’

Mario Hernández estuvo detrás de un lente de cámara durante más de tres cuartos de siglo, como lo hizo su padre, Joaquín Hernández.
Archivo / VANGUARDIA LIBERAL
Retrato de un ‘trueque con Dios’
(Foto: Archivo / VANGUARDIA LIBERAL)

El ocaso, la experiencia, el instante donde la edad muestra la involución, donde -como pasa con los niños por inocencia- se dice lo que se quiere por experiencia; porque simple y llanamente, vida, he vivido.

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A solo diez pasos de donde comienza aquella gigantesca serpiente colmada de contaminación que es la carrera 15 a cualquier hora, hay paz. Calma. Pasando por la primera de una veintena de puertas, el claroscuro de la mañana deja ver a una enfermera que bien podría ser nieta de aquel anciano cuya testa parece un copo de nieve a quien le acaricia el rostro con la hoja de una máquina de afeitar; y él se deja, complacido. ¿Pregunta usted por don Mario?

Sí, don Mario Hernández Mantilla.

El mismo que retrató el rostro del médico Carlos Toledo Plata, rígido y entumecido por la muerte, después que dos sicarios le llegaron a mansalva al garaje de su casa en el barrio Provenza de Bucaramanga el 10 de agosto de 1984, y tras descerrajarle el tambor de un revólver calibre 38, agujerearon la historia del M19, dándole plomo a uno de los cerebros del movimiento insurgente. Sí, ese fotógrafo quien durante 40 años registró el acontecer de la capital de Santander para las páginas de Vanguardia Liberal, Hernández Mantilla, está en el Asilo San Rafael.

Al fondo, en el salón de La Inmaculada, en la cama del flanco derecho. Un relicario de madera le rodea el cuello; su cabeza tiene menos cabello de tanto batallar con los químicos que muy dentro de su ser contraatacan un cáncer voraz que le emergió en la próstata. Una fina sábana rosada cubre la extremidad que le queda. Un ventilador color verde esmeralda que cabe en una mano es epicentro de una mesita donde hay pañitos y dos cargadores para el celular con el que se toma ‘selfies’ para reportar en Facebook que aún batalla.

“¡Qué hayyyyy!”, saluda.

Su boca es diferente. Habla con libertad de que hasta la chapa se la hizo quitar porque le había lacerado en parte las encías, y espeta sin preámbulos. “Estoy aquí porque quiero, porque lo decidí, porque mi condición era crítica, requería muchas atenciones que mis hijos, aunque quisieran darme, tendrían dificultades para ofrecérmelas”.

Entonces relata que perdió la pierna derecha porque una EPS se demoró en ordenar una intervención urgente requerida por una trombosis que también atacaba sus arterias; tardó la orden tres días. Cuando llegó a la FOS para que lo atendieran, el diagnóstico fue determinante para su extremidad. “Ahí también tomé la decisión, delante de mi hijo Mario y el cirujano; me dijeron que tenían que amputármela y que eso solo lo decidía yo. ¡Hágale!, les dije”.

Lo dijo sin anestesia, tal como sería la operación porque ya no sentía nada. Vio los cortes que debieron hacerle.

Ha enfrentado 18 cirugías más, un tratamiento para los riñones… pero pareciera de hierro, aunque su alma sea blanda. “Este era mi deseo hace años; ya lo había pensado. Ahora es un trueque con Dios. Le pedí que me diera otros años de vida a cambio de poder servirles a muchos otros ancianos de acá”.

No todos tienen los $650 mil que su pensión le permite pagar allí, eso mientras termina una deducción en diciembre para estar en otro espacio para él solo. “Por eso sería bueno que se acordaran de ayudar. Estar acá me ha permitido acercarme más a Dios, más de lo que antes no hacía; pero estoy en paz”. Y le parece mentiras que han pasado 75 años, que eso tiene ya.

Tres cuartos de siglo, cuatro décadas atrincherado detrás de las cámaras como lo hizo su papá Joaquín Hernández Arias, antes de que él mismo retratara con su ADN la existencia de Juan Carlos, Fabián, Mario, Pilar, Jeaneth, Claudia Lucía y Martha Cecilia; sus nietos.

Ahí está retratado Mario, allí donde el olfato detecta que el Biovarsol matiza los aromas de un par de millares de ancianos en espera del atardecer.

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