Cerca de 78 personas, residentes en 17 casas del barrio Antonio Nariño, en el occidente de Bucaramanga, están en grave riesgo ante la inestabilidad del terreno que afecta los cimientos de sus viviendas. Expertos aseguran que lo más probable es que se registre un derrumbe. Las familias se niegan a salir de la zona y dejar el único patrimonio que tienen, a pesar del peligro.

Publicado por: Juan Carlos Gutiérrez
Las grietas atravesaron las casas. Luego, una ola de miedo cruzó por 17 viviendas, salpicándolo todo, hasta que se fue a chocar entre remolinos de angustia contra los ladrillos y el cemento derrotados en el suelo de la tierra amarillenta y débil. Bajo un sol que no para de acorralar, mientras el viento sopla alrededor, trepado entre las ruinas de las casas, al borde del abismo, se pueden ver en el horizonte las montañas que superan el sector de Chimitá, en una vista particularmente hermosa, pero al bajar la cabeza, sobre los escombros de los hogares, la mirada se opaca, late entonces un llanto y todo se apaga, como la boca oscura de un lobo hambriento.
Como si alguien hubiera dejado abiertas las puertas del infierno, la fiebre que provocó el miedo de morir sepultado aleteó entre los niños, sus madres, los adultos mayores y los vecinos, que cargan a cuestas un particular purgatorio. La tranquilidad, igual que la tierra arrasada en el barrio Antonio Nariño de Bucaramanga, se volvió a quebrar desde hace dos meses. El espanto de una nueva tragedia corrió de boca en boca por las casas de la calle 20 con carrera segunda, en el occidente de la ciudad. A ellos, las familias de este sector, el suplicio del recuerdo de desastres naturales, de casas derrumbadas años atrás, de todo el trabajo de una vida desplomado en segundos, los dejó sin aire y les causó ese dolor que solo deja la punzada repentina de una antigua herida.
Las grietas en la tierra y las paredes fueron alargándose paulatinamente desde noviembre pasado, cuando volvió el ruido espantoso de los intestinos arenosos del barrio Antonio Nariño, como torcedura de tripas hambrientas, incapaces de estar tranquilas por años. Vieja comuna de antaño, azotada a ratos por vientos de violencia y consumo de drogas que dejaron algunos muertos, pero que a las malas se acostumbró al drama de que sus habitantes pierdan el patrimonio de toda una vida en un alud descontrolado, suelo que con el tiempo se sigue arruinando por ese cáncer de la erosión.
- Oiga, yo veo que eso como que se está hundiendo...
Así se lo dijo una tarde calurosa a su hijo, hace dos meses, Rosmira Meza, quien desde hace más de 20 años reside en este popular sector pegado a la escarpa occidente de Bucaramanga, en una humilde casa arriba de un barranco de no menos de 12 metros de altura, que como migajas de galletas blancas se desmoronan poco a poco en pedazos. No se equivoquen. Cuando ella llegó a este barrio y se levantó su casa, su patio colindaba con una calle y casas pegadas al fondo. Pero en más de dos décadas, esa vía y las casas desaparecieron en el fondo agrio del barranco, que se desmorona silencioso.
Atravesando la última puerta, pegada a una pared de ladrillo desnudo, se llega a un patio en suelo de tierra. A unos metros hay sembrado un árbol de mamón, de cuyas ramas amarraron cuerdas para que Rosmira cuelgue la ropa que lava a mano. Ahora hay un par de camisas, tres blusas y un pantalón. Si se dan unos tres pasos adelante se encuentra con una planta de plátano, a la que le sacó unos ‘hijos’ para sembrar al lado.
A mediados de noviembre, recuerda la mujer, una tarde le dijo a su hijo que el terreno del patio estaba un poco más bajo. Él la miró con extrañeza. Afinó el ojo, como intentando enfocar bien el pedazo de tierra, pero no notó nada inusual. El hijo le recordó que al otro lado, en el barranco que cae, se instaló una pantalla anclada, cuyo propósito consiste en frenar la erosión, que recorre la calle 20 con carrera segunda, justo al lado de 17 casas de esta zona del barrio Antonio Nariño. El gigantesco muro de contención, que tuvo un costo de $9.000 millones, fue una obra de la Gobernación de Santander. Por lo tanto, no debía existir temor alguno, y tanto Rosmira, como su familia continuaron en sus días tranquilos. No podían estar ellos y sus vecinos más equivocados.
El lunes 22 de marzo de 2010, a la medianoche, María Dominga Torres sintió un fuerte estruendo. No solo la levantó de la cama, sino un sudor helado le bajó hasta los pies, cuando confirmó que su principal temor se convirtió en realidad. La mala hora le tocaba a ella esa madrugada. Una sensación de desamparo la arropó de malucos y largos escalofríos. Once días atrás la casa de su vecina en el barrio Antonio Nariño se derrumbó. Ella no había evacuado todavía. A las 11:30 de la noche, en la calle 19 con carrera segunda, Martha Isabel Ramírez empezó a recoger sus pertenencias para salir de allí lo más pronto posible.
- Vi toda la casa partida. Estaba recogiendo lo de valor cuando el paredón principal de la casa se derrumbó. La tierra nos dejó incomunicados y nos tocó salir por el techo y bajar por una escalera que alguien trajo. Gracias a Dios no hubo muertos...

