Mateo Santos*, de 24 años, recuerda cómo vivió su contagio y el hecho de ser el primer caso positivo en Santander. Se contagió en una fiesta en España y sus compañeros de estudio fueron de los primeros casos en Argentina y México.

Publicado por: Daniela Puentes Rueda
Mateo Santos*, el 12 de marzo de 2020, oyendo la alocución del presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, tomó la decisión de devolverse a Colombia. El mandatario español anunció ese día que el 14 de marzo, a las 00 horas el país, entraba en confinamiento total por el rápido aumento en los contagios del COVID-19.
“El día que ordenaron el confinamiento compré el tiquete. Viajé casi 24 horas después”, cuenta a Vanguardia Santos, un joven administrador de empresas santandereano, quien se encontraba en Madrid cursando una maestría.
Él, como muchas otras personas en ese entonces, pensó que el virus no iba a detener al mundo por más de una o dos semanas. Pero estaba equivocado.
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Santos y sus compañeros de maestría decidieron regresar a sus países de origen y en la fiesta de despedida el virus rondó. Mientras compartían cerveza y comida, el coronavirus se esparcía por el lugar, encontrando medios de transporte para saltar océanos.
Con la maleta lista, el joven decidió comprar varias mascarillas para el viaje, aunque “estuvieran a 5 euros y casi no se encontraban”. En el vuelo de Madrid a Bogotá, recuerda, solo el 10% de los ocupantes llevaba su tapabocas.
“Llegué y todo estaba muy normal. La mascarilla no era obligación, pero por precaución la usé hasta que llegué a mi casa en Cañaveral. Los controles fueron leves y las preguntas muy sencillas. No fue nada estricto”.
La noticia
Apenas aterrizó, cogió el teléfono para llamar a su familia y contarles que ya había llegado. Justo en ese momento recibió un mensaje que ni en sus peores sueños pensó que iba a recibir. Uno de sus compañeros dio positivo para COVID-19, el mismo con el que compartió una noche de copas días antes de viajar.
“Apenas me enteré, tomé todas las precauciones. Fui de una a la casa de mi mamá y de ahí no salí en casi tres meses. Les conté a los epidemiólogos de la Secretaría de Salud de Santander sobre mi contacto estrecho. Ellos me ayudaron a agilizar la toma de prueba porque no me tomaban en serio”, cuenta Santos.
El joven explica que los protocolos en el departamento se fueron ajustando a medida de que él iba pasando de posible contagio a positivo confirmado. Incluso recuerda que llegó a una clínica de Bucaramanga y el celador no quería dejarlo seguir. Solo cuando le contó que era sospechoso de COVID, se asustó y lo dejó entrar.
“Fue bastante interesante ver la reacción temprana de las autoridades. No sabían cómo atenderme, a dónde remitirme. Del call center de la Gobernación me llamaban, pero no eran profesionales de salud, no sabían cómo dirigirse a mí, cómo ayudarme. Había mucho desorden, me llamaban como de tres partes a preguntarme lo mismo. Pero era por esa falta de establecer protocolos”, dijo.
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Era 13 ó 14 de marzo, no recuerda bien, le hicieron la prueba después de la intervención de Diana Ariza, epidemióloga de la Secretaría de Salud de Santander. Para ese entonces, en el departamento se vivía una tensa calma. Se esperaba un paciente contagiado, pero con los pocos conocimientos que se tenía del virus no esperaban a alguien sin síntomas, sino a un contagiado con mucha tos y fiebre.
“Mis síntomas eran casi que nulos. El día que me hice la prueba sí tuve malestar general y agotamiento, pero de resto, nada. Además se demoró bastante en llegar el resultado, porque en ese momento tenían que llevar la prueba hasta Bogotá y procesarla allá”, dijo Santos.
El 16 de marzo salieron sus resultados y el 17 el Ministro de Salud, Fernando Ruiz, anunció que el primer contagio en Santander era un hombre de 24 años con síntomas leves que llegó de España.
La importancia del aislamiento
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Mateo llegó de Madrid directo a la casa de su mamá. A pesar del miedo de sus hermanos, decidió quedarse con ella, aunque en habitaciones diferentes. No quería contagiar a nadie. Sus cubiertos y platos estaban separados.
