Edwin Gómez cayó en las adicciones entre los 18 y los 23 años y estuvo a punto de morir por ellas. Se superó y hoy día es un personaje que causa admiración en su municipio. Acá les mostramos fragmentos de la historia contada por El Colombiano.

Publicado por: El Colombiano
Publicado por: Redacción Vanguardia
El concejal de Copacabana Edwin Alexánder Gómez lleva ya 20 años acumulando horas extras de vida. También son dos décadas completas sin consumir ninguna bebida embriagante ni sustancias psicoactivas. Hoy en día le da gracias a una pancreatitis que alguna vez consideró como su mayor desgracia, pero que ha llegado a apreciar como el milagro que lo liberó de las garras de la muerte cuando esta le respiraba todos los días al cuello queriéndolo llevar.
Con 43 años de edad, todavía se mira y no cree, se toca y le parece imposible estar respirando y contando el cuento de esas adicciones que lo llevaron a robar, a “feriar” su cuerpo, a tomar alcohol vivo y hasta a intentar suicidarse. A continuación, algunos apartes de la historia contada por el diario El Colombiano de Medellín. Le puede interesar: Hay $23.000 millones “perdidos” entre el Minhacienda y el Fonpet y nadie da razón
Edwin Alexánder Gómez recuerda que su primer “pitazo” de marihuana fue a los 14 años, estando en noveno grado y en medio de un viaje que hizo a Bogotá. En décimo pasó al “perico” y se quedó en él.
Hasta entonces, es cierto que había consumido licor, pero solo dentro de los márgenes “normales” de estas familias paisas donde del tetero se pasa a un guaro.
Sin embargo, el punto definitivo de quiebre fue al salir del bachillerato, un momento en que se conjugaron la desesperanza de no pasar a la universidad, las difíciles condiciones económicas y una soledad exacerbada. Le sugerimos: Administrador de reconocido restaurante chino fue asesinado durante asalto

Su madre y él vivían de arrimados en la casa del abuelo paterno y, a falta de cama, aunque ella estaba en embarazo, les tocaba dormir sobre cojines apilados en el piso donde habitaban casi 30 personas con un solo baño. Era la vivienda más marginada de un sector de por sí marginado.
Ya para ese momento el licor lo tenía agarrado hasta el punto de que cuando nació la hermanita, hacía que desapareciera el alcohol antiséptico que la mamá compraba para desinfectar los utensilios de la bebé. Inicialmente, lo flameaba y mezclaba con Coca-Cola para hacerlo digerible, pero luego comenzó a pasarlo vivo.
Edwin cuenta que era tal su descaro que en ese tiempo su madre se rebuscaba haciendo aseos en casas, lavando y planchando ropas ajenas, pero fueron varios los días en que él la llamaba: “Necesito que me pague el taxi. Cuando llegaba, si ella me daba un billete de 20.000 pesos y el taxi valía 5.000, yo salía corriendo y me quedaba con el resto para seguir bebiendo”. Lea también: Confesiones de un asesino de Bucaramanga
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“Les robaba la cartera a mi mamá y a mis hermanas. Ya llegué a ese estado de que lo que veía mal puesto me lo alzaba; después el mismo sentimiento de culpa me impulsaba a seguir tomando”.
Estaba siempre borracho y drogado y la vida se le convirtió en un infierno no solo para él sino para quienes lo rodeaban. Edwin se perdía cuatro y cinco días seguidos de la casa y aparecía sin sentido en cualquier acera de Medellín.

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“En una de esas lagunas, cuando me levanté en una acera de Lovaina, tenía la camiseta blanca ensangrentada; pensé: ‘me hirieron’. Cuando miré, había un muerto al lado mío. La muerte fue a tiros. Me paré y me fui, de manera que nunca supe qué pasó”.
Perdía la noción del tiempo; podía durar cuatro o cinco días perdido; no sabía ni siquiera qué día era, qué hora, en qué momento pasaron todos esos días. O sea, estaba perdido en el mundo.
Mi mamá siempre dejaba la puerta abierta por si me estaban siguiendo para matarme pudiera entrar. Cuando sonaban las balaceras, ella y mi hermana decían: ya lo mataron y si sonaba el teléfono de la casa, se miraban a ver quién iba a contestar.
Como ese era el tiempo de la llamada ‘limpieza social’, mi madre esperaba mi muerte todo el tiempo. Incluso un día mi tía llegó gritando que me habían matado, pero resulta que el muerto era un amigo del barrio llamado Jhon Jairo.
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En otra ocasión, era Día del Padre, estábamos en familia y me dieron supuestamente para el taxi, pero en vez de pagar el transporte para volver a la casa, me compré una botella de guaro y me fui tomando. Cuando me encontré con otro vicioso del barrio nos sentamos a escuchar música. En esas salieron como seis muchachos que también estaban drogados: Gritaron: ¡Miralos, vamos a picarlos! Y agarramos a correr hacia un rastrojo; yo pasé una cañadita y aguanté la respiración. Escuché un tiro y lo que hice fue quedarme dormido. Cuando llegué a la casa abracé a mi mamá y empecé a llorar: ¡me querían matar anoche!
Hasta llegaba borracho (al trabajo) y me aguantaron porque mientras estuviera sobrio era muy buen trabajador. La situación era más grave en los que yo llamaba lunes de terror por el guayabo de las rascas del domingo. Me levantaba tan desesperado que mi mamá misma me ofrecía el licor.
Llegó un momento de la vida en que no sabía si vivir para beber o si bebía para poder vivir. Para completar, vivíamos con un padrastro que, igual que yo, tenía problemas de alcohol. Mi papá también fue alcohólico y drogadicto”.

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Edwin relata que llegó al punto de acostarse con mujeres que poco le apetecían solo para que estas le pagaran con aguardiente o con un “pase de perico”.
Cuenta que su madre, doña Nancy del Socorro Gómez, siempre le pedía a Dios que le mandara una enfermedad bien fuerte que lo hiciera recapacitar. Y ese día llegó. Fue el 17 de octubre de 2004. Era domingo llevaba cinco días bebiendo. De pronto en la noche, empezó a sentir que el alma se le salía por el vientre. No aguantaba el cólico y vomitaba sangre sin parar. A la corta edad de 23 años estaba en medio de una pancreatitis.
—Si usted se toma otra copa de alcohol, se muere —le dijo el especialista.
“Miré a mi madre y le dije: yo sé quién me va a ayudar”. Al lado de ambos estaba Juan David Betancur, un amigo que hacía tres años lo había llevado a un grupo terapéutico de Alcohólicos Anónimos. En el momento inicial de las visitas, Edwin se había conmovido con las historias que contaron los demás, sintiendo que se identificaba con sus experiencias, pero la adicción le podía más, de manera que nunca asumió un compromiso de abstinencia.
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“Hoy lo puedo decir muy tranquilo, pero en ese momento estábamos ad portas de diciembre y pensé que no iba a ser capaz. Quise tirar la toalla más de una vez, pero Alcohólicos Anónimos fue la tabla de salvación de mi vida”, dice al recalcar que si no es por la pancreatitis y por la ayuda que le dieron sus padrinos de AA no estuviera vivo.
En esas, hasta llegó a maquinar la posibilidad de irse a acampar, llevar una garrafa de aguardiente y unos gramos de “perico” para quitarse la vida. Y ni modo de pensar en internarse en un centro de recuperación de adicciones porque los recursos económicos no daban. Nadie, ni siquiera él, daba un peso por su recuperación, pero hoy cuenta con orgullo que lleva ya 22 navidades sin recaer.
Vea la historia completa acá en El Colombiano

