Ese día, con el derrumbe, uno de los tubos de gas domiciliario se rompió y el olor alarmó a los vecinos, que abandonaron por precaución sus casas. Ese año se registraron 45 viviendas del sector derrumbadas o con graves afectaciones estructurales. Los estragos de la erosión afectaron a viviendas ubicadas entre las calles 19 y 20, entre carreras 1, 2 y 3.
Precisamente 21 años atrás, en diciembre de 1989, otro grave deslizamiento de tierra dejó a 35 familias destechadas en este barrio. En ese entonces, el desplome de las viviendas se presentó sobre las carreras 4 y 5, con calle 20 y 21. Luego de varios procesos de reubicación y con el apoyo de la Corporación Autónoma Regional para la Defensa de la Meseta de Bucaramanga, en el 2017, hace cinco años, la Gobernación de Santander construyó un muro de contención en este sector.
No se trata de simples agujeros abiertos en el piso. Son grietas oscuras, algunas ocultas en medio de la maleza. Son profundas. ¿Qué tanto? Es imposible determinarlo a simple vista, pero es como si alguien hubiera arrojado allí toda la oscuridad de este mundo y luego le ordenaran avanzar en silencio, poco a poco, arrasado con el terreno, mordiéndolo a destajo. La tierra aquí se licuó. Se quebró el equilibrio de la montaña. Por entre sus venas, que parecen de arena, el material cede y cede con cada aguacero. Se mueve una y otra vez. Aquí la lluvia, especialmente para los que residen en el borde del abismo, es un augurio de mala suerte.
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Así lo admite Renzo Reyes, quien vive con su madre de 86 años, que sufre los rigores de las enfermedades que llegan con la edad madura. Él ha perdido el 50% de su casa con los nuevos derrumbes y asegura que no puede dormir pensando en que puede suceder una tragedia.
- Desde diciembre el terreno empezó a hundirse. Primero fueron unos 10 centímetros y luego 20 centímetros. Con el tiempo se hundió un metro y en la actualidad tiene más de tres metros. Perdí parte de mi casa. Ahora el terreno está estable, pero porque no ha llovido. En cualquier momento la montaña puede ceder y las grietas van a crecer. Yo medio duermo. Me la paso pendiente de lo que pueda pasar. Me paro al frente de la grietas a la una de la mañana, regreso a las tres de la mañana a mirar y pedirle a Dios que nos ayude, que no nos pase nada...
Al respecto, el ingeniero especialista en Geotecnia y uno de los más reconocidos expertos en suelos de Latinoamérica, Jaime Suárez Díaz, explicó que la escarpa occidental de Bucaramanga está formada por una serie de ‘lengüetas’ alargadas, a cuyos lados están las quebradas, en lo que se consideran unos suelos muy duros.
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- Sin embargo, aproximadamente a unos 30 metros de profundidad hay un manto de arcilla. Ese elemento duro del suelo patina sobre ese manto de arcilla. Cuando suben los niveles de agua interna en el suelo, debido a las presiones después de un sistema de lluvias, es decir, la actual época, los grandes bloques de suelo comienzan a moverse y romperse. Este fenómeno hace que el suelo se hunda. La masa que se está moviendo en el barrio Antonio Nariño puede tener entre 20 mil y 50 mil metros cúbicos de material. Hablamos de una masa muy grande de tierra que se mueve en esta zona. Lo que estamos registrando es solo la parte de arriba de este fenómeno.
Luis Ernesto Ortega, coordinador de la Unidad Municipal de Gestión del Riesgo de Desastre de Bucaramanga, explicó que existe un alto riesgo del colapso de la zona donde se registra el hundimiento de cerca de 3,50 metros, por lo que es urgente el desalojo de 17 viviendas de este sector. El funcionario explicó que se declaró la calamidad pública para atender a la población.
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- Hay que tener en cuenta el riesgo inminente de colapso por el talud en la parte superior. Se estima que un 5% del muro de contención presenta fallas. El próximo 15 de febrero la Corporación para la Defensa de la Meseta de Bucaramanga entregará un informe técnico de la situación en el barrio Antonio Nariño. No obstante, hay un llamado a evacuar esta zona que presenta alto riesgo y para lo cual la Alcaldía ofrece unos subsidios de arriendo. Se trabajará en un plan de reubicación definitivo, pero este plan puede tardar unos dos años...
Al subsidio de arriendo, Renzo, Rosmira y los demás vecinos dijeron que no, al considerar que $600 mil mensuales por 24 meses no les garantiza un techo digno, especialmente en las familias numerosas. La comunidad propone que le compren sus casas, pero por un valor que ellos consideren representa los años invertidos en los inmuebles. Mientras continúan estos trámites, las familias han abandonado el área cercana al derrumbe al interior de sus propios hogares.

Algo así como una zona de aislamiento dentro de sus inmuebles por la que ya no transitan. En cálculos muy incipientes determinaron la zona que se derrumbaría en caso de colapso y simplemente no volvieron a caminar por allí. Ellos perdieron unos metros sus casas, pero es mejor eso que estar muertos, dicen. El problema, en la mayoría de los casos, es que las cocinas se ubican al fondo, junto al barranco, donde las grietas avanzan pacientes.
- Yo no me voy a ir hasta que me paguen $100 millones por mi casa o me den las llaves de una casa que me entreguen. Estamos preocupados y tenemos miedo, pero no voy a abandonar la casa que construyó mi padre trabajando honestamente como lustrabotas en la ciudad – Advirtió Renzo con voz opaca, sintiéndose triste y con unos deseos de llorar que disimuló muy bien, pero que no le dejaban hablar con claridad.
- El problema es muy grave. Ellos deben salir de este sector. Lo más probable es que esa zona de hundimiento termina derrumbándose y debemos salvar del peligro a estas personas...
Sentencia el coordinador de la Unidad Municipal de Gestión del Riesgo de Desastre contando los días interminables, esperando que no llueva y con un ojo pegado a las oscuras grietas que ya atravesaron muros y avanzan, despacio y sin piedad a la hora que usted lee esto.
