“Los epidemiólogos de la Gobernación lo primero que me preguntaron era con quién vivía y con quién me había visto. Yo solo estaba con mi mamá. Me preocupaba mucho contagiarla, pues tiene casi 60 años. Toda mi familia estaba preocupada. Hace un año había mucho pánico. A mis hermanos no los vi en tres meses”, expuso Santos.
Tal fue el éxito de su aislamiento, que ni siquiera su mamá, la única persona con la que convivió desde que llegó a Colombia, resultó contagiada: “Fui afortunado porque no tuve síntomas graves y mi mamá estuvo perfecta. Mi caso demuestra la efectividad de aislarse”.
Santos cuenta que al inicio hubo mucho nerviosismo en su familia y entre sus conocidos. “Es entendible. Varios conocidos me preguntaron ¿Es usted? ¿Cómo está? ¿Qué pasa? Y yo lo negaba para evitar problemas, porque en el conjunto donde vivo sí hubo estigmatización. Veían a los funcionarios de la Secretaría y de la IPS con sus trajes blancos y llamaban mucho la atención”, recuerda.
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Mateo indica que incluso por la época de su diagnóstico se enteró de varios conocidos, de su misma edad, que también llegaron de España, pero continuaron su vida social pese a las indicaciones de las autoridades.
“En redes sonó mucho un caso de un hombre que llegó de España y se fue a fiestas por toda la ciudad. Eso sí pasó. No fueron responsables. Ahí está la diferencia”, dijo.
La vida después del COVID
Cuando le llegó la prueba negativa, Mateo Santos sintió por fin la tranquilidad que le inunda el alma cuando se sienta a comer junto a su mamá. Pudo salir a hacer ejercicio en el conjunto y ver a sus hermanos.
Sin embargo, desde ese momento decidió vivir su vida como una persona que puede volver a contagiarse. “Me estoy cuidando porque sé que me puede volver a dar”, expresa sin titubeos.
A finales de abril decidió no volver a Madrid para terminar su maestría, pues lo podía hacer desde la casa. Se graduó en diciembre en administración del Instituto de Empresa IE Business School.
“Yo de verdad pensaba que volvía en un mes. Era imposible para mí que cerraran todo por tanto tiempo. Pero se paró todo. Tuve la oportunidad de volver, pero la universidad fue clara y nos dijo que seguían, pero virtual, entonces decidí quedarme en Colombia”.
Sobre lo afortunado que fue, al no tener síntomas, no contagiar a nadie ni tener víctimas mortales en su familia, Santos dice que ha tomado ese privilegio con responsabilidad. Aunque no tuvo nada que lamentar, está impresionado con todas las muertes que ha causado el virus.
“Me da mucha tristeza conocer las otras historias. Incluso de personas que no creían en el virus o creían que no era con ellos y luego se mueren los familiares. Sé de familias que entierran al papá y al hijo con un día de diferencia. Es terrible, demasiado triste”.
Con Santos vieron clase cerca de 40 personas de India, México, Argentina y de varios países de Asia y Europa. Casi todos ellos, cuenta el joven, decidieron volver a sus lugares de origen con el anuncio de confinamiento en España.
“En Madrid éramos un grupo de estudiantes que nos la pasábamos en restaurantes, bares, saliendo con mucha gente. Mientras viajaba llegué a pensar que yo podría ser el primer caso, por la exposición que tuve con tanta gente”, cuenta.
Recuerda la historia de un compañero que llegó a Ciudad de México y fue uno de los primeros positivos del país centroamericano. “Él llegó a México muy grave, con síntomas demasiado fuertes. Estuvo en UCI. Fue muy duro”.
Está el caso de la llamada ‘paciente 130’ de Argentina, Marisol San Román, también compañera. Ella no solo tuvo que pelear con el COVID-19, sino de la estigmatización y el matoneo de sus compatriotas en redes sociales.
“El caso de ella fue muy sonado en Buenos Aires. Estuvo hospitalizada con síntomas demasiado fuertes y complejos”, dijo Santos, quien además explica que vio cómo con los viajes de ellos se esparcía el virus por el mundo. “Fue un choque ser testigo de que el virus estuvo en un lugar y pasó al otro sin problema”, puntualiza.
*El joven pidió la reserva de su identidad pues no quiere que lo estigmaticen ni señalen. “Sé que no cometí ningún crimen, pero prefiero que la historia se sepa más allá de mi identidad. Quiero evitarle a mi familia cualquier inconveniente”.

















