miércoles 26 de diciembre de 2018 - 11:45 AM

La historia de vida y lucha de El Socio: “Estoy aquí por los niños de Bucaramanga”

A simple vista solo vende dulces, pero en realidad, Luis Alfredo Rodríguez es mucho más que eso: es amigo y consejero, es alegría y buena disposición, es perseverancia y lucha. Es, para todos los niños que lo conocen y llegan a quererlo, el socio de la vida.

Es día de matrículas en el colegio San Pedro Claver. Luis Alfredo Rodríguez, mejor conocido como El Socio, parece ser el anfitrión de este día especial para la comunidad educativa del plantel. No hay quien pase sin saludarlo. Incluso una joven confía en que él y su esposa, María Custodia Ochoa, serán su mejor compañía mientras culmina con satisfacción su proceso de inscripción.

-¡Hola socio! Mire, le presentó a la prometida de mi hijo.  

Una señora de mediana edad saluda al Socio con confianza. Él saluda también, alegre. Es su último día de ventas antes de que comiencen las vacaciones de los estudiantes y ya no tenga sentido que se ubique allí con su chaza llena de caramelos, galletas, chicles y minutos. 

Vendrán días difíciles. Su sustento se lo debe a las compras de los muchachos, docentes y padres de familia, y cuando ellos están de vacaciones pasan las duras y las maduras. 

Con todo esto, la amabilidad del socio y la socia, como los conocen, jamás decae. No es una impostura para vender, ellos son así. Agradables. 

Y esta actitud ante la vida podría parecer increíble: la infancia y primera juventud del socio está marcada por las vicisitudes de la vida en la calle, por el rebusque constante y la pérdida de oportunidades... pero también por la redención de un hombre que tuvo el coraje de cambiar su vida. 

De Molagavita a Bucaramanga

Frente a la iglesia de Molagavita hay un pino altísimo que ofrece resguardo a sus habitantes. Un día como hoy hace 21 grados, pero  la temperatura puede descender hasta 8 grados Celsius en la noche. 

Allí, en ese pueblo llamado “Cuna de Artistas” -las obras de escritores y músicos como Luis Alfredo Jaimes Méndez y Luis María Carvajal Prada ayudaron a concretar este mote-, nació Luis Alfredo, el socio. 

No vivió con su madre, fue su abuela la figura más importante de su infancia. Sin embargo, con el dinero escaseando, sin oportunidades para estudiar, El socio dejó su tierra en la adolescencia. De Molagavita a Floridablanca hay cinco horas -133.5 kilómetros-. El socio se las arregló para escapar de la casa familiar con tres vecinos más. Pero sus amigos se quedaron en Piedecuesta. Solo, sin conocer a nadie, el socio siguió hasta Floridablanca, convencido de que lo lograría, de que torcería con su perseverancia el destino que parecía haberle tocado en suerte.

En Floridablanca se dedicó a diferentes trabajos, entre ellos hacer mandados y oficios varios en casa de algunas personas que, a la larga, no le pagaron jamás. Cuando lo cuenta, su tono de voz no cambia. No hay melancolía ni rencor. Ríe. Dice que recuerda todo eso con alegría. Después de todo, eso es pasado. 

Cuando cumplió los 18 años fue a prestar el servicio militar. Fue asignado a algunas zonas del conflicto armado durante la década de los ochenta en Santander. Para entonces, las Farc comenzaban a crecer con fuerza en la zona, principalmente en el Sur de Bolívar. Sin embargo, para el socio su gran sueño se había cumplido. Cuando terminó su periodo, tuvo la esperanza de continuar con la carrera militar. Pero Luis Alfredo era pobre y, aunque con mucho esfuerzo podría haber sorteado su situación, la adicción a las drogas y la vida en la calle lo distrajeron de su meta. 

Los habitantes de calle caminan mucho. Y en ese transcurso el socio llegó a Bogotá. Las drogas permiten que uno sienta poco frío y poca hambre. Y que no le importe, tampoco. Es por eso que pueden pasar varios años en este discurrir de días y meses en busca de la próxima dosis. Y eso es todo. No hay nada más en la vida. 

Desde niño había aprendido a defenderse, pero el trasegar de tantos años también cansa. De vuelta en Santander, en Barrancabermeja, el socio sintió que era hora de salir de esta vida. 

“Estaba todo sucio, con unos pantalones que me habían regalado y unos zapatos puntudos, como de payaso. Fui así a pedir trabajo en una empresa, pero el gerente me dijo que lamentablemente no me podía dar trabajo así. Y también porque la empresa se estaba acabando. Pero me dijo: si quiere, váyase para Bucaramanga y yo le doy las recomendaciones que necesite”. 

El socio tiene eso. Cae bien, se gana el afecto. 

Con voluntad, el socio tomó camino hacia Bucaramanga. En un principio no querían contratarlo, pero luego de decir de parte de quién venía, lo hicieron. Era una fábrica de helados. La primera semana, mientras recibía la instrucción para vender helados, con la década de los noventa apenas comenzando, tuvo que dormir en el parque Centenario y en el de San Francisco. 

