A las 11:00 a.m. de ayer, el Centro de Bucaramanga se paralizó por unos segundos tras el potente sonido que se emitió desde la torre de antaño que alberga el reloj del edificio Edmundo Mora Laguado. Así fue el renacer de este ícono de Bucaramanga.

Publicado por: Milton Velosa Araque
Imagínese por un momento que a usted le dan la capacidad de viajar en el tiempo y tiene la posibilidad de aterrizar en la Bucaramanga de los años 20. Allí, los relojes de pulso son costosos y escasos. ¿Cómo haría para saber la hora del día? Además, en la época no existían cuerpos de bomberos o alarmas para alertarlo acerca de una emergencia. ¿Qué haría en caso de un desastre?
Pues don Luis Emilio Garnica, un hombre de teatro, artista, boxeador, comerciante, empresario e intelectual de la época, en 1927 viajó a Alemania y compró un gigantesco reloj y una sirena. Ambos aparatos los trajo a Bucaramanga. Su idea, dejar un legado a las generaciones futuras.
En 1928, luego de una larga travesía, los dos artefactos llegaron a la ciudad y se instalaron en la parte más alta del edificio ‘El Buen Tono’, ubicado en lo que hoy es la calle 34 entre carreras 17 y 18.
En la edificación operó una fábrica de cigarros. Cuando el reloj de la torre marcaba las 11:00 a.m. y sus empleados terminaban la jornada de trabajo matutina, don Luis Emilio oprimía un interruptor que accionaba la sirena y avisaba que ya era hora de ir a almorzar. Este ritual se repetía cerca de las 6:00 p.m. y notificaba que la jornada laboral del día finalizaba.
Sin embargo, lo que comenzó como un sistema para el control de los armadores de cigarros, se hizo parte de la cultura de la ciudad. De acuerdo con Jairo Garnica, descendiente de Luis Emilio, “no sólo los cigarreros obedecían el sonido. Los empleados de las demás fábricas cercanas ya sabían que se trataba de la hora del descanso”.
Tras el paso de los años, el sonido de la sirena se convirtió en un elemento de servicio social para los bumangueses, puesto que daba aviso en caso de que ocurriera una emergencia.
En tal sentido, Cristian Mora, familiar de Edmundo Mora Laguado, quien edificó la vivienda donde operó el reloj, en su discurso del pasado jueves remembró que el doctor Roberto Harker, en su libro “Y sucedió en Bucaramanga” narró como el 20 de febrero de 1948, “a las 11:00 p.m. sonó la sirena de Garnica para anunciar un voraz incendio en la manzana comprendida entre las calles 32 y 33 con carreras 16 y 17. Fueron destruidos por las llamas almacenes... La falta de un equipo de bomberos impidió salvar todo. Las pérdidas son incalculables”.
Durante la primera mitad del siglo XX, cuando tuvieron ocasión la Segunda Guerra Mundial y el enfrentamiento de Colombia con Perú, el sonido de la sirena avisó el inicio de cada confrontación y también informó del final de las acciones bélicas.
También, fue activada para dar aviso de la llegada de visitantes ilustres y del inicio de las corridas de toros en Bucaramanga.
Los silencios
En 1950, el alcalde de turno prohibió el sonido de la sirena por cerca de tres años, ya que los empresarios no tenían forma de retener a sus empleados más allá de la jornada establecida.
También, en 1961, Edmundo Mora Laguado compró el edificio ‘El Buen Tono’ y lo demolió para darle paso a una edificación más alta. En 1968 lo inauguró y anunció que el reloj y la sirena no desaparecerían. No obstante, con su muerte repentina los planes cambiaron y no hubo sonido por aproximadamente 30 años.
La esposa de Mora Padilla guardó celosamente, en cajas de madera, los elementos para evitar que el tiempo los deteriorara, y hasta 2007, el 13 de mayo, su sonido se apoderó nuevamente del Centro Histórico en homenaje al Estado de Santander.
Ayer, durante la celebración de los 400 años de la fundación de Bucaramanga, a las 11:00 a.m. y tras la reunión de las familias Garnica y Mora, uno de los delegados oprimió el interruptor y la sirena de la fábrica D.R. Paug, de fabricación alemana, emitió su sonido. Revivió el nostálgico pito citadino.
Lo que otrora fue aviso de tragedia se robó sonrisas y hasta lágrimas en los asistentes al evento y a varios transeúntes que, afanosos en sus compras de regalos o ventas navideñas, recordaron la importancia de que en lo más alto de la torre del reloj volviera a renacer la sirena de Garnica.
Cristian Padilla, Jairo Garnica y otros destacados de las familias del reloj y la sirena se comprometieron a que este sonido no se vuelva a encapsular en el silencio de los años y que las manecillas de aquel gigante del tiempo volverán a marcar las horas de los acontecimientos futuros de la ‘Ciudad Bonita’.














