Una bumanguesa decidió dejar el derecho para convertirse en guardiana de las abejas. Desde un santuario en Barrancabermeja, trabaja para proteger estos pequeños gigantes que sostienen el mundo.

Una gota de miel, ante ojos inexpertos, podría parecer minúscula, pero es capaz de sostener el mundo.
Se estima que al menos el 30 % de los alimentos que comemos y el 80 % de las plantas con flores dependen de las abejas, según el Instituto Humboldt.
“La desaparición de las abejas provocaría una crisis alimentaria y ecológica mundial capaz de afectar la producción de un tercio de los alimentos que se consumen en el mundo”, subrayan desde el Instituto Humbolt.
Si no hay polinización, la biodiversidad colapsaría y provocaría la pérdida de miles de especies de plantas. Se deteriorarían los ecosistemas.
Que estemos más cerca o lejos de que estos escenarios ocurran depende, en gran medida, de las acciones humanas. Recae en las formas de producir, de intervenir, o no, en la naturaleza, y de entender hasta dónde llega la responsabilidad sobre lo que consumimos.
Hace seis años, Sandra Milena León Torres conoció que las poblaciones de abejas del país enfrentaban graves amenazas. Desde entonces, dejó de ejercer como abogada para dedicarse a protegerlas.
“Soy una abogada que decidió dejar de defender personas para empezar a defender abejitas. Al ver los perjuicios ambientales tan grandes, como el atentado contra la biodiversidad, siendo Colombia el segundo país más biodiverso del mundo, y también el riesgo de enfrentar una crisis alimentaria, porque todos sabemos que las abejas son los polinizadores más importantes, decidí crear un santuario de abejas”, cuenta Sandra.
La historia arrancó en la finca Bucarelia, en la vereda Tabla Roja del corregimiento El Llanito en Barrancabermeja. Allí, en las más de 500 hectáreas destinada a la conservación, Sandra empezó a construir su santuario: BHoney, de la mano de la Asociación de Apicultores de Santa Bárbara.
Durante un año aprendió de apicultores que le compartieron sus conocimientos y prácticas, muchas de ellas transmitidas por generaciones. Ese acercamiento le permitió entender del trabajo que exige observación, paciencia y decisiones que prioricen el equilibrio de la colmena.
“En ellos encontré receptividad, generosidad y amor, me enseñaron apicultura desde sus saberes ancestrales y me enseñaron a cuidar a las abejas”, añade.
Desde el primer momento definió los principios que mantiene hasta hoy, los que la llevaron a obtener el aval de negocio verde de la Corporación Autónoma Regional para la Defensa de la Meseta de Bucaramanga, Cdmb.
“Nuestra filosofía como negocio verde es producir conservando y conservar produciendo. Tenemos que pensar en el legado que le vamos a dejar a las siguientes generaciones. No podemos quedar como aquellos que depredaron la naturaleza y no le dejaron nada a sus hijos”, destaca Sandra.
En su santuario no utiliza químicos y, cuando las abejas requieren atención, recurre a plantas medicinales. Tampoco las alimenta con azúcar, una práctica que afecta su salud.
“No necesitamos alimentar a las abejas con nada artificial, porque estamos en un ‘bosque virgen’, donde pueden obtener, a libre demanda, toda clase de néctares de la vegetación que hay en la zona”, explica Sandra.
Otra de sus decisiones que tomó fue no comercializar panales. Extraerlos implica obligar a las abejas a construir una y otra vez, lo que demanda energía y puede generar estrés en la colmena. En su lugar, utiliza un sistema de centrifugado que permite obtener la miel sin afectar el panal.
“La apicultura responsable no comercializa los panales. Nosotros lo que hacemos es meter esos panales en una máquina centrifugadora que extrae toda la miel y deja la estructura de cera intacta. Es que imagínate: es como si alguien llegara y derrumbara a tu casa cada año y tú tuvieras que volver a construirla. Eso no es sostenible. No consuma miel con panales. No tiene ningún valor nutritivo y sí le estamos haciendo muchísimo daño a las abejas”, apunta Sandra Milena León Torres.

Entre 80.000 y 120.000 abejas viven en cada colmena del santuario BHoney. “No podría decirte el número exacto de cuántas abejas tengo en este momento, es difícil, además porque esas muchachas entran y salen todo el tiempo”, dice Sandra entre risas.
De lo que sí tiene certeza es que el ‘primer piso’ de su hogar no se toca. Solo se extrae miel del segundo y tercer cajón. Allí, según relata Sandra, se ubica una barrera para que la abeja reina no suba y no deposite sus huevos.
“El primer cajón, para nosotros, siempre es sagrado, porque es el cajón del alimento de ellas, y ese nunca se toca. La miel que está ahí es única y exclusivamente para las abejas. Ellas solo llenan esos cajones cuando el primero ya está completamente lleno”, agrega Sandra.
Su santuario se ha convertido en la forma de materializar la idea de ser la defensora de las abejas, hacer eco, y sumar más personas a la tarea.

Un modelo que parte de la conservación
La idea del santuario se consolidó en un entorno que ya estaba orientado a la protección ambiental. La finca en la que opera ofrecía las condiciones necesarias para desarrollar un proyecto alineado con ese propósito.
El montaje tomó varios meses. E incluso, durante el primer año, el trabajo no tuvo un enfoque comercial. Sandra donó ala producción de un año a personas cercanas y fundaciones, como parte de su propósito de conservación.
Con el tiempo, empezó a ver en la apicultura una posibilidad adicional: convertirse en una alternativa productiva para otras personas en el campo. La idea era demostrar que existen caminos distintos a prácticas como la deforestación o los monocultivos.
“¿Qué tal si yo puedo hacer de esto un negocio que pueda inspirar a otros y mostrarle a otros campesinos que hay caminos diferentes?”, se preguntó.
Ese enfoque dio origen a su marca, que hoy cuenta con el apoyo de Fondo Emprender. La producción incluye miel, polen y propóleo, entre otros derivados, bajo una premisa constante: producir sin comprometer el entorno, ni a las abejas, por supuesto.

Cambiar la forma de consumir
El trabajo con las abejas también transformó su forma de entender el mercado. Más allá de vender, su interés se centra en que las personas comprendan lo que consumen y el proceso que hay detrás de cada producto.
Uno de los retos ha sido acabar con los mitos sobre la miel. La más común es la idea de que la cristalización indica que “no es mil pura”.
“La gente le llama a panelar a un proceso que se llama cristalización y es un proceso normal y natural que le ocurre a todas las mieles puras”, explica.
La cristalización es una señal de calidad. En cambio, si una miel no se cristaliza, con el paso de los días, eso significa que pudo haber sido sometida a procesos que alteraron su composición. Es decir, no es miel pura.
A esa labor pedagógica se suma la construcción de comunidad. En su tienda no solo ofrece sus productos, sino también los de otros emprendimientos que trabajan bajo criterios sostenibles. Café, cacao, aceites y frutos secos hacen parte de una oferta que busca abrir espacio a pequeños productores santandereanos.
“Las abejas me enseñaron que protegiéndose unas a otras es que sacan toda la colmena adelante”, dice. Busca articular esfuerzos, generar redes que permitan fortalecer iniciativas similares y contagiar a los consumidores de su amor y compromiso con el ambiente.

