Dicen que la suerte no abandona al que es buena gente: uno de sus antiguos compañeros del servicio militar lo reconoció, y organizó que su mamá, quién tenía una casa de hospedaje, le arrendara una habitación con la promesa de que le pagaría cuando estuviera trabajando en forma. Y así fue. La vida del socio cambiaba el cauce. 

Luis Alfredo, el amigo de los niños 

Es posible que Luis Alfredo tenga la facilidad de ganarse el afecto de los niños, un afecto sincero y sin agenda, porque él mismo es como un niño. En sus gestos y en su risa espontánea es que se demuestra esta característica. También porque dice lo que piensa así, como le nace, pero sin desagradar o ser grosero. Solo lo dice. 

El socio quería tener algo propio. Trabajar para otros da la sensación, a veces, de que no se tiene algo a lo que uno pueda aferrarse que haya nacido de la creación de uno mismo. Él supo aprovechar la fiebre que Caballeros del Zodiaco despertó en los niños a mitad de los noventa, cuando la serie se tradujo a habla hispana. 

“Empecé a llevar el álbum al (colegio) San Pedrito y  me fue muy bien. Pero los administradores -de la venta de helados- se pusieron muy bravos, me dijeron que no me podían dar más trabajo. Entonces yo dije: aquí ya me tocó”.

Una caja de chicles con diez unidades, una bolsa de bombombunes, un paquete de caramelos ‘Halls’ pequeño y una barra de los mismos fueron los primeros elementos de su improvisada chaza. No vendía solo en el San Pedro al principio. También caminaba hacia el colegio Caldas y el Príncipe de Asturias. Luego volvía al San Pedro y, finalmente, daba la vuelta hacia el colegio La Salle.

Pero un día, a finales de la década de los noventa, lo robaron. Solo le dejaron una bolsita con tres bombombunes. Sin rendirse, el socio quiso vender lo que le había quedado en el San Pedro. Los niños me preguntaron: “socio qué pasó que no trajo la cajita”. Yo les conté. Y aunque recién me conocían, los niños hablaron con los papás para que me ayudaran a comprar lo que hacía falta. ¡Prácticamente me compraron toda la chaza!”

La lealtad y el agradecimiento lo dejaron allí, aferrado a la entrada del colegio, siendo un apoyo para los niños, un rostro seguro para charlar, para encargarle pequeños favores de la vida doméstica de los colegios, para confiarle cuitas y sueños. Alba Lucía Arias, odontóloga y mamá de uno de los estudiantes del San Pedro, reafirma su confianza en él: “Podemos confiar en que si olvidamos dar a  los chicos el dinero de la merienda, él lo hará con gusto y después se le paga. Lo más sorprendente de ellos  -del socio y su esposa- es que tienen mucha suerte: una vez hicimos una rifa para comprar unos elementos que nos habían robado en el centro médico, y fueron ellos quienes ganaron”. 

La socia sonríe también, aunque es mucho más tímida que su esposo. Se llama María Custodia y se ubica tras la chaza para colaborar con las ventas cuando el socio debe hacer algún mandado o está muy ocupado saludando a papás, niños y profesores del colegio. María Custodia es sencilla. Habla suave y se entusiasma contando la historia de su esposo: “antiguamente trabajaba en casas de familia, pero me quedé sin trabajo. Me fui a pagar arriendo a la casa de una señora de mi pueblo, San Joaquín. Allí conocí a una pareja, primos de la señora. Ellos tenían un puesto de frutas a media cuadra de aquí, del San Pedro. Como no tenía nada qué hacer, yo los acompañaba. Ellos me presentaron a Luis Alfredo. La señora me dijo: no se vaya  a enamorar de este señor (del socio) porque él tiene esposa, ¡pero era mentira!” 

Salieron durante dos meses como amigos. Y luego de cuatro meses, María Custodia se organizó con él. De eso hace ya 19 años. El abogado Carlos Fernando Acevedo, quien estudió en el San Pedrito, recuerda al socio como un personaje muy querido, aunque él no llegó a tratarlo con tanta cercanía. 

“Era muy famoso y se le sabía el nombre a muchísimos claverianos. Yo personalmente no supe cuál era su verdadero nombre. Hubo un tiempo en que tenía unas tarjeticas con el pedido que se le hacía”, cuenta el abogado. Pero no todo han sido rosas. Durante el mandato del Luis Francisco Bohórquez, el socio tuvo que enfrentarse, por primera vez, con la posibilidad de no trabajar más en el colegio San Pedro. “Nos iban a sacar de aquí. Nos tocó trabajar cuatro meses en una caja manzanera.

Pero el colegio se unió, me recolectó firmas. Los profesores todos me dieron la oportunidad de seguir aquí. Fueron meses largos luchando para no perder el puesto de trabajo. 

Pero todo esto ha valido la pena. Lo más chévere de este trabajo es el amor y el cariño que me han brindado los niños, los profesores, empleados, celadores y los padres que me han dado la oportunidad para poner entre todos un granito de arena para sacar a mis hijos adelante”. 

El socio y la socia tienen dos hijas. Con el trabajo en el colegio el socio les ha pagado su primaria y secundaria. Ellas también tienen el temple de su papá: si un obstáculo se interpone en su camino, ellas saben labrarse el camino para salir adelante. 

Y todo, siempre, con una sonrisa y una palabra amable. 

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