viernes 26 de abril de 2019 - 12:00 AM

Carta al hombre que disparó contra un menor en Floridablanca

El pasado martes 23 de abril, a la una de la tarde, un joven de 14 años fue herido con una bala perdida. El proyectil impactó su cabeza. Lucha por su vida en una Unidad de Cuidados Intensivos. Esta es una carta pública dirigida al sujeto que apretó el gatillo y le cambió la vida a una familia en Floridablanca.

No sé el lugar donde usted se esconde. Aspiro a que algún día pueda leer este texto. Agentes de la Policía lo buscan para que responda por el disparo que hizo. Esta carta no es un relato para juzgarlo. No. De eso se encargará, al menos así lo aspira la familia del joven, el sistema judicial. Claro, si lo atrapan o usted se entrega. Quiero narrarle la incertidumbre que provocó en la vida de una familia al pulsar con su dedo el gatillo de una pistola.

De seguro en su escondite usted poco o nada conoce de Pedro*. Es el joven de 14 años que recibió en la parte posterior de su cabeza una bala calibre 9 milímetros. Esa que usted disparó pasada la una de la tarde del pasado martes 23 de abril, en una calle del barrio Nuevo Villabel de Floridablanca.

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Por eso quiero narrarle algo sobre la vida de este muchacho. Hay sufrimiento y usted lo provocó.

Sabía usted, por ejemplo, que cursa séptimo grado en el Colegio Vicente Azuero, y que en las últimas semanas se esforzaba mucho por mejorar sus calificaciones. Si los resultados mejoraban, volvería a una de sus pasiones: el fútbol. Así se lo prometieron sus padres.

Desde los ocho años Pedro asiste a escuelas de fútbol. Juega en la posición de defensa. Su papá asegura que tiene buena talla y que aún no para de crecer. Sumado a que varios de sus familiares miden por encima del metro 80 centímetros. Un buen augurio para alguien que sueña llegar a vestir una camiseta de un club del fútbol internacional.

Quienes lo conocen hablan de que su mundo gira en torno al fútbol. Le hace vibrar los huesos, le calienta el aire en los pulmones y lo hace gritar cuando convierte un gol el Atlético Nacional, su equipo del alma. Tanto así, que le gusta apostar con su papá, fiel seguidor del América de Cali, cada vez que los dos equipos se encuentran en el torneo profesional colombiano. El perdedor debe gastar ‘papas locas’, una porción de esas papas fritas que venden con trozos de pollo y salchicha, cubiertos de un rico queso fundido.

En los clásicos Nacional Vs. América, la apuesta fija era por ese platillo. De hecho, para este sábado, a las 6:00 de la tarde, cuando el Nacional reciba al América en el estadio Atanasio Girardot, se pactaba la apuesta. Claro, Pedro no verá el partido. Ahora lucha por su vida.

De seguro, el padre de Pedro, el domingo, cuando se permitan la visitas en la UCI, le susurrará el marcador y le prometerá que irán a comer nuevamente ‘papas locas’. Él está convencido de que su muchacho se levantará de esa cama y soltará ese respirador artificial.

Le cuento, que pese a sus esfuerzos por recurrir a la violencia, este joven, así lo repite su familia una y otra vez: “sobrevivirá”.

Usted debe enterarse también que si bien Pedro es seguidor de James Rodríguez y Radamel Falcao, hay dos jugadores que lleva tatuados en el corazón. Juan Guillermo Cuadrado, por la capacidad de hacer gambetas, y Mario Yepes, el emblemático defensa y capitán de la Selección Colombia.

Pedro sueña con ser contratado por uno de estos clubes de Europa. De hecho le dijo a su familia que si llegaba a unos de esos equipos, no los olvidaría y los llevaría a vivir con ellos. Al lugar que fuera, en el mundo, viviría con su mamá, papá y su hermana de 17 años.

Precisamente ella, exactamente una semana atrás a ese martes en que usted disparó, cumplió los 17 años de edad. Estuvo la familia completa reunida en la casa. Cantaron y partieron una torta. Vinieron los amigos y la pasaron muy bien.

Iba a buscar una gaseosa

No tengo que describirle este barrio. Usted lo conoce, quizá mejor que yo. Fue allí donde usted activó el arma de fuego. ¿Recuerda?

