La famosa Cuarta, la calle lujuriosa de Bucaramanga que tuvo su auge en los años 70, la llamada Zona de Tolerancia que nació y murió en medio de los barrios Chapinero y Comuneros, hace mucho que dejó de ser lo que era. Sin embargo, hoy muestra una gran cicatriz: las casas donde a diario se reúnen cientos de adictos al basuco se confunden con viviendas familiares y chatarrerías. Crónica sobre su pasado y presente.
Publicado por: ELIZABETH REYES LE PALISCOT
La Turra llega puntual a la cita. Son las 10 de la mañana y confiesa que hace años no va a La Cuarta. En la época dorada de la calle, cuando los bumangueses la conocían como la Zona de Tolerancia, trabajó allí como prostituta. Y sonríe por culpa de los recuerdos. Hay unos muy nítidos. 1979. 'Era el parche mío'. Vivía en el centro de la ciudad pero se amañaba más en La Cuarta. Trabajaba en un negocio que llamaban La Casa de Tabla y luego en El Carrusel. 'Me tomaba mis cervezas, cuadraba a mis clientes y me drogaba'.Esta mujer, que no hace mucho salió de la cárcel donde pagó una condena por venta de alucinógenos, advierte que aunque sea difícil de creer, la delincuencia no siempre reinó en el lugar. Fue llegando poco a poco hasta que muchos en la ciudad, además de calificar el sector como populoso, lo empezaron a definir como deprimido y abandonado. Atracaban y los viciosos producían miedo.A veces La Turra se quedaba a dormir en los mismos negocios con su grupo de amigas de la calle. Y aunque no trabajaba para uno en particular, si estaba con suerte la dejaban dormir en las piezas que siempre sobraban al fondo de esas enormes casonas del barrio Chapinero. 'Pero ahí también siempre vivió mucha gente sana. Lo que pasa es que muchos de los jóvenes que allí nacieron se dañaron', dice esta mujer de 49 años. En los 80, las prostitutas también empezaron a sentir miedo por las masacres que protagonizaron los temidos escuadrones de la muerte. La Turra recuerda que a una de esas casas dedicadas al negocio de la prostitución, la Mano Negra arrojó una granada que mató a una familia entera. Sólo sobrevivieron dos hermanos. 'Acabaron con el papá, con una amiga mía, con dos sobrinos y hasta con una perrita que se llamaba Katy'. La memoria no le alcanza para las fechas pero dice que también mataron a muchas travestis. Los vecinos intentaron con insistencia que se fueran. Recogieron firmas. Estaban desesperados porque en los 80, nadie que no fuera de la zona podía atravesarla caminando, sin que lo robaran. La Turra repite que hace mucho no va a La Cuarta, pero tiene amigas que trabajan en el centro y le cuentan lo que muchos repiten: La cuarta ya no es La Cuarta. La cicatrizEn toda la carrera 15 con calle cuarta sólo se ven bodegas, cacharrerías y viejas casonas, al parecer, abandonadas. A las 12 del día la calle está desolada y son muy pocos los que se arriesgan a caminar por el lugar. Una mujer va de un lado a otro, sola. La Turra parece conocerla y la saluda. Es joven, hace un esfuerzo por hablar y le pide una moneda. Un poco más arriba, frente a una casa en ruinas, unos cuantos habitantes de calle empiezan a mirar a los desconocidos. Yo soy una desconocida. La Turra me hace señas para que continúe subiendo y les explica que soy una periodista. 'Una periodista amiga'. Por suerte, el que parece ser el encargado del lugar, el dueño del negocio, es también un viejo conocido de La Turra que se apresura a decir que 'ellos sólo buscan dónde meter la cabeza'. Se refiere a los indigentes que entran y salen de la casa. El lugar es una de las conocidas 'casas del humo', donde los adictos al basuco, entre otros alucinógenos, compran y consumen a sus anchas.La noche anterior la Policía entró al lugar, tumbó la puerta, los sacó a la calle y ahora, meten los restos de los escombros en sacos para acomodarlos como si se tratara de una trinchera. En medio de un pasillo oscuro sólo se alcanzan a ver las siluetas de los cuerpos. El olor de la marihuana se mezcla con el dulce del basuco.¿Cuántos habrá?, pregunta otro desconocido. Más de 100, responde La Turra. Su amigo tiene 51 años y nació en el barrio Chapinero. Cuando le pregunto sobre La Cuarta, sobre la verdadera Cuarta, dice que la recuerda de niño porque le gustaba pararse en toda la carrera 15 y mirar hacia arriba. 