Publicado por: Editorial
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que las transformaciones del mundo transcurrían a paso lento, lo que hacía que las ciudades, los gremios y las estructuras productivas regionales y nacionales pudieran mantener sus sistemas de trabajo durante décadas sin que el mercado las castigara por ello. Esa pausa de entonces, esa seguridad que ofrecía lo conocido, permitía que regiones enteras construyeran su identidad alrededor de prácticas heredadas, sin la presión de reinventarse cada mañana. Pero ese mundo se disolvió entre los afanes de la globalización y la velocidad desbocada de la tecnología.
Hoy, quien se detiene a contemplar sus costumbres productivas, en cualquier sector de la economía, sin integrar las nuevas tendencias, simplemente queda fuera del juego muy rápidamente. Los avances ya no miden su impacto en generaciones, sino en períodos mucho más cortos, a veces solo unos meses, y en este vértigo, la inteligencia artificial se ha erigido como la fuerza más transformadora, la más veloz y también la más incomprendida. Muchos gremios, entre ellos el agropecuario, todavía la miran con recelo, como si se tratara de una amenaza externa, cuando en realidad es el mejor aliado que han tenido en siglos.
Es un error pensar que la IA es una especie de sofisticación futurista o un sistema digno de desconfianza científica; por el contrario, la inteligencia artificial ya permite, por ejemplo, una agricultura de precisión que conoce los suelos mejor que el técnico o el cultivador más experimentado, pues es capaz, además, de analizar patrones meteorológicos, cambios climáticos, condiciones ambientales y decidir con exactitud qué sembrar, cuándo hacerlo y cómo rotar los cultivos. Toda esa capacidad de predicción hoy se logra con un teléfono conectado a internet. El costo es mínimo, mientras el rezago, por el contrario, resulta incalculable.
Sin embargo, persiste una inercia peligrosa, pues luego de siglos de hacer las cosas de una manera similar, los gremios y las políticas locales (en casi todas partes del mundo) siguen moviéndose con lentitud mientras la tecnología avanza a toda velocidad, lo cual hace que se vuelvan tareas inaplazables diseñar programas de innovación sostenible, asignar recursos para la formación y entender que la IA no reemplaza al conocimiento humano, sino que lo potencia.
Esto, en el caso de la producción agrícola, tiene que ver no solo con el reto de la productividad y con las indeseables consecuencias y urgencias del cambio climático. Por supuesto que no se trata de abandonar las tradiciones que nos definen, sino de entender que la supervivencia de esas tradiciones depende hoy de la capacidad para adaptarlas rápidamente e innovar. La IA permite aumentar la producción sin devastar el territorio, reducir la huella de carbono y producir con una eficiencia inalcanzable por los métodos tradicionales. Por otra parte, esta es la herramienta para engancharse a las redes económicas más importantes del mundo.
En los mercados contemporáneos, o se avanza con la tecnología, o se es avasallado por ella, y en este campo, la IA es la llave maestra para abrir las puertas del presente y enrumbarse hacia el futuro.











