jueves 12 de diciembre de 2019 - 12:00 AM

Historias de vida en el pabellón de quemados del HUS

La Unidad de Quemados del Hospital Universitario de Santander es una de las pocas que existen en Colombia y atiende a niños y adultos de seis departamentos. ¿Cómo es la estadía en este lugar?
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Todavía puedo revivir el momento. Todo lo que me pasó por la cabeza. La desesperación... y a Guille salvándome”...

Literalmente fue así. Guille le salvó la vida a Iara, su esposa, quien en cuestión de segundos pasó de la felicidad de compartir nuevas aventuras, junto a su compañero de viaje, a vivir una pesadilla en Barichara.

Se trata de un mal sueño que jamás imaginó protagonizar. Su estufa explotó. Esa misma en la que hace 16 meses preparaban sus alimentos, desde que tomaron la decisión de dejar sus trabajos de oficina en Argentina y aventurar por Suramérica en ‘la kangoo’, su camioneta.

En segundos su cuerpo ardió en llamas, al tiempo que el temor se apoderó de la situación.

“Del susto me voy metiendo dentro del carro y llevo la llama hacia adentro. Mi esposo reacciona. Me agarra de los tobillos. Me saca y se me tira encima para apagar el fuego”, recordó entre lágrimas.

De inmediato, Iara fue trasladada al Hospital de Barichara, donde recibió los primeros cuidados. Horas más tarde tuvo que ser trasladada a Bucaramanga.

Con quemaduras en el 20% de su cuerpo, ‘la argentina’, como le dicen los médicos cariñosamente, llegó a la Unidad de Quemados del Hospital Universitario de Santander, en donde hace 15 días recibe atención médica, junto a 19 pacientes más que comparten su drama.

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Un padecimiento que parece no acabar. Además del dolor, que resulta indescriptible y se agudiza día a día con las curaciones y los tratamientos, la batalla también es contra la soledad de la habitación y el silencio que se percibe en el pasillo del pabellón, aislado de la realidad, en donde cada uno vive la suya.

Y así pasan la mayor parte del tiempo, solos y no es porque no tengan dolientes. Su estado de salud les impide recibir visitas, por temor a una infección, la principal causa de muerte de los pacientes con quemaduras de gravedad.

Una aflicción que no solo es para quien resulta quemado, la familia también la vive, más aún cuando son niños.

Como en el caso de Blanca*, quien pidió reservar su identidad, una mujer campesina, oriunda de Tame, Arauca, que tuvo que alejarse de su familia para asumir sola y en una ciudad que no conoce, las consecuencias de un accidente en moto que dejó con quemaduras de tercer y cuarto grado a su hijo de tan solo cinco años.

Una historia que como Iara, jamás pensó vivir y pese a que está bien, siente como propias las quemaduras y el dolor de su hijo. El pequeño perdió uno de sus deditos por la gravedad de las heridas.

En medio de una tragedia, que pudo ser peor, su hijo está bien. Sin embargo, Blanca no ha podido acostumbrarse a estar lejos de su esposo y sus otros hijos.

No ha podido acostumbrarse a la rutina que sigue sin descanso desde hace 23 días en este pabellón.

Levantarse muy temprano, estar en el hospital a las 6:30 a.m. para darle el desayuno a su hijo, despedirse, regresar a las 11:30 a.m. para darle el almuerzo. Volver a despedirse, esperar hasta las 3:00 p.m. y estar con él hasta las 6:00 p.m., momento en que le da la comida y no lo vuelve a ver hasta el otro día. Así pasa el tiempo, que para Blanca y las demás mamás con quien comparte estadía en un albergue, parece detenido.

“Casi no duermo. Es muy difícil estar aquí, me ha dado muy duro. Me siento aburrida. Lloro todos los días, pero sé que debo ser fuerte”, dijo.

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Dolor permanente

Con vendas en sus piernas, brazo izquierdo, hombro derecho y conectada a un monitor, que controla sus signos vitales, Iara hace un esfuerzo por volver a caminar. El dolor es tanto, que ni siquiera logra levantarse de la silla de ruedas. Un dolor que no es solo físico, también es emocional.

“No puedo poner en palabras lo que siento. Quien no haya pasado por una quemadura, nunca podrá saber cómo se siente... Es una desesperación constante, es recordar una y otra vez el dolor que se sintió en el momento, el dolor luego de los primeros auxilios, el dolor al limpiar las heridas, el dolor de no saber qué va a pasar”.

Ahora Iara y Guille no solo deben pensar en la recuperación del accidente, sino en que están lejos de casa, en un país que no conocen y sin seguro médico.

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“Los médicos me dicen que no tengo que pensar en el dinero, ni ponerme mal, porque afecta mi recuperación. Pero hay días en los que es difícil mantener la cabeza positiva. El equipo está súper pendiente de que no sienta dolor, de ayudarme, pero lo que más hace que mi estado de ánimo baje es la preocupación de no saber cómo vamos a pagar la cuenta”, reconoce la mujer de 30 años.

Una vida siendo testigo

Carlos Enrique Ramírez, jefe de la Unidad de Quemados y del Servicio de Cirugía Plástica del Hospital Universitario de Santander, HUS, ha sido testigo, durante 30 años, de cómo se apagan o cambian las vidas de aquellos que sufren quemaduras. Su trayectoria médica ha estado marcada por el dolor de los cientos de pacientes que ha atendido, y la angustia de sus familiares.

“Lo más difícil del manejo de los pacientes quemados en esta unidad sin duda alguna es el manejo de los bebés. Es algo a lo que uno nunca podrá acostumbrarse. Cualquier niño quemado lo golpea a uno muy duro”, afirma.

De hecho, el 50% de los pacientes atendidos en la Unidad de Quemados del HUS son niños, quienes generalmente sufren accidentes con líquidos hirvientes y electricidad en el hogar.

Además de las quemaduras, que duelen mucho y a todas horas, las secuelas físicas y el trauma familiar también son temas de consideración.

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“Las secuelas físicas tienen una connotación psicológica y éstas son incluso mucho más severas. Quedan marcados de por vida, no solo ellos sino su entorno familiar y personal. Los adultos tienen muchos problemas con su trabajo, con su hogar, con sus relaciones de pareja y amigos. A los niños muchas veces no los reconocen”, revela el médico.

Sin embargo, en medio del desconsuelo que invade cada una de las habitaciones que conforma la Unidad de Quemados, el equipo de cirujanos plásticos, médicos de planta, residentes, enfermeras, auxiliares, terapistas del lenguaje, psicólogos y más especialidades, hacen todo lo posible para que la estadía en el pabellón sea menos traumática.

Estadía que en la mayoría de los casos se pueden evitar tomando las medidas de seguridad pertinentes, tanto en niños como en adultos.

Una quemadura se puede prevenir

“Lo ideal es prevenir. Si todos estuviéramos educados y entendiéramos la gravedad de una quemadura, no tendríamos tantas personas padeciendo esta situación”, afirma Carlos Enrique Ramírez, jefe de la Unidad de Quemados y del Servicio de Cirugía Plástica del Hospital Universitario de Santander, HUS.

A lo que añade que una persona puede vivir con el 50% de su hígado o el 50% de los riñones pero no puede vivir con el 50% de la piel.

“La piel es un órgano, la gente cree que es una cubierta, pero es un órgano con funciones específicas que tienen que ver con la supervivencia del paciente, por eso quemaduras del 50% generalmente son mortales”, aclara.

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