La novela Los Vagabundos de Dios, de Mario Mendoza, promete ser un hito en su carrera y ya ha generado expectativas entre los lectores y críticos literarios.

Publicado por: Paola Esteban
El reconocido autor colombiano Mario Mendoza vuelve a cautivar a los lectores con su última obra, Los Vagabundos de Dios, tras un receso de cinco años en la escritura de ficción. Esta novela sumerge al lector en un mundo intrigante y desafiante, con un protagonista que lucha por encontrar su rumbo en medio del caos y la incertidumbre.
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La trama gira en torno a Adán Santana, un novelista cuya vida ha sido marcada por una serie de accidentes que han dejado su cuerpo maltrecho y su espíritu debilitado. Atrapado en el confinamiento de la pandemia, Santana se enfrenta a una existencia estática, sintiéndose como un náufrago en un mar de inmovilidad.
Sin embargo, la llegada de misteriosas señales lo impulsa a regresar al oscuro corazón de la ciudad que ha inspirado sus obras. Con la ayuda de un viejo amigo y la recomendación de una joven artista, Santana se sumerge en un viaje de autodescubrimiento que desafiará su cordura y templanza.
“Uno no se hunde en los infiernos con el paso de los años, poco a poco. Uno se cae en el abismo de un día para otro, súbitamente”, Mario Mendoza, Los Vagabundos de Dios. #mariomendoza pic.twitter.com/scmwEHGVe1
— Andrés Grillo (@grillopez) April 4, 2024
“Mendoza nos sumerge en un mundo donde la realidad se desvanece y lo sólido se torna efímero”, comentó un crítico literario. “Con una prosa cautivadora, el autor nos lleva por un laberinto de personajes y situaciones extremas, poniendo a prueba la resistencia y la determinación de Santana”.
Mario Mendoza, nacido en Bogotá en 1964, es un escritor con una destacada trayectoria académica en letras y literatura hispanoamericana. Con “Los Vagabundos de Dios”, demuestra una vez más su habilidad para crear historias envolventes que exploran las complejidades del ser humano y su relación con el entorno.
A continuación, un fragmento de la novela:
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El 23 de diciembre de 2021 me enteré de la muerte del guionista y director de cine Jaime Osorio. Fue un golpe que me dejó sin aliento porque veníamos conversando y cruzando opiniones para trabajar juntos en un proyecto cinematográfico. Jaime tenía un pulso muy entrenado para lo que se ha denominado el horror de la conciencia, esto es, el horror psíquico que se gesta al interior de nosotros mismos. Hay unas fuerzas misteriosas que provienen del afuera, de entidades que parecen flotar en dimensiones paralelas a la nuestra. Pero hay energías dañinas y destructivas que se originan en nuestra mente y que nos acosan hasta muchas veces conducirnos a la muerte. El alma ha estado enferma desde siempre y sanarla ha sido muchas veces uno de los más nobles objetivos de la literatura y el arte. Jaime conocía muy bien esos meandros, esos laberintos oscuros, y por eso me hacía mucha ilusión que pudiéramos realizar una película juntos.
Alguna tarde estuve en su apartamento, un amplio y viejo inmueble que él compartía con un perro y dos gatos que conformaban su tribu más cercana. Era muy bello ver a los animales sentarse a su lado como si estuvieran custodiándolo o como si presintieran una amenaza a su alrededor.
“La época era tan caótica, tan fuera de lugar, que ya no teníamos ni idea dónde estaba la frontera entre la ficción y la realidad. Antes esa línea divisoria era clara, pero ya no. Preocuparse por eso carecía de importancia”, Mario Mendoza, Los Vagabundos de Dios pic.twitter.com/NWyUCGs18I
— Andrés Grillo (@grillopez) April 5, 2024
Él venía luchando en contra de un cáncer que le había hecho la vida imposible. Por eso en la mañana de ese 23 de diciembre acudió a la ley de la eutanasia y decidió partir según sus propias reglas.
La muerte de Jaime me recordó una conversación que habíamos tenido alguna vez, al puro principio de la pandemia. Hablamos acerca de una atmósfera lúgubre que parecía estar tomándose el mundo. Yo le dije que el virus esparcido por todo el planeta me parecía una línea de entropía que iría desajustando otros órdenes: el económico, el emocional, el político. Él estuvo de acuerdo y pronunció unas pocas palabras que no he podido olvidar al día de hoy:
—Sin destrucción no hay un nuevo orden. Sin muerte no hay renacimiento. Si no hay un final no podremos tener un nuevo comienzo.
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Qué cierto. Tendemos a mirar el caos como si fuera algo negativo, como si estuviera mal, cuando podemos entenderlo como el paso necesario para que surja un nuevo mundo. Quizás el secreto está en abrazar el desorden con entusiasmo y alegría. Tal vez Jaime había acudido a la eutanasia pensando justamente en terminar de una vez por todas con su sufrimiento y poder transitar a otro estado renacido y jubiloso.
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Y estaba pensando justo en eso cuando en una de las reuniones con el grupo, Michelle, en un tono de voz serio y aplomado, dijo:
—Sin crucifixión no hay resurrección. Cuando están latigando y torturando al Maestro, creemos que es un castigo, algo terrible, lo peor que le ha podido suceder. Y no, aún falta que le pongan la corona de espinas, aún tenemos que ver cómo le corre la sangre por su rostro y que le hundan la lanza en su abdomen. Y si no sucedieran así las cosas, si él no tuviera que padecer cada uno de esos pasos dolorosos y terribles, no podría después renacer para liberarnos a todos nosotros. Si no hay noche no puede haber alborada.











