Un artista de Bucaramanga decidió darle un vuelco a su carrera, pasó de saber a enseñar y dedica su vida a que personas en situación de discapacidad desarrollen sus talentos a través de obras con pintura al óleo.

Publicado por: Milton Velosa Araque
Imagine por un solo instante que usted pinta obras de arte. ¿Qué haría si alguien llega a la puerta de su casa, y le pide que le enseñe a hacer lo mismo a una persona diagnosticada con parálisis cerebral? ¿Lo haría? ¿Se negaría?
Esta escena le sucedió a Jaime Alba Sepúlveda, un artista de 62 años de Bucaramanga. En 2010, la madre de un paciente en situación de discapacidad, oriundo de La Mesa de Los Santos, pidió estas clases. El pintor se negó.
Sin embargo, esta mujer siguió insistiendo, quería la pintura como una terapia para su hijo. Ante los reiterados llamados, Jaime decidió darle una oportunidad. Las lágrimas que le arrancó el talento que desarrolló el joven, marcaron el nuevo rumbo de su vida.
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“Cuando el muchacho se sentó frente al lienzo, comenzó a pintar con los pies. Lloré porque yo tenía un concepto errado, pensé que ellos no servían para el arte. Fue como una bofetada que Dios me dio y me demostró que todos tenemos capacidades pero muchas veces no se dan las oportunidades para mostrarlas”, afirmó.
Desde ese momento, el pintor se prometió que iba a transmitir sus conocimientos a personas en situación de discapacidad, sin ninguna restricción. Por sus manos han pasado cerca de 50 alumnos, entre ellos, personas con síndrome de Down, deficiencia intelectual, parálisis cerebral, personas amputadas y hasta exhabitantes de calle.
En una pequeña galería, a la que llamó ‘SuperArte’, y que está ubicada en la calle 16 con carrera 28, en el barrio San Alonso de Bucaramanga, Jaime Alba dicta sus clases. Hay pinceles por doquier, pinturas de todos colores y en las paredes la explosión de color y sentimientos de las obras de sus pupilos. Al costado de cada una se encuentra el nombre del autor, que aunque no esté allí, transmite todo lo que este sintió y plasmó en cada trazo.
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El artista expresó que el arte es una terapia, es un reto. “La pintura se convierte para ellos en una herramienta de vida. Me manifiestan que gracias al arte tienen ganas de vivir, reciben recursos, se sienten útiles y expresan sus sentimientos a través de cada obra”.
Aunque afirma no tener preferencias, en sus clases confiesa que “las obras de Cristian, con parálisis cerebral, transmiten mucha alegría, están llenas de color. Cuando uno habla con él le transmite esa energía positiva, se olvida por un momento la realidad”.
El derroche de talento que tienen algunos de sus alumnos lo hizo reflexionar acerca del hecho de que, en ocasiones, una persona con plenitud de capacidades se queda corta a la hora de plasmar en el lienzo el talento. Aseguró que “tengo el caso de un muchacho con parálisis cerebral que tiene trazos perfectos. Él es un artista, y no importa su condición sino el talento que tiene. Sólo necesitaba que alguien lo direccionara y le dijera que sí era capaz de lograrlo”.
Otra de las satisfacciones para el maestro es que sus pupilos han tenido reconocimiento y se han expuesto en galerías de arte en Europa, Estados Unidos y México. Precisamente en este último, en la región de Sinaloa, cinco de sus alumnos fueron invitados para ayudar a pintar el mural más grande del mundo en noviembre próximo.
Vivir para servir
Jaime Alba reconoce que el arte fue un regalo que Dios le dio, un día, a sus ocho años de edad, vio a su padre, Reinaldo Alba, pintando un mural, en ese momento pensó que quería hacer lo mismo. Con ayuda de su mentor dio las primeras pinceladas y cuando creció, estudió, investigó y se convirtió en el artista del que se siente orgulloso.
El poder servir, según sus palabras, le demuestra que “la vida sí vale la pena, que vine a este mundo con un propósito, que es mi misión de Dios y que cuando la cumplo siento satisfacción”.
Una de las estrategias que más llama la atención de este programa es la ‘cadena de ayuda’ en la que quienes tienen la capacidad económica de pagar por las clases se convierten en subsidiarios de otros con menos posibilidades económicas, pero con las mismas ganas de aprender.
El maestro afirmó que durante sus 12 años de labor con esta población, lo aprendido con ellos resulta invaluable. “He aprendido a tener paciencia, a canalizar la energía, a enfocar toda esa búsqueda espiritual en cada pintura. Agradezco a la vida por cada cosa que tengo, ya no me quejo por los inconvenientes de la vida”.
Alba Sepúlveda invitó a los lectores a “no morir sin intentar hacer algo que nace. Dentro de cada uno hay talentos sin explorar por miedo o falta de tiempo. Si nos damos un espacio para descubrirnos podemos sorprendernos con un artista que estaba escondido y que nos puede ayudar a expresar todo desde el corazón”.