Como una pañoleta que estalla, el ruido del disparo se disipó por entre las calles de Nuevo Villabel, que parece un muestrario de fachadas gastadas en cemento, garajes encerrados en rejas oscuras y risas de niños que a veces se ven correr por los andenes. Su agresión la conoció todo el sector. Allí ya lo identifican. Saben que vive con su abuela. Algunos vecinos se mostraron preocupados, porque por personas como usted la inseguridad en este sector es un problema.

¿Sabe?, el padre de Pedro narró que vivieron en ese barrio hace 10 años. Afirmó que su esposa le pidió un día que se mudaran de Villabel, cuando se hizo frecuente que muchachos consumieran sustancias alucinógenas en plena calle. Por eso decidieron comprar una vivienda en un barrio cercano, a juicio de la familia, “más tranquilo para ver crecer a los hijos”.

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Le cuento que ese martes, Pedro llegó a su casa pasadas las 12 del mediodía. Como era costumbre, su papá lo recogió en la motocicleta en el colegio. Iban a almorzar, pero faltaba la gaseosa. Pedro se ofreció a traerla. Se subió a la moto y bajó a Nuevo Villabel en busca de una tienda abierta a esa hora.

A la una de la tarde usted estaba sentado en la puerta de su casa en la carrera 13 con calle 6. Quienes lo vieron, relatan que usted revisaba su teléfono celular. No olvidan que por sus expresiones, parecía bajo los efectos de alguna sustancia alucinógena. ¿Es cierto?

Vecinos lo vieron levantarse de forma rápida cuando observó que dos hombres se acercaban en una motocicleta. Usted entró en alerta, ingresó a su casa y salió con una pistola. La pareja a bordo de la moto estaba a unos 80 ó 100 metros cuando usted disparó. ¿Lo recuerda?

Justo, en ese instante, Pedro regresaba en la motocicleta FZ 160 azul. Llevaba en una bolsa una gaseosa. El proyectil ingresó por la parte de atrás de su cabeza. No tuvo orificio de salida. El joven se derrumbó metros adelante. Alguien dijo que Pedro no hablaba. Cuando lo levantaron tenía una lesión en la frente. Le temblaban las manos. A los minutos llegó una ambulancia. Los paramédicos identificaron que la sangre provenía de una herida producto de un arma de fuego.

Mientras usted escapaba en una moto, Pedro fue llevado a la Foscal. La lesión en el cerebro ameritó una cirugía. La intervención comenzó a las cuatro de la tarde y terminó seis horas después.

Debe usted conocer que los neurocirujanos les explicaron a los padres que la intervención quirúrgica fue un éxito. Lograron retirar el proyectil y las esquirlas. A esta hora, cuando usted lee esto, permanece en la Unidad de Cuidados Intensivos con respiración asistida.

- Debemos esperar 72 horas para evaluar la evolución...

Escucharon los padres de los médicos especialistas. La fecha se cumple este viernes, a las 10 de la noche. Mientras tanto, la familia de Pedro, debe usted saber, llevan un paraguas contra los aguaceros de la desesperación, que se arrancan en cualquier momento. Como a menudo les resulta insoportable la ausencia, rezan unos cuantos Padrenuestros a fin de sobrellevar las sequías de fe.

Qué tanto daño hizo la bala que usted disparó, no se sabe aún. Para ellos, lo importante es que se “hizo el milagro de la vida” y Pedro está vivo. El miércoles en la noche tuvo fiebre, pero se la controlaron. Pero no se haga una buena idea. Los médicos admiten que estas lesiones dejan secuelas, cuya gravedad solo determinará el tiempo.

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Lo cierto es que usted se sumó a la lista de los agresores de menores de este país, que causaron lesiones a no menos de 20 mil niños solo el año pasado. Usted hace parte los sujetos que en el último mes causaron lesiones a tres personas por balas perdidas, y que en el último año dejó a una enfermera de 21 años y una niña de tres, muertas.

Los padres de Pedro quieren que se haga justicia y usted pague por su acto. Aseguran que por ahora solo piensan en la recuperación de su hijo. Ya habrá tiempo para conocer si lo perdonan.

Donde quiera que usted se encuentre, si lo detienen o se entrega, como lo anunció su abogado a la Policía, debe usted saber que mientras se tardó un segundo en pulsar con su dedo el gatillo de la pistola, Pedro se gastará toda la vida en recuperarse de su bala, pero eso a él no le importa, mientras pueda volver a jugar fútbol y convertirse en el arquitecto, que sueña también ser.

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