'Eso parecía un pesebre pero real, por las luces que ponían en los avisos de los prostíbulos. Era divino, divino, una hermosura de calle, todas estas casas que usted ve selladas o abandonadas, todas eran prostíbulos. Y en las noches se llenaba de gente, eso era como una procesión'.Pero La Cuarta se ganó su prestigio no sólo a punta de prostíbulos. Había restaurantes populares y bares donde se bailaba la mejor salsa, que eran visitados por los bumangueses de todos los estratos sociales. Incluso las calles se llenaban de carros lujosos.El hombre dice que la zona se volvió insegura por culpa del gentío. Entonces mira a los que le ofrecen monedas por droga y trata de justificar la situación. Dice que 'ellos' no tienen familia, que no encuentran dónde vivir y por eso se refugian en esa casa. 'Ahora no se ven las riñas, los heridos y los muertos de antes. Ellos saben que si comienzan las riñas los van a sacar del barrio. Además, mire la calle, ya no hay ni un solo prostíbulo', dice.Un poco más arriba, casi llegando a la carrera 17, un hombre se mese en la entrada de una casa. Está a punto de quedarse dormido. El lugar también fue un prostíbulo, uno de los más famosos, según La Turra. Pero el hombre dice no saber nada al respecto. Informa que paga un arriendo de $130 mil por su habitación y que la casa no se vende.La advertencia tiene un origen. Es por el proyecto de vivienda 'Parque Comunero' que la Administración Municipal acaba de anunciar y que se construirá en el barrio Chapinero entre la calle 4 y 7 con carreras 15 a 17. Los propietarios se resisten a las 3.600 soluciones de vivienda, a los 15 edificios de 20 pisos y a los 43 metros cuadrados que tendrá cada apartamento. 'Yo amo a mi casa', se lee en las paredes. Los vecinos'Eso no nos pertenece. Eso no es de nosotros', fue la respuesta tajante de uno de los habitantes del sector al referirse a La Cuarta. Por teléfono me dijo que era mejor que llegara al sector en taxi, para evitar un robo. Y así lo hicimos. El taxi pasó despacio mientras el hombre, que prefirió omitir su nombre, señalaba nuevamente las casas donde funcionaron los famosos prostíbulos y que La Turra me había señalado en la mañana.Su historia la cuenta desde la otra orilla. Como muchos en el barrio Chapinero, él fue una víctima de la Zona de Tolerancia. Su familia llegó al barrio en los años 60 y al poco tiempo montaron un supermercado que se volvió famoso, el más grande. Dice que después de la calle cuarta había sólo monte, que no estaban los actuales talleres y que las aguas negras corrían por la mitad de la vía. Eran muy pocos los prostíbulos en el sector. 'Pero en los 70 todo cambió cuando trasladaron la Zona de Tolerancia que quedaba en la calle 61 al barrio Chapinero', dice. Y pasaron los años. La fiesta se tomó la calle, pero la delincuencia la acabó y ya en los 80, los vecinos, unidos, empezaron a reaccionar. La zona se llenó de travestis y las bandas delincuenciales llegaron a disputarse el territorio por la venta de marihuana, cocaína y basuco.Se hicieron acuerdos. Las prostitutas no podían hacer escándalos en la calle y tampoco salir exhibiendo sus cuerpos. Incluso se conformó una policía cívica que se desplazaba en carros particulares. Querían erradicar la Zona de Tolerancia, alejar los disparos, parar los homicidios y fueron tantas las denuncias de los vecinos que poco a poco las autoridades cerraron cerca de 45 bares. 'En el 97 era tan peligroso el sector por la lucha entre pandillas, que si no robaban en la calle, robaban en los bares o se mataban entre ellos'. Muchos vecinos se fueron, pero muchos también siguieron resistiendo los embates de la violencia, porque los prostíbulos dejaron un mal hijo, la cicatriz: las casas del humo. Incluso, la ciudad aisló al sector cuando las rutas de buses que lo atravesaban, dejaron de pasar y hasta los colegios públicos los fueron cerrando. Hoy sólo queda la Escuela Bucaramanga.A estas alturas, los vecinos, que se niegan a salir del barrio para dar paso al proyecto de vivienda Parque Comunero, y que han marcado sus fachadas con un letrero que dice 'esta casa no se vende', sólo saben, por experiencia, que el karma de La Cuarta no se borrará porque construyan unos cuantos edificios.













